miércoles 11 de noviembre de 2009

Ay, estos mayores... (Por Ana)



Hoy voy a rendir un homenaje los mayores... y es que, aparte de que creo que cualquier momento es bueno para hacerlo, hoy me he encontrado en el metro con un par de señoras que han hecho que saliera de la estación con un buen rollo impresionante. Paso a relatar la secuencia de lo ocurrido: Voy en mi asiento, leyendo (como casi siempre), distraida y metida en mi mundo (como siempre). El metro va a realizar su parada reglamentaria, a mi alrededor comienzan a levantarse viajeros y a situarse en la puerta para salir. Yo sigo leyendo, aún queda mucho para llegar a mi destino. Las puertas se abren y presiento a una de estas señoras de 70 yyyy... corriendo hacia el asiento contiguo al mío. Pienso: “ya estamos con las viejas que dan codazos para conseguir asiento”. Sí, lo siento, pero es que igual que os digo que este post es un homenaje a la gente mayor, os digo que hay otro tipo de personas, también mayores, y que son viejos maleducados, que me sacan de quicio... A lo que íbamos, percibo un movimiento extraño, y me giro hacia la señora que comienza a gritar el nombre de otra señora que veo que la acompaña y que con pequeños pasitos, casi arrastrandolos pies, se va acercando a la primera. Las dos van vestidas de fiesta, con lentejuelas, abrigos con pelitos y muchas joyas. Su pelo cardado y su maquillaje denotan que vienen de pasarlo muy bien. La señora 1 clava una de las rodillas en el asiento, haciendo gestos extraños y con la cara hacía el exterior. Yo me asusto, pienso que se ha tropezado, que ha perdido la razón... me giro, presta a socorrerla. La señora 2 ya se ha situado junto a la primera. Me fijo y me doy cuenta de la situación, que para nada es la que yo pensaba: ambas dos están lanzandoles besos con la mano y poniendo morritos a dos señores de su edad que se quedaban en la estación. De verdad, me encantó la escena, me recordaba a las películas en las que la amada lanza besos a su amado mientras el tren arranca, haciendo gestos exagerados para que él la vea... o cuando zarpa el barco y vamos viendo hacerse pequeñito al amante en el puerto mientras el proa (o popa, no sé) la amada agita el pañuelo...

Cuando el metro se puso en marcha, las dos señoras se sentaron y se miraron, riéndose como dos adolescentes, chismorreando y agarrándose las manos. Yo, como buena estudiante del género humano que soy (a la par que cotilla), puse la antena, y escuché lo siguente:

Señora 1: Anda, María, que está tonto contigo...

Señora 2: (sonrojándose y poniéndose la mano en la boca) Calla, calla, no veas... unas cosas... pero él ya sabe lo que hay..

Señora 1: Yo a Juan se lo dejé muy claro desde el principio... a mí me gusta para el baile y esas cosas, pero yo no vuelvo a lavar calzoncillos de ningún tío... él en su casa y yo en la mía...

Señora 2: Clarooo... yo igual, para todo, todo, menos para meterse en mi casa...

Las dos se ríen cómplices cuando la señora 2 dice “todo, todo”...

Y a mí me encanta lo que acabo de contemplar... me produce ternura y me da cierta sensación de envidia. Me maravilla que personas que sobrepasan los 70, posiblemente con mucho, que, por lo que entiendo han estado casadas, han tenido una vida anterior más tradicional, hayan logrado deshinibirse hasta tal punto que vuelven a comportarse como adolescentes. Firmaría ahora mismo para llegar a la edad de estas señoras con esa vitalidad y esa alegría de vivir... y por tener relaciones de este tipo, para bailar y para “todo, todo”... y si no apetece lavar más calzoncillos, pues claro, lo entiendo, que los señores mayores tienen otra educación y piensa que la mujer debe hacer esas cosas, y oye, pues no, que lo haga él en su casita...

Claro, que no todas las señoras mayores tienen tan claro lo del “todo, todo”. Paso a trascribir lo que me decía otra madurita de casi ochenta que se había echado un novio a los dos años de morir su marido:

“Mira, yo a Miguel le dejo que me toque y que me de besos, pero solo piquitos, con lengua no, con lengua solo le he dejado a mi Manolo... así que eso es lo que hay, lo toma o lo deja” Y Miguel lo tomó, vaya si lo tomó... (Lo de piquitos lo dijo así... y yo que creía que era una cosa de ahora...)

Y pensé en las familias de estas tres mujeres, en cómo se tomarían que sus madres o abuelas disfrutarán de esa manera de la compañía de señores... Y pensé que si alguna de mis abuelas viviera y se comportara así, yo sería muy feliz, de verdad... Claro, que ninguna de mis abuelas tendría el dinero de la Duquesa de Alba, así que los problemas con el reparto de la herencia estarían descartados, no sé lo que ocurriría si hubiera una millonada en juego, sinceramente...

Y esto son las señoras, pero os puedo contar un caso muy cercano masculino que me tiene obnubilada, mi señor abuelo, que sobrepasa no ya los 70, ni los 80, también los 90, y es todo un personaje. Conozco un guionista muy cercano a mí que quiere meter frases del abuelo en cada serie que hace, incluso nos hemos planteados hacer una película en la que él sea el protagonista. Y es que mi abuelo no solo vive “independizado” tras la muerte de mi abuela hace cuatro años, es que vive la vida a tope. Se sigue acordando de su mujer, pero él sale a la calle a relacionarse con las “viejas”, como él mismo las llama. Lo malo, según dice él, es que “son todas unas estrechas” y no permiten el más mínimo roce, “y mucho menos arrimar cebolleta”... Eso porque no se ha encontrado con las del metro... Mi abuelete tiene una vitalidad sexual que ya la quisiera para mí incluso a mi edad... Un día, mi padre, apareció en su casa abriendo con sus propias llaves, y le encontró viendo fotos picantonas... Oye, la culpa es de mi padre por entrar sin llamar, que el hombre estaba en su casa y podía hacer lo que quisiera...

Pero no es solo el tema sexual, es que es muy vitalista, le encanta el fútbol, se sigue enfadando con el Madrid cuando pierde, se va todos los veranos al pueblo él sólo y departe alegremente con cada vecino que se acerca a su casa a visitarle (y son muchos los que se acercan a tomarse la cerveza, el vino, patatas y aceitunas para el aperitivo que él no ha perdonado un sólo día en su vida) porque además es un tío super divertido, muy ocurrente y muy inteligente.

Me gustan las personas mayores que después de lo que han vivido, de todo y a todos los que han perdido en la vida (mi abuelo era profesor en la República y terminó trabajando en el campo, viniéndose a Madrid y sobreviviendo y criando a sus hijos como pudo) siguen disfrutando de la vida, de su sexualidad, de sus amorios y de todos aquellos sentimientos que se les presupone solo a los adolescentes y jóvenes. Ójala a todos les acompañase la salud, la pensión, el ánimo y la familia para conseguir vivir una segunda juventud. Y ójala nosotros, los que ahora somos jóvenes, lleguemos a esa edad de esa manera. ¡Vejez, divino tesoro!

sábado 7 de noviembre de 2009

De mis amigas (por Arantxa)

A lo largo de la vida conoces gente y más gente. A muchos, en algún momento, les llamas amigos. Así, con cierta ligereza. Desde el parvulario. Luego en el colegio. En la universidad, en cada trabajo por el que pasas. Ahora, a mis 34 años, me doy cuenta de que muchas de esas personas han transitado por mi vida como las aves migratorias; no sabía si volvería a verlas y no me importaba demasiado. De muchas no he vuelto a saber nada, de hecho. Pero con otras se ha creado un vínculo sólido, férreo, firme.

No hablo aquí de amor, sino de amistad, que al fin es otra forma de amor,
la más sublime quizás. De la amistad entre mujeres. Porque no dejaré de amar a mis amigas cuando sus carnes se pongan fofas o las arrugas les cuarteen la piel. Y mucho antes de que eso llegue, tampoco porque haya una temporada en la que hablemos menos o nos veamos poco; si están ocupadas con ese bombón masculino o volcadas en un nuevo proyecto laboral o personal que lo disfruten. Lo entiendo (y espero que ellas me entiendan a mi en mis momentos de dejadez, de encierro o de soledad buscada).

Suscribo esta frase de Alberto Moravia: “La amistad es más difícil y más rara que el amor. Por eso, hay que salvarla como sea”. A lo largo de una vida puedes vivir varias pasiones de pareja, y cuando el fogonazo inicial cede a veces se asienta, y otras se apaga. Pero con las amigas no hay tal fogonazo. O yo no lo he vivido así. Es más, incluso un encontronazo con ellas no se vive como algo funesto, sino que puede resultar enriquecedor para la amistad. Una discusión puede hacerte ver cosas que te negabas a vislumbrar. Y no sales herida, sino fortalecida. Una verdad a tiempo dicha cuando toda estás cegada se agradece, aunque escueza.

Por ello este post va dedicado a tres personas, amigas y mujeres.

La primera brutalmente honesta, como el doctor House, sólo que con un corazón más grande. Ya son muchos años de travesía juntas y tiene licencia para decirme cosas que deberían molestarme. Incluso a veces me molestan, no lo niego, pero no puedo enfadarme con ella. En ocasiones las dos hemos navegado juntas, en la popa o en la proa, otras veces ella miraba a babor y yo a estribor, o viceversa. Tan maravillosamente distintas somos. Pero siempre hemos navegado juntas.

A otra de ellas, que ha tenido que soportar mis vaivenes emocionales y ha sabido ser ecuánime a pesar de que alguna situación podía hacerle nadar peligrosamente entre dos aguas. Pero se ha mojado por lo que creía justo, por mi charquito, en vez de replegar las alas, y si algún día lo necesita espero empaparme por ella. Es serena, al revés que yo, y eso me sosiega.

A la rubia, que es casi como una hermana, porque nos hartamos de aconsejarnos, nos reímos de las mismas cosas, desplumamos juntas a los indeseables, tenemos un punto adolescente, coqueto y superficial que nos da vidilla y nos hace cómplices. Y nos debemos un viaje a La City. Le perdono hasta esa frase que me reitera, que vivo la vida como una tragedia.

Tragedia o no, la vivo. Una buena prueba son ella tres. Y que tranquilidad saber que no son aves de paso.

miércoles 4 de noviembre de 2009

¡No llego! ¡No llego! ¡No llego! (por Isa)


El metro que se para, el autobús que no llega, el atasco 'inesperado' en la calle de siempre, esa lavadora de programa corto que no acaba nunca, una carrera en las medias que destruye por completo mi proyecto de indumentaria, un intespectivo apretón tras el desayuno, una llamada telefónica ineludible, un cambio meteorológico que me obliga a cambiar de ropa o a volver a por el paraguas, el despertador que no suena, el móvil olvidado, triste y desamparado, que me hace regresar a por él...

No son excusas, no. Son poderosísimas razones. Son pruebas claras de que el destino está en mi contra en la lucha contra mi enfermedad crónica. Porque la impuntualidad, queridos amig@s, es una patología como cualquier otra, a pesar de que todavía no se diagnostique médicamente.Ante problemas admitidos socialmente, como el alcoholismo, la cleptomanía o la corrupción política, se dice que lo primero es asumirlo. Pues bien, yo lo tengo más que asumido. Soy impuntual. ¿Y ahora qué? ¿Cómo me curo? ¿Alguien me recomienda alguna clínica de rehabilitación de la que salir a mi hora y en punto?

Creo que soy consciente de mi pequeño drama desde que empecé a ir sola al colegio... Debió ser por aquel entonces cuando empecé a adelantarme la hora del reloj. No mucho, cinco o diez minutos, para que me saltara la alarma mental antes de tiempo y acelerase el ritmo con antelación. Hay que decir que el remedio surtía efecto, pero durante muy poco tiempo, porque en seguida mi cerebro se acostumbraba al cambio horario y hacía el cálculo mental para ganar de nuevo esos minutos de confianza.

Lo único que he podido hacer en el transcurso de estos largos años es perfeccionar los métodos para paliar el rechazo social que la impuntualidad genera entre mis allegados 'acostumbrados', a la fuerza, a esperar. Y es que llegar tarde agobia mucho, pero peor aún es la sensación de hacer perder el tiempo a los demás, que la gente que impacientemente mira el reloj mientras me dedica sus mejores deseos piense que no les respeto, que valoro mucho más mi tiempo que el suyo... Nada más lejos de la realidad. Desde aquí os lo digo a todos.

Por eso, ahora casi siempre que llego (tarde) lo primero que hago es pedir perdón con sinceridad y arrobo, bajar la cabeza y aguantar el pertinente cabreo o el chorreo de improperios de mis seres queridos sin rechistar...

Pero no siempre es así, no. También intervienen factores como la dureza del esperante o el grado de amistad que nos una. De hecho, hace años, desde la impunidad que me daba el descaro de la adolescencia, una de mis técnicas predilectas era llegar cabreada yo como método para neutralizar al contrario, de forma que al final acababan consolandome a mi. Pura manipulación, lo sé... y he de decir que acabé siendo una experta en interpretación para este menester y todavía lo practico a veces.

Sobre el origen del trastorno, me inclino a pensar que es biológico y hereditario. Mi madre también lo padece. Mi padre, en cambio, sólo lo sufre así que en justa venganza lo que me ha cedido son sus hemorroides... Seguro que a más de uno le consuela saberlo.
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ANEXO (Especialmente decicado a los que me esperan...):


viernes 30 de octubre de 2009

Vecinos (por Chelo)


Hoy me he levantado dando un salto mortal. Resulta que mi vecino ha puesto una nueva sintonía en su móvil para despertarse por las mañanas. Para despertarse él y al resto del vecindario, si no, no se explican los 100 decibelios... (Gracias Manu por el link)

Pero es que los vecinos son como los suegros, no se escogen. Un día te compras una casa, ilusionado/a y de pronto descubres que quien habita pared con pared contigo tiene una pandereta pegada al trasero. Te mudas o te aguantas y normalmente pasa lo segundo. Siempre te queda la opción de rebelarte, pero esto no se lo recomiendo a nadie, que hay mucho loco suelto. Una vez mandé callar a un vecino dando un toque en la pared y casi me tiran la pared abajo del rebote. No, no. Nunca mais.

Vecinos ruidosos los hemos tenido casi todos, pero todo tiene un límite, aunque sea el límite de la barrera del sonido.

A lo largo de mis ya demasiadas mudanzas desde que vivo en Madrid, te tenido vecinos para todos los gustos. Una vez incluso pensaba que mi vecino era el asesino de la baraja. Os lo juro. No he visto cosa más rara en mi vida. Por aquella época yo estaba en modo teletrabajo, es decir, pasaba mucho tiempo sola en casa. Casi me vuelvo paranoica con el tema. Hasta que un día pillaron al fulano y mi vecino seguía allí. Entonces pensé “la policía ha arrestado al hombre equivocado”. Seguro. Este vecino me robó la alfombrilla de la puerta. Si, si, como lo oís. La alfombrilla de limpiarse los pies al entrar a casa. Fue él fijo. Seguro que la usaba pasa secarse los pies cuando salía de la ducha. Es que era raro de cojones, os lo digo yo.
Luego nos mudamos y tuve a “la vecina”. Esa vecina que no le deseas ni a tu peor enemigo. Esa vecina que cuando la ves de refilón con la llave en el portal te das la vuelta y esperas que se meta en su casa, porque sólo el hecho de cruzártela te revuelve el estómago, se te ponen las judías de la cena de corbata y te amarga el día. Si, si, no exagero. Si no te ha pasado es que nunca has tenido una vecina como esa. De las que en las reuniones de la comunidad se pone a gritar y se le hincha la vena del cuello que dices “ como explote nos pone perdidos a todos”. Esta vecina de todo protesta, antes que se caiga la casa que poner un euro para arreglar una gotera. En fin, ese tipo de personaje que ríete tu de los vecinos de La Comunidad (Alex de la Iglesia, 2000).

Llevamos ya más de dos años en esta “nueva” casa y justo cuando empezaba a relajarme y a pensar “vaya, que suerte hemos tenido con los vecinos” me pasa esto.

Y tus vecinos ¿cómo son?

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ANEXO 1: Hombres G

Ainsssssssssss, qué recuerdos, qué buenos recuerdos...



ANEXO 2: Mi vecina es puta



A destacar:
Al contrario de lo que se piensa, la gente folla por las tardes.
Yo soy una puta muy moderna, que llevo agenda electrónica.

Pues nada, ahí queda eso, vecinos

martes 27 de octubre de 2009

Indignada (Por Ana)


Indignada, indiganda me encuentro, señores y señoras... he sufrido una afrenta sin igual que me está haciendo rabiar y me ha hecho plantearme una serie de cuestiones. Si queréis saber por qué, y a qué se debe este come-come que no me deja tranquila, no tenéis más que seguir leyendo.


El inicio de esta historia es muy alegre: estoy de vacaciones (¡¡¡bien, bien!!!), me he cogido cinco días como cinco soles y hasta el dos de noviemnre no me reincorporo al trabajo. Cuando me entero de que puedo disponer de mis días de asueto (que mi esfuerzo me ha costado, la verdad, porque aquí nada es fácil ni es gratis) decido, junto a mi acompañante de viajes y de vida, darme un homenaje y pasar esa semana en alguna ciudad bonita... Esperamos casi hasta el último momento para decidirnos: Berlín y Londres competían duramente en nuestras ganas y nuestros corazones de madrileños viajeros. Optamos por Berlín. Cogimos billetes y hotel (uno magnífico en pleno centro, con 48 plantas, supermoderno).


Ya tenemos el viaje decidido, lo siguiente es empezar a ilusionarnos del todo comprando guías, viendo qué podíamos visitar, cómo llegar hasta los lugares más emblemáticos... vamos, lo que es disfrutar del viaje antes de empezar. Da la sensación de que todo el mundo ha estado en Berlín y todo el mundo ha vuelto enamorado de esta ciudad... nos han dado nombres de museos, monumentos, restaurantes, rutas en barco, a pie, edificios desde cuyo ático se ve toda la ciudad... Vamos, que estabamos deseando que llegase este lunes. Para más inri, mi semana anterior ha sido como una especie de penitencia, todo en el trabajo se ha complicado, si algo podía salir mal ha salido, me he peleado con algún que otro compañero, vamos, que en mi mente solo tenía el deseo de que llegase el viernes para empezar a preparar mi maleta y marcharme el lunes dejando todo y a todos atrás...


Y ahora entramos en la parte del cuento que se convierte en tragedia. Acabo de trabajar el viernes, me tomo dos cervezas con mis compañeras para celebrar que me voy de vacaciones y, cuando más relajada y más feliz me encontraba, recibo una llamada de mi chico para contarme que le han mandado un mail de Iberia diciéndole que, debido a una huelga del personal de cabina, se anula nuestro vuelo del lunes. Eso sí, hay dos opciones, o nos devuelven el dinero o nos recolocan en un vuelo que sale el miércoles por la tarde. Nosotros habíamos hecho la reserva con Last minute, así que les llamamos, a ver que solución nos daban ellos, incluso pensando en anular noches de hotel y aparecer en Berlín casi el jueves. Pero no, qué va, eso tampoco puede ser, ya queLast minute (con un trato exquisito, eso sí) nos dice que lo del miércoles puede resultar un fraude, porque la huelga se va a extender a ese día y seguro que el martes nos dicen que también lo han anulado. Así que anulamos el viaje entero y nos ponemos a buscar otros vuelos a Berlin, pero, ay amiguitos, el resto de compañías son muy listas, unas pillinas, ya se han enterado de la huelga, y han subido sus billetes a precios que rondan los 500 euros. Esto es así, a río revuelto, ganancia de empresas...


Así que aquí me tenéis, domingo tarde, día en que escribo esto, sin tener muy claro qué hacer, porque todo lo que veo está carísimo. Creo que terminaremos en Lisboa, que no está mal, pero saliendo el martes y bastante mosqueados, la verdad...

Porque, digo yo, mi viaje era meramente de placer, pero ¿qué ocurre con los de trabajo, con el hijo que va a visitar a su padre enfermo, con el que va a conocer a su hijo recién nacido? En el documento que nos mandaron con los vuelos anulados, había como 14 páginas de destinos a los que los clientes de Iberia no podrían llegar, unos cuatrocientos vuelos. Y que conste que yo siempre estaré a favor del trabajador y del derecho a huelga, pero que alguién piense en los usuarios a los que se dañe, y quien tiene que pensar es la compañía que gana millones y millones al año. Que Iberia no se cruce de brazos y diga que se anula el vuelo, que busquen solución para la gente que se queda en tierra, que el resto de compañías no aprovechen para encarecer sus servicios, y que todo el mundo reciba una mínima indemnización. Yo, por mi parte, ya estoy mirando a ver si hay alguna forma de reclamar...


Todo esto me ha hecho reflexionar sobre el tipo de vida que llevamos, lo que tenemos que tragar diariamente sin poder reaccionar, sin poder decir esta boca es mía. Hay días que desde que me levanto hasta que me acuesto, estoy permanentemente indignada por algo, siento como si me tomasen el pelo, pensando que soy boba y que tengo que tragar carros y carretas. Creo que a Chelo no le importará que le copie su estilo, así que voy a hacer una lista con una serie de cosas que me molestan día sí y día también:

  1. Los retrasos en los medios de transporte sin previo aviso. Todos los días tomo metro, tren y metro ligero, y no hay día que alguno de los tres, dos de ellos o casi siempre los tres, no me hagan esperar, hay días que en un trayecto que dura 40 minutos he tardado dos horas, pero de reloj. La tonadilla de “debido a causas técnicas, el tren lleva un retraso de quince minutos” la tengo más grabada en mi mente que las tablas de multiplicar. Y no me digáis lo del coche, porque podemos hablar de atascos.

  1. La poca educación y la falta de un código de circulación para peatones y usuarios del mismo transporte público. ¿Es que lo de entrar y salir ya no se lleva? ¿Por qué ponerse en el lado izquierdo de las escaleras mecánicas si te vas a parar? ¿Pero quién te crees que eres para cruzarte sin parar y arrollando a los que van en dirección contraria? A este tema creo que le voy a dedicar un único post, hombre, que se lo merece

  1. Las obras de Madrid. Por suerte o por desgracia, vivo en la capital del reino, y esto es el no va a más, de verdad, todo lleno de zanjas, baches, se tarda una eternidad en cruzar de una cera a otra, no se te ocurra sacar el coche porque unos días cortan una calle, y después, sin previo aviso, la de al lado... Otro posible post... aquí no se puede vivir, han convertido esta ciudad en una ratonera. Para las que sois madres, que sé que nos leéis muchas, yo no sé como vosotras os atrevéis a sacar el carrito a la calle, esto es como una zona catastrófica. Eso sí, vamos a freír al pueblo llano a impuestos, subimos los que ya hay y añadimos otros, como los de la basura... Me imagino a los políticos en sus cuevas, frotándose las manos y emitiendo risas de esas de las pelis de miedo mientras firman las leyes y todas estas subidas con una pluma, sobre un papiro y con la sangre de un virgen a la que han sacrificado...

  2. La impunidad con la que nos roban todo tipo de compañías: la de la luz, la del gas, la del agua, las de viajes... por no hablar de mis favoritas, las de telefónica, internet, etc... y aquí nadie protesta, y a los que lo hacen les da absolutamente igual, porque tienen taaaannnnttttooooo poder, que con una sola acción pueden aplastar cualquier conato de insubordinación...

  3. La sanidad pública cada vez peor, los bancos, cada día más sanguijuelas, los que abusan de los más débiles tratándoles como la mierda...

Y no necesariamente en este orden. Creo que hay muchísimas más cosas, pero como muestra un botón.

Ay, siento haberos soltado este rollo, pero qué a gusto me he quedado... La semana que viene espero estar fuera de Madrid, así que a la vuelta os cuento dónde hemos ido a dar y mis impresiones sobre el lugar... Si es que la compañía no me anula el vuelo y me quedo allí...

jueves 22 de octubre de 2009

Mar (por Isa)

Nada me sobrecoge más que escuchar el bramar del oleaje enfurecido contra las rocas o el suave crepitar de la blanca espuma marina al empapar la arena sedienta de la orilla. Me excita y me relaja en un dicotomía absurda e incoherente.


Inspirador de versos, cuadros, canciones, novelas, películas, fotografías, esculturas, sinfonías, edificios, platos... y todo aquello que haya sido o pueda ser considerado alguna vez arte, el mar es la musa universal. Por eso, reconozco que no tiene mucho mérito y, de hecho, me avergüenza un poco, blasfemar usando su nombre en un vil post. Sólo puedo decir que tenía que hacerlo.



No soy capaz de recordar la primera vez que ví el mar porque, pese a ser del Foro, ha estado presente en mi vida cada año desde antes de tener cuajados los mecanismos neuronales de la memoria. De lo que sí me acuerdo es de nuestro último encuentro, con amargo sabor de despedida.



El mar para mí es como ese amante milenario y terco que, inhábil para la rendición, me enamora cada vez que tiene ocasión sin importarle la consciencia de saberse un amor imposible. Así, como en un bucle enfermizo, se reproducen los flechazos infinitos desde que la pubertad dio rienda suelta a mis instintos adormecidos.



Despliega sus encantos: Lo primero es la brisa perfumada que alivia mi piel castigada por un sol inclemente. Después, ataca con la visión de esa inmensidad azul verdosa que, como una intensa mirada me seduce sin remisión. La arena, dorada, blanca, rubia o tostada, acaricia mis maltrechos pies.



El sonido de sus flujos y reflujos -rugido inicial, estertor salvaje y centelleo final- es un regalo que brinda la naturaleza a mis oídos. Y, por último, las olas batiéndose enervadas, veloces y valientes contra mi cuerpo, refrescando mi recalientada carne estival para retirarse con la efímera espuma haciéndome cosquillas...


Su mero recuerdo me eriza el vello, me eleva del suelo y me lleva lejos, muy lejos de aquí... al lugar donde habitan los sueños.

lunes 19 de octubre de 2009

Historias sin final feliz (por Arantxa)


Es otoño y aunque el sol aún calienta, me temo que algunos de los corazoncitos de las personas que aprecio están pasando algo de frío.

Una amiga me llama auténticamente desesperada. Él la ha dejado, sin ni siquiera haber arrancado dos hojas del calendario juntos. Y lo ha hecho acorde con estos tiempos, por una llamada de móvil. Le ha dicho que la quiere pero debido a una serie de factores que no vienen al caso no puede seguir con ella. Y mi amiga, absolutamente desconcertada, totalmente perdida, no sabe como ha caído en la red de nuevo, si ya no cumplirá los 30. Su argumento es pueril. Y sólo atino a decirle que ha caído y volverá a hacerlo. Con 40, con 50… Cada vez que se enamore será para siempre y ese para siempre son semanas, meses, años, lustros. A algunos hasta les dura toda una vida.

El “problema” es que hubo sexo, obvio. Y esto, que en si no debería ser ningún problema, la ha llevado a colarse perdidamente. Eso y el hecho de que el mancebo, según me cuenta, era cariñoso, bueno, apasionado, vital, una combinación explosiva dentro y fuera del lecho. Un rara avis. Así que esta mujer hecha y derecha, inteligente, fuerte, se ha enamorado. Es más, le quiere y por eso ahora la veo frágil, quebradiza. Lo que toca es curarse el corazón y adelante, le recomiendo.

Otra amiga ha dejado a su novio tras años de relación, porque no siente lo que debería sentir, esto es fuego, deseo, amor. (Eso dice ella, y yo no se que argumentar, porque ignoro que debe sentirse tras más de diez años de relación). Como hermanos compartiendo cama, me dice que eran. Y los ojos ya se le iban detrás de algún otro, en busca de ese fuego, de lo que ya no sentía por el que dormía a su lado. Eso sí, ha tenido la delicadeza de anunciarle la noticia eligiendo las palabras, maquillando la realidad y él ha acabado llorando (los chicos también lloran, doy fe). Se siente extraña, extranjera de si misma , y triste. Ponte una tirita en el alma y a seguir, le aconsejo.

Y me pregunto como Mafalda en la viñeta que ilustra el post, ¿cómo se hace?, ¿cómo se cierran las heridas del alma?, ¿cómo se pone esa tirita ahí dentro? El amor no viene con manual de instrucciones y para curarse del desamor no hay receta. El amor simplemente viene y se va. O se queda durante mucho tiempo. Mientras resiste lo mejor es disfrutarlo, cuidarlo y no pensar demasiado en si se quebrará ante la primera embestida del destino o si aguantará como los diques resisten el oleaje. Ahí reside su encanto. Un encanto de semanas o de años, pero encanto al fin.