miércoles, 25 de marzo de 2015

Deberes y juegos. La rayuela (por Arantxa)

Esta semana los niños empiezan las vacaciones de Semana Santa. Entiendo que para muchos padres esto supone poner en marcha una logística complicada, pues tienen que ir a trabajar, pero yo lo estoy deseando, porque llega el descanso de los exámenes y los deberes diarios, un merecidísimo respiro. Seguro que nos va a tocar un trabajito de vacaciones, pero me consuelo con el hecho de que no sea algo diario, una rutina más. Las vacaciones son para romper con la costumbre, con los horarios del día a día, para descansar, para jugar.

Me han pasado esta tarde una petición para que firme por "la racionalización de los deberes en el sistema educativo español". Estoy a favor de la racionalización, nunca de los deberes abusivos, entre otras cosas, porque no creo que con los mismos se logren avances pedagógicos importantes e incluso, en algún caso, seguro que son perjudiciales para el niño. Y que conste que para mí racionalizar no es igual a deberes cero.

El tema de los deberes genera subidas de tensión a más de una mamá y más de un papá –yo lo he vivido-. Y cuando tus hijos van ascendiendo en los cursos de Primaria te encuentras con que, además de los deberes, llegan los exámenes.

Los primeros exámenes se viven con cierto estrés y tensión. Nosotras no somos veteranas, para nada, pero ya llevamos varias de estas pruebas en la mochila. Para el último de matemáticas, mi hija mayor ha tenido que aprender varias tablas de multiplicar. A mí me da una pena horrenda que se tenga que enfrentar a estas obligaciones ¿inevitables? -sí, inevitables, me temo- siendo tan niña aún. Nosotros tratamos de desdramatizar con el tema, para que ella no sienta presión. Entiendo que no queda otra, porque hay que evaluar a los alumnos -si hay algún maestro en la sala que sepa de que otras formas se puede conocer, de manera fiable, el nivel de conocimientos de nuestros hijos, sin pasar por los exámenes, que nos lo diga-.

Hoy estaba esperando en el patio a que mis hijas salieran de clase, cuando fui a dar con mis pies a la rayuela que hay en uno de los lados de la pista central. He caído entonces en dos cosas. He recordado que no he leído “Rayuela” -me da respeto, Cortázar y el libro-. Y me he dado cuenta de que mis recuerdos de infancia jugando a la rayuela son muy muy vagos, difusos. Supongo que porque apenas he jugado.

Tras recoger  a las niñas y notar a Martina muy contenta porque ha superado lo de las multiplicaciones con buena nota, nos hemos dirigido a la rayuela otra vez. Mi hija mayor se ha hecho con una piedrecita, la ha tirado y ha empezado a dar saltos en las casillas, mientras me decía que aún tiene que aprender las tablas del 7, el 8 y el 9 y muchas más cosas. “No te preocupes. ¿Sabes que mamá anda por la vida sin saber cómo se juega a la rayuela? Tienes que enseñarme”. También yo tengo que aprender muchas cosas aún, es cierto. A jugar a la rayuela, por supuesto, y sin tener que hacer frente a un examen. A ver si alcanzo el cielo.

lunes, 16 de marzo de 2015

¿Los niños deben aprender a aburrirse? (por Chelo)



Así terminaba una entrevista que leí hace poco a Catherine L'Ecuyer, autora del libro 'Educar en el asombro'. Ella piensa como yo (o yo como ella), que sí, que es bueno que los niños tengan momentos en los que no tienen nada programado por sus padres para hacer. Esos momentos son ideales para fomentar la creatividad, para buscar como entretenerse haciendo cosas diferentes, por si mismos. Últimamente observo con pavor como muchísimas familias planean el 100% de su ocio en función de los niños.

No comulgo con esas agendas por y para los niños exclusivamente, como si los padres tuviéramos que alienarnos como personas para que nuestros hijos estén todo el tiempo ocupados, jugando con otros niños, haciendo cosas y cosas, cosas guay de niños. No me identifico con esas familias que ya solo se relacionan con otros padres de los amigos de sus hijos (para que los niños estén entretenidos  y jueguen), me parece el colmo que tus hijos tengan los hilos de con quién te relacionas en tu tiempo de ocio... pero, para gustos los colores ¿he? yo es que soy muy mala madre y además im-perfecta ¡lo tengo todo oiga!

No se trata de no hacer caso a tus hijos, se trata de repartir el tiempo de ocio familiar  y si quedas con tus amigos –sin hijos- a comer y tus criaturas se aburren, pues que se busquen la vida, no pasa nada. Creo que como sociedad estamos atontando en muchos sentidos a los niños, cada vez los niños toleran menos el aburrimiento. Me acuerdo cuando de pequeña decía en casa de mis abuelos que me aburría y mi abuelo me decía “pues aburrirse es de tontos”. Aprender a aburrirse o a no aburrirse forma parte de la vida.

En fin, es sólo una reflexión porque vengo observando una sobre saturación del tiempo de ocio de los niños; llega el fin de semana y hay familias que entre cumpleaños de amigos de los hijos, talleres infantiles, ludotecas, quedadas en el campo de los pares de fulano de la clase de piano y demás, están atan volcados en las agendas infantiles que no hay forma de sacarlos de ahí. Entiendo que en gran parte hay un profundo sentimiento de culpa por pasar poco tiempo entre semana con los hijos, es como si quisiéramos compensar que no estamos con ellos tanto como quisiéramos o pensamos que deberíamos  y como consecuencia al llegar el fin de semana hay que inventarse mil y una historias por y para los niños. Yo creo que es un error ¿y tu?

PD: En el 2009 mis hijas tenían 1 y 3 años y estaban en la edad de pasar las tardes en el parque. Pese a lo que escribí aquí, yo he echado horas y horas en parques infantiles; si no de qué habría podido ofreceros semejante estudio de campo :-). Así que seré malamadre pero os aseguro que horas de parque no me faltan.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Cosas de críos (por Isa)


Hacerse mayor conlleva la mayor parte de las veces olvidar lo que pensabas cuando eras adolescente, cómo te sentías y de qué forma te comportabas. Es normal y además es sano. El paso del tiempo y la experiencia te hacen relativizar las cosas. Justo lo contrario que cuando eres joven, que todo te parece mucho más intenso, más perdurable, más importante, más todo...

Yo no tuve una buena adolescencia, al menos al principio. Entre los 13 y los 15 años lo pasé mal. Viví en una angustia permanente, acosada por mis complejos y por parte de mis compañeros. Un grupete de unos cinco chavales de mi clase la tomaron conmigo. Cosas que pasan. Me tocó a mí, pero podía haberle pasado a cualquiera. Me gastaban bromas pesadas, me perseguían a la salida de clase para insultarme y pegarme, me ridiculizaban en público siempre que podían... me tenían realmente aterrorizada. El resto de la clase no intervenía. Supongo que era bullyng, aunque entonces nadie le hubiera puesto nombre.

Aún me estremece recordar aquello, y lo cierto es que algunos detalles los reproduzco con nitidez cinematográfica. No, yo no he olvidado como me sentía entonces. No del todo. Como otras muchas crías de mi edad escribía mis preocupaciones y pensamientos en una libreta. Tengo varias guardadas y aunque el pudor me impide leerlas, hace algunos años, en una de mis últimas mudanzas le eché un vistazo a una de ellas. Qué horror. Solo encontré frases de odio hacia mí misma y planes suicidas. No me acordaba de eso... y casi había conseguido olvidarlo hasta que leí hace un par de meses el caso de Carla Díaz Magnien, una adolescente asturiana que se quitó la vida desesperada por el acoso que sufría de mano de sus compañeras. Elvira Lindo y Arturo Pérez-Reverte -entre otros- se hicieron eco del tema con notable maestría.

Aunque mi autoestima se quedó tocada, salí de aquello. Yo tuve más suerte que Carla. Tenía amigas. Muy buenas amigas. Ellas tendieron un círculo protector a base de sentido del humor, calor y apoyo. Fueron valientes sin ser conscientes del todo (como siempre que se es valiente) y me ayudaron a salir del pozo en el que aquellos cretinos -pobres diablos- me habían hundido. Mis padres poco pudieron hacer... A esas edades, la confianza en los adultos es bastante endeble y, además, nunca le dieron mucha importancia a lo que ocurría. Ellos tenían problemas de mayores. Como los que tengo yo ahora. Solo espero no olvidarme del todo, para saber distinguir qué son (o no) cosas de críos.

lunes, 2 de marzo de 2015

El dentista, ese encantador torturador (por Ana)



Con extraordinario estupor, descubrí, en la parada del autobús, que un agujero enorme se había adueñado de una de mis muelas... ¡Dios mío, espera! si pasaba la lengua por la muela justo enfrentada a la agujereada, podía meter la punta en otro pedazo de hueco. Estoy segura de que si me hubiera visto desde fuera me hubiera horrorizado de las muecas y caras extrañas que iba poniendo mientras la lengua dentro de mi boca viajaba de uno a otro diente, de una muela a la otra, para comprobar el estado de cada una de las piezas dentales que pueblan el interior de mi cavidad bucal.

Toda mi vida, de repente, pasó por delante de mí, con sus buenos y malos momentos. Un sudor frío me invadió y sentí que las piernas se me volvían gelatina: ¡¡Tenía que ir al dentista!! Unos tienen fobia a las arañas, otros a la oscuridad, incluso, hace poco, leí que un famoso lo tenía a los percheros, pero no recuerdo quién era... pero no nos desviemos, yo tengo fobía a los dentistas. De ahí mis agujeros de empastes saltados hace tiempo y no arreglados. Por suerte, la naturaleza me dotó de una fuerza dental maravillosa y no he perdido piezas ni a simple vista se nota que pueda tener algún problema por el que visitar al especialista. Me cuido, me lavo, le presto la atención debida, pero hace años que no voy al odontólogo, no lo soporto. Recuerdo mis últimas experiencias con endodoncias, empastes mal puestos, dolor, sufrimiento, clavitos que matan nervios, etc... y la sangre se congela en mis venas.

Pasaron dos autobuses y yo seguía urgándome, recreándome en el dolor que ese examen me provocaba. Finalmente, me tranquilicé y conseguí llegar, media hora tarde, eso sí, a mi trabajo. Una vez allí, una compañera cotilla me soltó nada más verme: "a ti te pasa algo, vaya cara de mierda que traes. Nena, te lo tengo que decir, deberías maquillarte mejor por las mañanas" Lejos de pegarle el puñetazo que en mi mente ya le había abierto la cabeza, me puse a llorar como una loca y a contarle mi problemón: ¡¡¡Tenía que ir al dentista!!! Ella me intentó consolar, me llevo a mi mesa de trabajo y, como buena cotilla, fue a expandir la causa de mi pesar por toda la oficina. A medio día tenía sobre mi ordenador cuatro postis con sus respectivos 4 números de teléfonos de reputados especialistas en esto de la boca.


Elegí uno al azar y, tras comer y meterme dos cervezas y un chupito de whisky para darme valor, marqué el número escogido. Me citaron para el día siguiente, a dios gracias, porque si aparezco esa misma tarde con el alcohol que había ingerido, posiblemente no les hubiera hecho falta ni anestesiarme.

Os voy a ahorrar el sufrimiento de conocer mis esfuerzos para llegar a la consulta, sólo decir que mi madre me acompañó hasta la puerta y una vez que me metió dentro, me puso en manos de una enfermera y corrió a curarse la mano que le había machacado agarrándome para no entrar. La enfermera, con disimulo, echó el cerrojo de la consulta y me situó en un lugar de la sala de espera que ella podía controlar desde la centralita.

Cuando me llegó el turno de entrar, la amable chiquilla me empujó todo lo fuerte que pudo y me metió en la habitación donde reinaba el sillón del horror, con todos esos aparatos creados en la época de la Inquisición española, todos ellos perfectamente diseñados para hacer sufrir. De repente, me veo sentada (no me preguntéis cómo, porque no lo sé) y frente a mí aparece un hombre que parecía sacado del mismo olimpo de los dioses. En serio, no se podía ser más masculino, destilar más testosterona, tener unos rasgos más masculinos, unos rizos negros perfectamente adecuados, un cuerpo más masculino... ¿os he dicho ya que me pareció muy masculino? Era el dentista... Y en ese momento sí que tuve miedo. Con mis casi 40 años, tengo perfectamente claro que un hombre así sólo puede hacer daño... y encima era dentista, era como el colmo de los colmos. Un hombre tan guapo, que parece un ángel varonil, no puede traer nada bueno a una mujer de mi edad... y yo estaba, literalmente con sus manos en mi boca, con mi vida en sus manos.


Tras el primer amago de mordisco, consideró que era mejor intentar tranquilizarme antes de volver a meterme mano (en el mal sentido de la expresión) Me explicó que las cosas habían cambiado mucho, que ya no dolía nada de nada, que la cienca avanza que es una barbaridad... y cuando pensó que me había convencido, me arreó el pinchazo de anestesia. La verdad es que yo llevaba un tiempo embobada con sus ojos. Ni había escuchado lo que me había dicho, solo le veía mover los labios y me daban unas ganas tremendas de pegarle un bocadito y luego darle un beso de los de película.

De eso se aprovechó el bribón, cuando me quise dar cuenta, había acabado con la endondoncia y lo cierto es que no me había dolido nada de nada. No puedo asegurar si fue la anestesia o el flechazo, pero lo cierto es que estaba fenomenal.

Me levanté del sillón de la tortura y mi dentista, muy amable, me dijo que tenía que volver la semana que viene para terminar con el proceso. Me vine abajo, una cosa era que no me hubiera dolido, y que el doctor fuera como George Clooney en mejorado, pero no quería volver.

Arrastrándome llegué a la parada del autobús, y una vez dentro, y con gran estupor, ví a mi ángel odontólogo correr para coger el que se escapaba. Subió y se sentó a mi lado. Me sonrió. Hablamos durante todo el trayecto, hasta que yo me bajé antes que él. Y antes de irme, él dijo algo que me devolvió la ilusión por la próxima visita a la clínica: "cuándo tengas las muelas perfectas, estaría bien estrenarlas y celebrarlo cenando algo en algún sitio bonito, ¿no te parece?"

lunes, 16 de febrero de 2015

Compañeros de trabajo (por Chelo)

Compañeros de trabajo...

... y sin embargo amigos, podríamos decir.

Ilustración cogida de: https://bitacorailustrada.wordpress.com/2011/03/20/ahora-si-empieza-la-vida/

Hubo un tiempo en que las “listas” eran mi punto fuerte en el blog. Las tengo abandonadas no, lo siguiente, así que me animo a retomar esta buena práctica de clasificar elementos de nuestro entorno con esta temática tan jugosa: compañeros de trabajo.

Ni que decir tiene que todos estos seres (normalmente humanos) que paso a describir son producto de la más pura ficción "amigos de amigos". Así que cualquier parecido con la realidad es simple coincidencia. Aclarado lo cual, allá vamos.

1) El Arturo Vals de turno. A este lo conocemos todos. Este tipo siempre está en el área comercial ¿qué pasa en ese departamento que siempre atrae cual imán al más guay de entre los guais? Todo lo ha experimentado. Presume de coche y te cuenta, por supuesto, cuanto le ha costado. Presume de comer en restaurantes carísimos a cuenta de la empresa, presume de virilidad, presume de llevar los pantalones en su casa, presume de todo lo presumible y más. He de decir que no he conocido a ninguna mujer comercial que responda a esta descripción, no diré más.

2) El sabelotodo. ¿Os acordáis de la teoría del Pelm? Pues sí, este responde al pelm-sabelotodo: "este individuo, generalmente hombre, es capaz de hablar de lo que sea, siempre sabe más que nadie, más, mejor y más grande (¿será una frustración?)."

3) Bob el silencioso. Si un día no viene, nadie se da cuenta, porque va siempre con tanto sigilo por la oficina que nunca sabes si está o no. Nadie sabe cuándo ha llegado ni si se ha ido a casa ya. Este es el compañero ideal de despacho, a la fecha no he tenido la suerte de sufrirlo, pero sé que existe y que la gente se lo rifa.

4) El llorica. Toooooodo el día llorando, quejándose de cuanto trabajo tiene, de lo poco que gana, de lo tarde que sale, de lo mal que le trata su jefe, ¡de TODO!! Hijo, pues si tan mal estás, cámbiate de trabajo y déjanos vivir.

5) El aspirante a Director General. Este es mi ídolo. Siempre queda bien, pero nunca hace nada, siempre está "ocupado". Si algo sale bien, es por él, si algo sale mal, él no ha tenido nada que ver. Un crack.

6) El en-marronador o el San Cayetano. A este le temo como al demonio. Mejor no pasar por la puerta de su despacho a menos de 5 metros porque es cuando aprovecha para llamarte "¿puedes venir un momentito?" "¿un momentito?" qué gran frase, se me retuercen las canillas cada vez que la oigo porque ya se que ese momentido se va a convertir en horas y horas de trabajo...

7) El sindicalista. Este no necesita mucha descripción. Yo en el fondo creo que todos deberíamos tener un porcentaje de este tipo en las venas, porque se puede ser muy buen empelado, fiel a tu empresa, comprometido con el proyecto y a la vez no dejar que luchar por lo que es justo en términos de condiciones laborales. El equilibrio es complicado y lo que normalmente encuentras es o bien gente que sólo sabe pedir o bien gente que no es capaz de reclamar lo que le corresponde.

8) El doble cara o también conocido como "más falso que el flequillo del Dioni" o cómo he oído recientemente "más falso que un amigo del Facebook". Delante tuya es todo simpatía, alabanzas, buen rollito... por detrás te pone la zancadilla cada vez que puede y si está tu jefe delante, pues más, un cabronazo, vamos.

Seguro que me dejo tipos por el camino ¿alguno que queráis añadir a la lista? ¿Os sentís identificados con alguno? ¿Aunque sea sólo un poquito?

PD: ¿Alguna vez os han dado de hacer algo como lo de este vídeo? jjjjj






miércoles, 11 de febrero de 2015

Carnaval con Uma Thurman (por Isa)


Pues ya estamos entrando en Carnaval, la fiesta pagana por excelencia... y una de mis favoritas. Es la época del año más asociada al descontrol, a la libertad y al gozo. En una sociedad como la nuestra, de tradición cristiana en la que cuesta encontrar festividades que no estén asociadas a santos, a vírgenes, a mártires y a otra gente con túnica, llagas e historias vitales colmadas de desgracias, el carnaval es todo un oasis.

Ahora ya da un poco igual, porque nadie ayuna por motivos religiosos si no más bien con fines estéticos, pero en su momento, esta fiestuki a modo de bacanal previa a la cuaresma tenía su importancia. Imaginaos en plena Edad Media, con la Inquisición por ahí merodeando y esa rígidez, unos cuantos días de disfrutar de los placeres terrenales en los que las autoridades morales hacían la vista gorda no eran moco de pavo.

Desde el Mardi Grass de Nueva Orleans, a la gran fiesta de Río de Janeiro, pasando por el Cádiz chirigotero o la elegante Venecia, el Carnaval es momento de desmadre, de música en la calle, de charanga, de chufla y chiste, de disfraces, de máscaras... y es precisamente a una máscara a lo que me ha recordado el nuevo rostro de Uma Thurman, algo que ya me pasó con el careto irreconocible de Renée Zelweger



"Ya estamos en Carnaval" pensé cuando me enseñaron ayer la foto de la rubia de 'Kill Bill'. Pero luego ví que no, que, una vez más, las redes sociales y los medios de comunicación -hasta los "serios"- ardían con críticas a la actriz por haber dejado su jeta en manos de un cirujano sin escrúpulos... ni el más mínimo atisbo de tolerancia, de comprensión, de permisividad, de condescencia... no, no había nada carnavalesco en el tema de la cara de la Thurman. Solo mofas y censuras en boca de los sienta-cátedras de turno.

Hace bastantes años, yo misma estuve a punto de pasar por un quirófano para acabar con la que creía la causa de todos mis males: mi nariz. Los complejos, la falta de autoestima, la inestabilidad emocional me empujaron a la consulta de un cirujano de narizota prominente y ostentosa que trató de convencerme de lo mejorable que era mi cara y que, por el contrario, consiguió que saliese de allí decidida a no operarme en mi vida.

No sé si ese mismo estado mental, tan poco recomendable para tomar decisiones racionales, es el que ha guiado a la célebre Mia Wallace hasta el bisturí o no. Lo que si sé es que ni yo ni nadie tiene derecho a juzgarla por ello... y mucho menos estando en Carnaval. Cada cuál que se disfrace de lo que quiera.


lunes, 19 de enero de 2015

Mentiras piadosas (por Ana)



Cuando Pablo y yo empezamos a salir, hacía como 5 meses que él se había separado. Una relación larguísima, más de 14 años, con una niña de dos por medio... vamos, que le pillé un poco rebotado con el tema del amor, el compromiso, el romanticismo... Y ya sabéis, que al principio siempre intentas dar lo mejor de ti para que el otro piense que eres la persona más maravillosa del mundo y que no te puede dejar escapar de ninguna de las maneras, así que le escuchaba decir que el amor siempre acaba, que la pasión dura lo que dura, y ese tipo de cosas, con cara de interés y comprensión mientras por dentro pensaba: "tengo que dejar a este tío hoy mismo, vaya peñazo es con el tema de las relaciones"

Por hache o por be, nunca le dejaba, y seguía quedando con él, acostándome con él, viviendo con él, pero pensando que solo era un rollo temporal porque, total, el hombre había sido sincero y ya me había dejado claro que no creía en el amor, que no se iba a volver a enamorar y mucho menos comprometerser. Una de mis amigas Im-Perfectas, Isa, fue testigo de todo este proceso y de como, cuando llegaba mi cumpleaños, dos meses después de "enrollarme" con Pablo y de no salir de su casa un solo día, de separarnos solo para ir a trabajar (literalmente), me preguntó: "¿cómo vas a celebrar tu cumple con tu nuevo novio?" ¡¡¿¿¿Novio???!!! yo le contesté que ni de coña, que ese tío no estaba preparado para esas cosas y que esto no llegaba a Navidades. El día de mi cumpleaños (12 de diciembre) recibí de regalo unos pendientes preciosos, los más bonitos que he tenido nunca, una cena maravillosa y dos días metidos en su casa disfrutando el uno del otro... Es más, mi madre, como tenía llaves de mi piso, el mismo día de mi cumpleaños, fue allí y me dejó los regalos preparados con la calefacción puesta y unas flores para cuando llegara. Como pasaron dos días y yo no le decía nada, ya me preguntó preocupada: "¿hija, dónde estás?", y yo contesté, tranquilamente: "Saliendo de mi casa..." La carcajada de mi madre aún se escucha en el eco de las montañas... Ya me dijo: "anda, bonita, vete un momento a tu casa y apaga la calefacción, que te va a venir un recibo de luz que ni te imaginas, y las flores tienen que estar ya para la basura..."

Este proceso de negar la evidencia duró como un año... Vuelvo a remitirme a Isa cuando me preguntaba en febrero si me iba a ir de vacaciones con él en Semana Santa y yo le decía que para esas fechas ya no estaríamos juntos (viaje inolvidable a Barcelona). Vuelta a pregunta y respuesta en verano (Amsterdam)... hasta que, supongo, no me acuerdo, me mandaría a la mierda y me diría que pasaba de mí y mis historias mentales.

La cuestión es: ¿por qué me negaba yo a lo evidente? ¿Por qué él seguía diciendo que no viviamos juntos aunque hubiera más ropa mía en su casa que en la mía, aunque yo no pasara por mi residencia en meses, aunque todos nuestros conocidos y amigos (no familia, recordemos que esto era solo un rollo) tenían claro que éramos una pareja superestable? Yo tengo clara la respuesta y lo he hablado con él, mientras he podido, y él me lo ha negado con una medio sonrisa y tan poco convencimiento que hacía que acabesemos riéndonos sin parar: él me contaba mentiras piadosas. Mentiras que intentaba creerse él para no volver a verse involucrado en una relación romántica. Mentiras que me contaba a mí para no hacerme daño, para que no me hiciera ilusiones, para ser legal conmigo... Mentiras piadosas que a mí, ciertamente me sobraban, yo en ese momento tampoco creía que esa relación fuera a ninguna parte...

Como decía, al principio de toda relación te mantienes en tu sitio, finges que el otro siempre lleva razón, aunque no sea así y tú lo sepas (que queremos quedar bien, no volvernos esquizofrénicos)... pero a las pocas semanas, ya empiezas a disentir, a discutir... Y en esos momentos fue cuando le empecé a cortar, cuando empecé a decirle que dejara de aleccionarme sobre el amor y sus consecuencias y que me olvidará cuando quisiera despotricar sobre lo poco que dura la pasión y lo difícil que es la vida en pareja. Él se quedó blanco al principio, pero sirvió para que se relajara. Le dije que yo lo tenía todo clarísimo y que yo tampoco quería casarme con él (ja,ja,ja) ni que estuviésemos juntos hasta la muerte (doble ja,ja,ja). Le puse la canción de Joaquín Sabina que os pongo abajo y, a partir de entonces, cada vez que empezaba con su rollo, se la plantaba. Y en ese momento empezamos a disfrutar. Y a relajarnos... y a ser una pareja en la que no hacían falta mentiras piadosas.

Nuestra relación duró 11 años, dos y medio casados, cuatro durante los cuales él estuvo muy enfermo y yo permanecía a su lado día y noche, las 24 horas del día... Nuestro amor solo lo rompió la muerte. Menos mal que ninguno de los dos pensábamos que esto fuera a ninguna parte... Menos mal que ninguno de los dos éramos románticos y creíamos en el amor verdadero... menos mal que la pasión acaba al año de conocerse... Menos mal que todo, al fin y al cabo, eran mentiras piadosas.