martes, 14 de abril de 2015

Hakuna matata (por Chelo)


Cada día tengo más claro que hay que disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. De esa vida que tenemos delante, no de la del vecino o del ideario de vida que tenemos en la cabeza pero que difícilmente llegará a ser nuestra. Es bueno soñar, tener objetivos, aspiraciones y metas pero sin dejar de disfrutar ni un segundo de lo que tenemos delante y sobre todo, de quienes tenemos al lado.

Ser capaz de relativizar lo que tiene valor, lo que nos hace felices, es a veces una tarea de nota, pero es un sinsentido vivir con amarguras que no nos aportan nada. La vida son dos días, “el día de hoy no se volverá a repetir”, así que más nos vale disfrutar.

A veces es complicado, las circunstancias aprietan y cuando todo te va más o menos bien es fácil pensar así, pero cuando las cosas van mal, todo se complica. Hay que intentar buscar la felicidad en las pequeñas cosas porque dentro de un día de mierda siempre hay algo que merece la pena. 

La red está llena de artículos, posts, textos de todo tipo con “tips” para ser feliz: Ocho claves para ser feliz (o no), Comoser feliz: 7 simples claves científicamente probadas, 15 consejos para serfeliz, Cuatro claves para ser feliz… y podría seguir hasta el infinito y más allá, seguro que en la mayoría de ellos se pueden sacar cosas interesantes, perogrulladas y grandes tonterías. Yo me quedo con una sola frase que escuché en un vídeo la semana pasada, tres palabras, que me ha hecho pensar mucho en los últimos días: busca lo importante. Creo que es la clave de todo, buscando lo que es importante, en el presente, en el hoy, con lo que tienes, con la gente que te quiere y tienes cerca, te acerca a la felicidad y te aleja de la tristeza.

Menudo rollo os he metido, pero como dice una im-perfecta que me conoce muy bien "volver de África tiene este tipo de resaca existencialista", no lo he podido evitar. Ya os contaré de mi último viaje a África, por el momento os dejo con una frase en suajili que todos conoceís y que nos han repetido hasta la saciedad en los días que hemos pasado en Tanzania y que viene al hilo de este post: HAKUNA MATATA.

PD: Las imperfectas somos grandes expertas en buscar la felicidad en las pequeñas cosas, para muestra, un botón: 

Pequeños –o grandes- placeres 

De pequeñas y grandes alegrías

¡Suerte!

Septiembre

Y ya lo dijo gente mucho más sabia y menos imperfecta que nosotras:

"La felicidad no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días" 
Benjamin Franklin

miércoles, 8 de abril de 2015

El aroma dulzón a benceno (por Isa)


Llevaba tres horas inmóvil, acurrucado en un rincón del baño. Al principio, se había dejado vencer por un dolor punzante en la boca del estómago que había ascendido hasta la garganta, cerrando el paso al oxígeno y presionándole el pecho hasta un llanto histriónico y exagerado, tan poco verosímil que solo podía ser real. Después, agotado, se había quedado allí sin moverse, con la mirada vacía, sin apenas pestañear, casi sin respirar, hipnotizado con el sonido del agua, el monótono goteo del grifo mal cerrado del lavabo.

La mente le iba lenta, viajando perezosa entre los recuerdos más recientes de ella. La veía, dulce y rotunda sentada en el suelo como los indios mientras pintaba de acuarela las paredes de la habitación diminuta donde iban a alojar la cuna, con el sosiego insólito de los últimos tiempos. Se había negado a dejar su ático en el centro de la ciudad para buscar una casa más grande en las afueras. "No podría vivir fuera del bullicio de Manhattan y tu hijo tampoco, si es que se parece en algo a ti", le había dicho con una sonrisa luminosa.

Desde que estaba embarazada, grávida, como le gustaba decir a ella se quedaba dormida en cualquier parte, con la parsimonia de un oso hibernante, y eso le daba una luz peculiar. Aquel día brillaba especialmente, más plácida y serena de lo que la había visto nunca. Pensó que sería por el concierto al que habían ido la noche anterior. El jazz siempre le proporcionaba esa especie de paz interior, y aquel abuelo del que no conseguía recordar su nombre realmente había conseguido emocionarles con su solo de trompeta

Se obsesionó entre lágrimas con el nombre del trompetista. "¿Cómo se llama este tío? Cómo puedo no acordarme. Yo que siempre había creído estar dotado de buena memoria, de gran inteligencia... Un físico cuántico metido a arquitecto, que había logrado eludir la controversia del intrusismo profesional y triunfar en la ciudad que nunca duerme, un hombre de éxito, un afortunado..." se dijo maldiciéndose a sí mismo.

Le había costado asumir la idea de que iba a ser padre. No le venía bien en ese momento, no cuadraba en sus planes, le descabalaba sus proyectos. Había decidido esconderse tras su trabajo, justificándose con un informe peliagudo o un balance de riesgo para llegar tarde a casa. Aquella noche, le sorprendió que no hubiera nadie al abrir la puerta... "¿Dónde podía estar a esas horas?". Repasó sus actividades y recordó que le había dicho que iría en coche hasta Long Island, a una tienda de muebles. Pero hacía ya un rato que las tiendas de las afueras habían cerrado. Debería estar de vuelta. Miró por la ventana con la inútil esperanza de verla. La llamó. Nadie cogió el teléfono. "Qué raro, aún conduciendo siempre cogía las llamadas", pensó. Llamó a su hermana, quizá la habría acompañado a la tienda. "No" -le dijo- "íbamos a ir juntas, pero al final debió cambiar de idea porque no me avisó. ¿No está ahí? ¿Quieres que llame a alguien más?". "No te preocupes, se habrá entretenido con alguien y seguro que está al caer". 

Una hora más tarde y después de haberla llamado varias veces más, bajó al garaje. Y allí estaba el coche. El motor estaba encendido. "Acaba de aparcar", se dijo. Se acercó. Dentro estaba ella, ¿dormida? Se le agitó el corazón, gritó su nombre y empezó a zarandear el coche. No se despertaba. No podía abrir. Subió a casa a por el otro juego de llaves, loco de ansiedad, sin poder creer lo que le estaba pasando y bajó sin esperar el ascensor, corriendo por las escaleras de emergencia. La sacó de allí, fría e inerme, violácea y con un aroma dulzón a benceno, que no olvidaría en lo que le quedaba de vida.

Dedicado a mis compañeros de la Biblioteca Municipal de Conde Duque, que me proporcionaron las palabras con las que escribir este cuentito: trompeta, cuántico, controversia, creído, arquitecto, balance, grávida, esconderse, ático, peliagudo, acuarela, Manhattan, abuelo, agua, benceno.

lunes, 30 de marzo de 2015

Accidente (por Ana)



Como sabéis los que me seguís en este blog, no suelo escribir demasiado sobre actualidad. No es deliberado, simplemente hace tiempo que decidí construir mi propio mundo y hablar y dedicar mi tiempo a lo que a mí me diera la gana, no a lo que los demás decidían que debía hacerlo. Eso no quiere decir que no esté al tanto de las noticias, la política, el deporte, la última ganadora de Gran Hermano (sí, de todo hay que saber, como decía aquel, a los castillos subí, a las cabañas bajé...), simplemente, creo que hay que hablar menos y actuar más. Estoy un poco harta de charlas y grandes aspavientos delante de una caña y un café y de ver como esas mismas personas luego esconden el ala. Hay que canalizar la energía y pasarla a la acción. Pero hay sucesos que de repente me tocan y me dejan paralizada, horrorizada durante días, semanas... Y esta semana me he sentido así con el, por desgracia, famoso accidente de avión que se ha cobrado la vida de tantas personas.

Hay varios factores que me han hecho pensar mucho y llegar siempre a la misma conclusión: estamos jodidos, lo mires por donde lo mires.

El accidente en sí: Es horrible que un grupo de personas tome un avión en un lugar pensando llegar a otro y muera a medio camino. Tantas historias, tantas ilusiones, tantas vidas... los que volvían alegres de sus vacaciones, los que iban a ellas, los que iban a visitar a sus padres, a sus hijos, los que acababan de tener un bebé, los que iban a tenerlo en breve, los adolescentes llenos de vida. Una auténtica tragedia personal para todas y cada una de las familias que lo han vivido. Y una semi tragedia para los que lo observamos al margen porque nos pone en nuestro sitio, nos deja claro que nuestra vida es efímera, que en cualquier momento cualquier accidente o enfermedad puede acabar con nuestra existencia o, casi peor, o por lo menos eso pienso, de aquellos a los que amamos más que a nosotros mismos. En estos casos, aunque suene repetitivo y tópico, hay que acordarse más que nunca del Carpe Diem, de que hay que exprimir la vida segundo a segundo.

La acción que llevó a todo este drama, la acción del copiloto. ¿Cómo pueden ocurrir estas cosas, cómo nadie detector nada, cómo fallan los controles médicos, la burocracia que no permite saber a una empresa que un empleado que tiene en sus manos vidas humanas está de baja por un problema mental? Pues bien, podíamos darle la vuelta a todas estas preguntas y aplicar la teoría que una amiga mía plantea a menudo, ¿y por qué no? Las cosas, todas, funcionan porque alguien ese día decide que funcionen. El que da cuerda a los relojes, el que abre la puerta del metro a su hora, el empleado de la compañía eléctrica que mantiene en orden los cables de los semáforos, los controladores aéreos que deciden que ningún avión se estrelle, el conductor del AVE que sigue su camino sin pensar en dar un “volantazo”... Si alguno de ellos decidiera que hoy no le apetece que todo salga bien, pues saldría mal. Así de sencillo y de rotundo. Y eso es lo que decidió el copiloto ese día, dar el “volantazo”, que las cosas no concluyeran como todos pensaban que iban a terminar. Y podemos rompernos la cabeza y la voz exigiendo más controles, más transparencia con la sanidad privada, lo que queráis, pero si un conductor de metro un día discute con su señora y al salir de casa le mea un perro y recoge una carta que le avisa de un desahucio inminente, puede ser que le dé un brote psicótico y se quede parado en medio de un túnel y no arranque más su convoy... Me parece que es imposible controlar esas cosas, la mente humana es la que es, y mientras sean nuestras mentes las que controlen el mundo y no las de un robot, es lo que hay...


La reacción de los medios de comunicación: asquerosa. Y eso sí es controlable. Y desde mi punto de vista, hasta denunciable. Soy periodista practicante, es decir, me he dedicado y espero seguir dedicándome a ello, y por eso me hierve la sangre con el amarillismo morboso con el que se tratan estos temas. Estoy incluso convencida de que hay redacciones en las que cuando ocurre algo así se frotan las manos pensando en la cantidad de minutos que van a rellenar “de gratis” El tratamiento que se da a la información es lacrimógena y dolorosa. Esta sociedad me habrá demostrado que por fin ha evolucionado para bien cuando, ante estos temas, los periodistas dejemos de ir corriendo con un micrófono detrás de padres que buscan los restos de sus hijos, de hijos que lloran a sus padres, de hermanos a los que se les rompe la voz porque acaban de comunicarles que su hermano está entre los fallecidos. Seremos una sociedad adulta cuando no tengamos que oír a una comunicadora decir que es difícil identificar los restos debidos al mal estado en el que se encuentran para a continuación dar paso a un forense que nos cuenta que están “desmembrados, descuartizados y abrasados” ¿Qué información nos aporta esta declaración? ¿Acaso cuando se nos dicen que están en mal estado no nos imaginamos todo eso? Seremos respetuosos y nos uniremos de verdad al dolor de las familias cuando un informativo no cierre la noticia con un vídeo con “música de llorar” mientras nos muestran la llegada de familiares al lugar del siniestro, como se abrazan y lloran, todo ello salpicado con fotografías y vídeos de los muertos cuando eran felices. Si es que han llegado a poner los últimos whatsapps que mandaron los fallecidos a sus amigos y familiares. Cosas como: “Hola guapa... nos vemos a la vuelta” ¿de verdad necesitamos conocer esas cosas?

La actitud de los políticos y representantes del pueblo... Mira, en esto voy a pasar palabra, me siento tan asqueada que es que no puedo ni escribir sobre ello. Solo diré que envidio mucho a los franceses, de verdad, me parece que su gobierno se ha comportado con una dignidad y efectividad elogiable. Las imágenes del rey y nuestro presidente reunidos en un gabinete de crisis (¿de qué coño de crisis me hablan? Es un accidente... haced lo que tengáis que hacer y no confundáis al personal) haciendo como que hablan de cosas importantes, es que no sé si pegarme un tiro yo o tirárselo a ellos... Es el patetismo llevado al límite...

Al final, la conclusión es siempre la misma, lo único que se puede sentir ante estas desgracias es mucho dolor porque es natural empatizar con los fallecidos y sus familias. Y solo se puede desear una cosa, que estas familias puedan llegar a encontrar algún consuelo a su inmenso y ya eterno dolor. Y que los que se han ido puedan descansar en paz cuando todos dejemos de hablar de ellos...

miércoles, 25 de marzo de 2015

Deberes y juegos. La rayuela (por Arantxa)

Esta semana los niños empiezan las vacaciones de Semana Santa. Entiendo que para muchos padres esto supone poner en marcha una logística complicada, pues tienen que ir a trabajar, pero yo lo estoy deseando, porque llega el descanso de los exámenes y los deberes diarios, un merecidísimo respiro. Seguro que nos va a tocar un trabajito de vacaciones, pero me consuelo con el hecho de que no sea algo diario, una rutina más. Las vacaciones son para romper con la costumbre, con los horarios del día a día, para descansar, para jugar.

Me han pasado esta tarde una petición para que firme por "la racionalización de los deberes en el sistema educativo español". Estoy a favor de la racionalización, nunca de los deberes abusivos, entre otras cosas, porque no creo que con los mismos se logren avances pedagógicos importantes e incluso, en algún caso, seguro que son perjudiciales para el niño. Y que conste que para mí racionalizar no es igual a deberes cero.

El tema de los deberes genera subidas de tensión a más de una mamá y más de un papá –yo lo he vivido-. Y cuando tus hijos van ascendiendo en los cursos de Primaria te encuentras con que, además de los deberes, llegan los exámenes.

Los primeros exámenes se viven con cierto estrés y tensión. Nosotras no somos veteranas, para nada, pero ya llevamos varias de estas pruebas en la mochila. Para el último de matemáticas, mi hija mayor ha tenido que aprender varias tablas de multiplicar. A mí me da una pena horrenda que se tenga que enfrentar a estas obligaciones ¿inevitables? -sí, inevitables, me temo- siendo tan niña aún. Nosotros tratamos de desdramatizar con el tema, para que ella no sienta presión. Entiendo que no queda otra, porque hay que evaluar a los alumnos -si hay algún maestro en la sala que sepa de que otras formas se puede conocer, de manera fiable, el nivel de conocimientos de nuestros hijos, sin pasar por los exámenes, que nos lo diga-.

Hoy estaba esperando en el patio a que mis hijas salieran de clase, cuando fui a dar con mis pies a la rayuela que hay en uno de los lados de la pista central. He caído entonces en dos cosas. He recordado que no he leído “Rayuela” -me da respeto, Cortázar y el libro-. Y me he dado cuenta de que mis recuerdos de infancia jugando a la rayuela son muy muy vagos, difusos. Supongo que porque apenas he jugado.

Tras recoger  a las niñas y notar a Martina muy contenta porque ha superado lo de las multiplicaciones con buena nota, nos hemos dirigido a la rayuela otra vez. Mi hija mayor se ha hecho con una piedrecita, la ha tirado y ha empezado a dar saltos en las casillas, mientras me decía que aún tiene que aprender las tablas del 7, el 8 y el 9 y muchas más cosas. “No te preocupes. ¿Sabes que mamá anda por la vida sin saber cómo se juega a la rayuela? Tienes que enseñarme”. También yo tengo que aprender muchas cosas aún, es cierto. A jugar a la rayuela, por supuesto, y sin tener que hacer frente a un examen. A ver si alcanzo el cielo.

lunes, 16 de marzo de 2015

¿Los niños deben aprender a aburrirse? (por Chelo)



Así terminaba una entrevista que leí hace poco a Catherine L'Ecuyer, autora del libro 'Educar en el asombro'. Ella piensa como yo (o yo como ella), que sí, que es bueno que los niños tengan momentos en los que no tienen nada programado por sus padres para hacer. Esos momentos son ideales para fomentar la creatividad, para buscar como entretenerse haciendo cosas diferentes, por si mismos. Últimamente observo con pavor como muchísimas familias planean el 100% de su ocio en función de los niños.

No comulgo con esas agendas por y para los niños exclusivamente, como si los padres tuviéramos que alienarnos como personas para que nuestros hijos estén todo el tiempo ocupados, jugando con otros niños, haciendo cosas y cosas, cosas guay de niños. No me identifico con esas familias que ya solo se relacionan con otros padres de los amigos de sus hijos (para que los niños estén entretenidos  y jueguen), me parece el colmo que tus hijos tengan los hilos de con quién te relacionas en tu tiempo de ocio... pero, para gustos los colores ¿he? yo es que soy muy mala madre y además im-perfecta ¡lo tengo todo oiga!

No se trata de no hacer caso a tus hijos, se trata de repartir el tiempo de ocio familiar  y si quedas con tus amigos –sin hijos- a comer y tus criaturas se aburren, pues que se busquen la vida, no pasa nada. Creo que como sociedad estamos atontando en muchos sentidos a los niños, cada vez los niños toleran menos el aburrimiento. Me acuerdo cuando de pequeña decía en casa de mis abuelos que me aburría y mi abuelo me decía “pues aburrirse es de tontos”. Aprender a aburrirse o a no aburrirse forma parte de la vida.

En fin, es sólo una reflexión porque vengo observando una sobre saturación del tiempo de ocio de los niños; llega el fin de semana y hay familias que entre cumpleaños de amigos de los hijos, talleres infantiles, ludotecas, quedadas en el campo de los pares de fulano de la clase de piano y demás, están atan volcados en las agendas infantiles que no hay forma de sacarlos de ahí. Entiendo que en gran parte hay un profundo sentimiento de culpa por pasar poco tiempo entre semana con los hijos, es como si quisiéramos compensar que no estamos con ellos tanto como quisiéramos o pensamos que deberíamos  y como consecuencia al llegar el fin de semana hay que inventarse mil y una historias por y para los niños. Yo creo que es un error ¿y tu?

PD: En el 2009 mis hijas tenían 1 y 3 años y estaban en la edad de pasar las tardes en el parque. Pese a lo que escribí aquí, yo he echado horas y horas en parques infantiles; si no de qué habría podido ofreceros semejante estudio de campo :-). Así que seré malamadre pero os aseguro que horas de parque no me faltan.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Cosas de críos (por Isa)


Hacerse mayor conlleva la mayor parte de las veces olvidar lo que pensabas cuando eras adolescente, cómo te sentías y de qué forma te comportabas. Es normal y además es sano. El paso del tiempo y la experiencia te hacen relativizar las cosas. Justo lo contrario que cuando eres joven, que todo te parece mucho más intenso, más perdurable, más importante, más todo...

Yo no tuve una buena adolescencia, al menos al principio. Entre los 13 y los 15 años lo pasé mal. Viví en una angustia permanente, acosada por mis complejos y por parte de mis compañeros. Un grupete de unos cinco chavales de mi clase la tomaron conmigo. Cosas que pasan. Me tocó a mí, pero podía haberle pasado a cualquiera. Me gastaban bromas pesadas, me perseguían a la salida de clase para insultarme y pegarme, me ridiculizaban en público siempre que podían... me tenían realmente aterrorizada. El resto de la clase no intervenía. Supongo que era bullyng, aunque entonces nadie le hubiera puesto nombre.

Aún me estremece recordar aquello, y lo cierto es que algunos detalles los reproduzco con nitidez cinematográfica. No, yo no he olvidado como me sentía entonces. No del todo. Como otras muchas crías de mi edad escribía mis preocupaciones y pensamientos en una libreta. Tengo varias guardadas y aunque el pudor me impide leerlas, hace algunos años, en una de mis últimas mudanzas le eché un vistazo a una de ellas. Qué horror. Solo encontré frases de odio hacia mí misma y planes suicidas. No me acordaba de eso... y casi había conseguido olvidarlo hasta que leí hace un par de meses el caso de Carla Díaz Magnien, una adolescente asturiana que se quitó la vida desesperada por el acoso que sufría de mano de sus compañeras. Elvira Lindo y Arturo Pérez-Reverte -entre otros- se hicieron eco del tema con notable maestría.

Aunque mi autoestima se quedó tocada, salí de aquello. Yo tuve más suerte que Carla. Tenía amigas. Muy buenas amigas. Ellas tendieron un círculo protector a base de sentido del humor, calor y apoyo. Fueron valientes sin ser conscientes del todo (como siempre que se es valiente) y me ayudaron a salir del pozo en el que aquellos cretinos -pobres diablos- me habían hundido. Mis padres poco pudieron hacer... A esas edades, la confianza en los adultos es bastante endeble y, además, nunca le dieron mucha importancia a lo que ocurría. Ellos tenían problemas de mayores. Como los que tengo yo ahora. Solo espero no olvidarme del todo, para saber distinguir qué son (o no) cosas de críos.

lunes, 2 de marzo de 2015

El dentista, ese encantador torturador (por Ana)



Con extraordinario estupor, descubrí, en la parada del autobús, que un agujero enorme se había adueñado de una de mis muelas... ¡Dios mío, espera! si pasaba la lengua por la muela justo enfrentada a la agujereada, podía meter la punta en otro pedazo de hueco. Estoy segura de que si me hubiera visto desde fuera me hubiera horrorizado de las muecas y caras extrañas que iba poniendo mientras la lengua dentro de mi boca viajaba de uno a otro diente, de una muela a la otra, para comprobar el estado de cada una de las piezas dentales que pueblan el interior de mi cavidad bucal.

Toda mi vida, de repente, pasó por delante de mí, con sus buenos y malos momentos. Un sudor frío me invadió y sentí que las piernas se me volvían gelatina: ¡¡Tenía que ir al dentista!! Unos tienen fobia a las arañas, otros a la oscuridad, incluso, hace poco, leí que un famoso lo tenía a los percheros, pero no recuerdo quién era... pero no nos desviemos, yo tengo fobía a los dentistas. De ahí mis agujeros de empastes saltados hace tiempo y no arreglados. Por suerte, la naturaleza me dotó de una fuerza dental maravillosa y no he perdido piezas ni a simple vista se nota que pueda tener algún problema por el que visitar al especialista. Me cuido, me lavo, le presto la atención debida, pero hace años que no voy al odontólogo, no lo soporto. Recuerdo mis últimas experiencias con endodoncias, empastes mal puestos, dolor, sufrimiento, clavitos que matan nervios, etc... y la sangre se congela en mis venas.

Pasaron dos autobuses y yo seguía urgándome, recreándome en el dolor que ese examen me provocaba. Finalmente, me tranquilicé y conseguí llegar, media hora tarde, eso sí, a mi trabajo. Una vez allí, una compañera cotilla me soltó nada más verme: "a ti te pasa algo, vaya cara de mierda que traes. Nena, te lo tengo que decir, deberías maquillarte mejor por las mañanas" Lejos de pegarle el puñetazo que en mi mente ya le había abierto la cabeza, me puse a llorar como una loca y a contarle mi problemón: ¡¡¡Tenía que ir al dentista!!! Ella me intentó consolar, me llevo a mi mesa de trabajo y, como buena cotilla, fue a expandir la causa de mi pesar por toda la oficina. A medio día tenía sobre mi ordenador cuatro postis con sus respectivos 4 números de teléfonos de reputados especialistas en esto de la boca.


Elegí uno al azar y, tras comer y meterme dos cervezas y un chupito de whisky para darme valor, marqué el número escogido. Me citaron para el día siguiente, a dios gracias, porque si aparezco esa misma tarde con el alcohol que había ingerido, posiblemente no les hubiera hecho falta ni anestesiarme.

Os voy a ahorrar el sufrimiento de conocer mis esfuerzos para llegar a la consulta, sólo decir que mi madre me acompañó hasta la puerta y una vez que me metió dentro, me puso en manos de una enfermera y corrió a curarse la mano que le había machacado agarrándome para no entrar. La enfermera, con disimulo, echó el cerrojo de la consulta y me situó en un lugar de la sala de espera que ella podía controlar desde la centralita.

Cuando me llegó el turno de entrar, la amable chiquilla me empujó todo lo fuerte que pudo y me metió en la habitación donde reinaba el sillón del horror, con todos esos aparatos creados en la época de la Inquisición española, todos ellos perfectamente diseñados para hacer sufrir. De repente, me veo sentada (no me preguntéis cómo, porque no lo sé) y frente a mí aparece un hombre que parecía sacado del mismo olimpo de los dioses. En serio, no se podía ser más masculino, destilar más testosterona, tener unos rasgos más masculinos, unos rizos negros perfectamente adecuados, un cuerpo más masculino... ¿os he dicho ya que me pareció muy masculino? Era el dentista... Y en ese momento sí que tuve miedo. Con mis casi 40 años, tengo perfectamente claro que un hombre así sólo puede hacer daño... y encima era dentista, era como el colmo de los colmos. Un hombre tan guapo, que parece un ángel varonil, no puede traer nada bueno a una mujer de mi edad... y yo estaba, literalmente con sus manos en mi boca, con mi vida en sus manos.


Tras el primer amago de mordisco, consideró que era mejor intentar tranquilizarme antes de volver a meterme mano (en el mal sentido de la expresión) Me explicó que las cosas habían cambiado mucho, que ya no dolía nada de nada, que la cienca avanza que es una barbaridad... y cuando pensó que me había convencido, me arreó el pinchazo de anestesia. La verdad es que yo llevaba un tiempo embobada con sus ojos. Ni había escuchado lo que me había dicho, solo le veía mover los labios y me daban unas ganas tremendas de pegarle un bocadito y luego darle un beso de los de película.

De eso se aprovechó el bribón, cuando me quise dar cuenta, había acabado con la endondoncia y lo cierto es que no me había dolido nada de nada. No puedo asegurar si fue la anestesia o el flechazo, pero lo cierto es que estaba fenomenal.

Me levanté del sillón de la tortura y mi dentista, muy amable, me dijo que tenía que volver la semana que viene para terminar con el proceso. Me vine abajo, una cosa era que no me hubiera dolido, y que el doctor fuera como George Clooney en mejorado, pero no quería volver.

Arrastrándome llegué a la parada del autobús, y una vez dentro, y con gran estupor, ví a mi ángel odontólogo correr para coger el que se escapaba. Subió y se sentó a mi lado. Me sonrió. Hablamos durante todo el trayecto, hasta que yo me bajé antes que él. Y antes de irme, él dijo algo que me devolvió la ilusión por la próxima visita a la clínica: "cuándo tengas las muelas perfectas, estaría bien estrenarlas y celebrarlo cenando algo en algún sitio bonito, ¿no te parece?"