martes, 22 de julio de 2014

Fans y groupies (por Isa)

No me considero una persona especialmente mitómana. Por supuesto, hay personajes públicos a quienes profeso una profunda admiración, por lo que piensan o por lo que hacen: escritores, cineastas, actores, músicos, intelectuales...  Pero nunca me ha dado por hacer un seguimiento de su vida privada, y me produce cierto pudor intentar un acercamiento.

Idealizar a la gente a la que admiras no solo es humano si no también bastante inevitable. A mí, que soy muy normal para todo, también me pasa. Es legítimo obsequiar con un aura de perfección a ese tipo que hace películas acojonantes o aquella señora que escribe tan bien. Pero ya lo venimos diciendo las im-perfectas desde hace años: la perfección es un invento. 

Así me pasa, que cada vez que he rascado en la faceta personal de alguno de mis ídolos me he acabado llevando un chasco: Woody Allen con esas acusaciones turbias que tiene de su hijastra, Vargas Llosa con sus indigestas filias políticas, U2 y su filantropía oportunista... Y así un largo etcétera.

Peor aún es el asedio fan a la persona admirada... Me da una vergüenza atroz acercarme a alguien a quien idolatro para pedirle que me firme un libro o que se saque una foto conmigo. Las pocas veces que lo he intentado me he sentido ridícula, diminuta, ñoña y mucho más tonta de lo que soy habitualmente. Pero no es eso lo que más me inmoviliza, sino el miedo a la decepción. A sentirme defraudada con quien me hace creer que se puede ser mejor. 

Últimamente, estoy pasando bastante tiempo rodeada de fans (no míos, claro). Siguiendo a Ray Davies, el mítico líder de The Kinks, en su gira española junto a los miembros de su legión de admiradores acérrimos me he dado cuenta de lo emocionante que es dejarse embriagar por el influjo de un ídolo. 

Es especial, mucho, saber hasta lo imposible de la vida de alguien, de sus hitos, de sus anécdotas, de todo lo que hay detrás de su obra y tener a un grupo de gente con quien compartir ese amor icondicional, con quien competir en encuentros y en material firmado o rarezas inéditas.... Y además es muy divertido y excitante: seguir al personaje, forzar un encontronazo, charlar con él o sobre él con gente cercana a la figura...

Nunca habría pensado que iba a disfrutar tanto de esta experiencia groupie. Muy recomendable. Algo que hay que hacer alguna vez en la vida.

lunes, 14 de julio de 2014

Odio el verano, ea, ya lo he dicho (por Ana)




Iba a escribir sobre un tema súper interesante, de verdad, que me ha propuesto mi señor esposo, que es un tío culto, inteligente y además, escritor… Pero no me veo capaz… Ni de afrontar ese tema (que me reservo para otro momento más inspirado) ni de nada profundo…

Y es que no puedo con el calor, de verdad, es superior a mis fuerzas. Con lo feliz que estaba yo con este tiempo incierto, lluvioso de vez en cuando, en el que una chaquetita, rebeca, chal o fular siempre era de agradecer. Hoy ese bienestar propio se acabó, comenzó el estío de verdad, el sol se ha despertado y empieza a calentar de lo lindo. La gente de bien busca la sombra y las fuentes y yo no doy pie con bola. Empieza la canícula y yo sólo quiero estar tumbada, mirando al techo, con un refresco de cola al lado (mientras no me paguen publicidad no escribo la famosa marca) Con lo que a mí me gusta leer, es que hasta pasar las páginas me cuesta. Fuera libro, fuera revistas, adiós tejer o coser… sólo permanecer tumbada mirando al infinito.

Pero este aplatanamiento supremo no es lo peor, lo que peor llevo, pero sobre todo, peor llevan los de mi alrededor, es el mal humor que se me pone, que no hay quien me soporte. Vamos, que no me aguanto ni yo, es como que estoy incómoda en mi propia piel, no me encuentro, no me encuentro.

Este año, además, no tengo vacaciones de ningún tipo, es más, he dado vacaciones a la gente que me echa una mano con la enfermedad de mi marido, así que encima me toca pringar más que el resto del año… El verano es maravilloso, claro que sí, si te pilla en una playa, tumbada en una hamaca debajo de una sombrilla, pero el verano en tu propia ciudad (en otras también mola, el turismo urbano es lo que más me puede gustar del mundo) para mí es el infierno en la tierra.

Ya sé que este post va a generar pocos adeptos porque me lleva ocurriendo toda la vida, discusiones absurdas que no llevan a ningún sitio, porque intentar explicar a otro una preferencia y convencerle de que él cambie la suya es tan ridículo como intentar que alguien cambie de ideología o tendencia sexual. Lo que me hace mucha gracia es la cara que pone la gente cuando les digo que yo odio el verano, así, que lo odio. Es como si estuvieran observando a ET mover su dedo señalando al infinito y diciendo: “mi casa”. Es que no pueden dar crédito. Pero es, posiblemente, como yo les observo cuando exclaman: “qué bien, por fin sol” “Qué alegría, ya hace calor” y cuando veo, año tras años, en el informativo, piezas dedicadas a los helados, al calor infernal en Córdoba y Sevilla, imágenes de personas asándose, abanicándose, bebiendo agua de cualquier fuente… Y el resumen siempre es: “pero esto es alegría, que es verano”. A mí no me parece estar viendo marcianos, pienso que todos se han escapado de “Alguien voló sobre el nido del cuco”. Pero si hasta la ropa me gusta más y me queda mejor la de invierno, y me encanta andar entre lanas haciendo ganchillo y punto… y tomar café calentito, y una buena sopita, un cocido… La comida también es mejor en invierno, seguro… Y la tele, y los estrenos de cine, y la música...

Pues eso, que os dejo para tirarme en el sofá… Y no hace falta que me lo digáis… Pues anda que no queda…

lunes, 7 de julio de 2014

La desconfianza (por Chelo)

La desconfianza es una mala compañera de viaje. En cualquiera de sus versiones: amigos, hijos, pareja, compañeros de trabajo, de equipo, proveedores, clientes, socios… hay tantas formas de desconfiar como tipos de relaciones posibles. Hay quien desconfía de sus mascotas y quien no se fía ni de su portera ( “yo a mi portera no le digo cuando me voy de vacaciones, por si acaso” [sic])
A veces la desconfianza está justificada pero otras tantas no; hay gente que es desconfiada por naturaleza y otras personas con fe ciega en todo y en todos.

No me considero especialmente desconfiada, aunque reconozco que a veces soy un poco paranoica y me pueden mis propias obsesiones. Lo bueno es que con la edad, con el paso del tiempo, con las experiencias vivida, pero sobre todo, con la inexorable selección natural (y no tan natural) de la gente que me rodea, cada día vivo más tranquila y confiada.

En el terreno profesional, para trabajar bien en equipo hay que saber confiar. Es algo que se aprende. También te lo tienes que ganar, a la confianza hay que mirarla en las dos direcciones. Muchos no lo han aprendido.

En el terreno personal, la confianza es la base de las relaciones, al menos de las buenas relaciones. La desconfianza lo envenena todo, todo lo rompe, quizás todo menos las relaciones con los hijos, porque a los hijos se les perdona todo sin rencor, sin resentimiento. Confiar en los hijos es algo que también tiene que aprenderse. Muchos tampoco lo han aprendido.

"La confianza es una hipótesis sobre la conducta futura del otro. Es una actitud que concierne el futuro, en la medida en que este futuro depende de la acción de un otro. Es una especie de apuesta que consiste en no inquietarse del no-control del otro y del tiempo."
Laurence Cornu

¿Has pensado si la gente que te rodea confía en ti? ¿Has pensado qué cosas de las que haces te hacen ser una persona de confianza? Yo lo pienso a veces, todo es mejorable, siempre.

lunes, 30 de junio de 2014

El sabor del verano (por Arantxa)

Mañana comienza el mes más caluroso del año y aunque este año el calor aún no ha apretado a lo bestia, por mis venas corre más gazpacho que sangre. El gazpacho es toda una delicia culinaria en estas fechas porque se toma bien fresquito. Ayuda combatir el sofoco estival mejor que los helados, que al final acaban dando más sed.

Es curioso que, siendo como soy muy norteña –los mejores veranos que recuerdo son esos de ponerse rebequita por la noche y dormir bajo una manta en Asturias- encuentre  que una de las delicatesen de nuestra gastronomía sea esta sopa fría de verduras que, por cierto, era el único plato de nuestra gastronomía que gustaba y mucho a la reina Victoria Eugenia, esposa de Alfonso XIII. Yo entre una fabada de las que dan buena cuenta por las tierras de mis antepasados y el gazpacho me quedo con el segundo.

Además tiene la ventaja de que es muy fácil de preparar, vamos, que hasta los negados entre pucheros pueden hacerlo y les saldrá rico. Aunque es un plato con siglos de historia, su característico color rojizo no lo adquirió hasta que los españoles trajimos de América el tomate, en el XVI. Las recetas para prepararlo son variadas, pero ninguna sin tomate como base.

Estos días este suculento manjar ha ganado un punto a mis ojos. La semana pasada mi hija pequeña, que es una pésima comedora, ha accedido a probarlo y no le disgusta. Le va encontrando el puntito y eso con Daniela es todo un triunfo.

Disfrutad del verano. El mío ha empezado cargado de gazpacho. Para la playa, otro clásico estival, aún queda un poco.

martes, 24 de junio de 2014

Un mal día (por Isa)


La lluvia oscurecía el cielo y adelantaba el atardecer de finales de junio. Se abrió paso como pudo entre la multitud de paraguas, empequeñecida como un duende en un bosque de hongos hostiles. “Siempre me olvido el paraguas el día que llueve”, maldijo para sus adentros, tratando de esquivar sin éxito la ola infectada de gasóleo que levantó un autobús de línea al pasar por su lado. “¡Cuidado!” – gritó enfurecida y creyó apreciar una sonrisa de malicia del conductor observándola desde arriba.

Cuando alcanzó el metro estaba ensopada y sucia, como muchos de los usuarios del suburbano con los que se rozó escaleras abajo. La mezcla de sudor y ropa húmeda por la lluvia hacia ascender un vapor tropical. Un nauseabundo eructo de la boca del metro. Se tomó un minuto para escurrirse el pelo y extrajo del bolso su último pañuelo de papel, no exento de humedad, para intentar secarse el rostro y las manos. 

Un lúgubre pasillo flanqueado por los charcos que formaban las goteras la llevó hasta los torniquetes de acceso. Sacó la billetera maltrecha y mojada. El billete del abono estaba blandurrio y pastoso. “No va a entrar, verás”- suspiró en voz alta, tanteando con el cartón fláccido el orificio metálico de registro. “Nada. Es inútil”, concluyó. Buscó con la mirada a algún operario que le echara una mano, pero no fue capaz de localizar a nadie de uniforme. 

Con cara de resignación, se dirigió hacia una de las máquinas expendedoras de tickets. Solo se podía realizar la compra en efectivo y sabía que no llevaba encima. La idea de salir a buscar un cajero le cruzó la mente pero la desechó: “Con la que está cayendo, no me arriesgo a salir a la calle”, farfulló.

Decidió colarse. Se preparó para impulsarse con los brazos y saltar por encima de la barrera de entrada como había visto hacer decenas de veces a adolescentes y mendigos. En el proceso, se rompió una uña, se magulló la mano derecha con un filo de acero, se torció el tobillo al apoyarlo sobre el suelo resbaladizo, y se le volcó el contenido del bolso. Dolorida y abochornada recogió uno a uno sus enseres, que habían salido rodando por todo el vestíbulo, sintiendo las carcajadas mudas del resto de los pasajeros.

Cojeando levemente y con una opresión de llanto en su pecho llegó al andén justo para ver como las puertas del tren se cerraban delante de sus narices. “Espere… ¡por favor!” increpó al maquinista impertérrito, lanzándole una mirada suplicante. Escupió un “hijo de puta”, ahogado por el silbido del tren, dejando resbalar algunas lágrimas furtivas. Aturdida por la rabia contra el mundo, se quedó quieta a esperar el siguiente tren. No tardó mucho en llegar. 

Entró de las primeras en el vagón a empujones, y adelantó entre codazos a un abuelo inseguro que había conseguido posicionarse a la altura de un asiento vacío. Consiguió sentarse con aire de satisfacción, pero en seguida bajó la cabeza y tragó saliva, arrugando el gesto con amargura. "Qué raro", pensó, "siempre había creído que la venganza sabría dulce".

martes, 17 de junio de 2014

Reinventarse a los casi cuarenta (por Ana)

Canastilla realizada por mí para un bebé cuyos padres son muy fans de Batman

Hoy escribo desde el optimismo… Estoy sentada cara a la ventana por la que entra la luz que inunda el salón… Estoy sola en casa, por primera vez desde hace meses, sola, con la única compañía de mi perro Jarete, que duerme plácidamente tumbado todo lo largo que es para recibir los rayos de sol que realiza extraños dibujos en el suelo. Una taza de café junto al ordenador, la brisa que de vez en cuando remueve mi pelo… Es uno de esos momentos en los que sabes porque la vida engancha, porque merece la pena luchar por ella y arañar cada uno de sus segundos.

Este día tiene una especial importancia porque se me regala tras una época mala, muy mala, de una maldad que no eres capaz de imaginar hasta que te toca vivirlo. Sospechosamente, las cosas se han puesto un poco en su sitio, me han dado una prórroga inesperada, que no pienso desaprovechar. Y de todo se aprende y se sacan cosas positivas. Cuando estás al borde del abismo (al que desgraciadamente he de volver tras este tiempo regalado, pero ese es otro tema) tu mente se abre paso entre el dolor, se hace un huequito para permitirte no caer en la locura absoluta. Empiezas a pensar en tu vida real, en lo que es y lo que desearías que fuera, en los momentos que has aprovechado y en las cosas que te han hecho perder el norte y la felicidad. Y sacas conclusiones, muchas… E incluso, si tienes suerte, tomas decisiones inmediatas o a largo plazo. Por suerte, yo puedo tomar esas decisiones, la suerte me ha proporcionado un poco más de tiempo para disfrutar de esa persona a la que tanto amo, a planificar con más tranquilidad mi futuro laboral, el personal me viene determinado por el fatalismo…

Mi elección está clara: quiero ser feliz, todo lo feliz que pueda, tan feliz como he sido durante diez años, en los que me he sentido como una reina, cuidada, amada, deseada… pero en los que mi vida laboral se interponía en ese paraíso que era mi hogar y mi pareja. Ahora quiero hacer algo que me llene, que me proporcione momentos de alegría y satisfacción… Y quiero hacer de mis hobbies mi medio de vida. Sé que es difícil, que tengo una edad complicada, rondando los cuarenta, pero también he visto claro que nunca es tarde para nada, que con esfuerzo se puede llegar donde sea… y con ayuda… y gracias al cielo, tengo una red familiar y de amistad que sé que van a hacer todo lo posible y más allá por ayudarme a sacar adelante mis proyectos.

Todavía no tengo claro que es lo que quiero hacer, pero tengo claro que estará relacionado con la costura, el ganchillo, el bordado… todo aquello que me apasiona, lo que ha conseguido que hasta ahora, durante estos cuatro años rodeada de enfermedad y dolor no me haya vuelto loca del todo. Quiero prepararme, estudiar algo relacionado con textiles (aprovecho para pedir que si alguien conoce algún sitio donde den clases sobre arte textil, distintos tipos de telas, cómo tratarlas, teñirlas, etc, diseño, corte, etc… me lo haga saber, please), ponerme las pilas con el ganchillo y el bordado, empezar a meterle caña a la máquina de coser… Cuando pienso en ello, me siento llena de alegría y un cosquilleo me recorre de arriba abajo, es como un indicativo de que voy por el buen camino…

Este fin de semana, mi hermana y mi madre han estado con una de mis tías abuelas, bueno, una no, MI tía abuela, la que ha ejercido del segundo nombre a falta de abuela real, la que me ha acurrucado, mecido, acompañado, la que hoy en día me regala costureros para que siga con ello. Mi tía cose como los ángeles, hace manualidades como una verdadera diosa, es creativa e ingeniosa… Y a su edad (mucha, mucha) está estudiando ordenadores, como dice ella… Pues bien, esa tía nos recordó algo que habíamos olvidado. Cuando mi madre le contó mis planes, mi tía le comentó que estaba claro, y que debía ir por ahí, que siempre me había gustado. Y les enseñó unas servilletas de trapo que tenía guardadas desde la época en la que yo debía tener cinco o seis años. Ahora lo recuerdo todo, a esa edad, cuando me quedaba con ella, que era fin de semana sí, fin de semana no, siempre le pedía una de las servilletas para coser. Ella me la daba, y luego se reía porque decía que hacía “culos pollos”. También ahora viene a mi mente lo orgullosa que me sentía de mi obra, los ratos pasados junto a su máquina de coser. Ahora mi madre también ha empezado a recordar y de repente nos hemos encontrado con los bastidores que esta abuela postiza me fue regalando y que tenía guardados en lo más oscuro del sótano de la casa del pueblo de mis padres.

Foto de http://www.decoralia.es/...

Y es que llegó una edad en la que el falso feminismo empezó a hacer mella en mí. Las labores del hogar eran cosas de mujeres reprimidas que tenían la pata amarrada a la cocina. Yo no sería una de ellas, no señora, yo estudiaría, sería una profesional de éxito. Y guardamos los hilos y los bastidores, y las agujas de ganchillo que me dio mi verdadera abuela, y dejé de pedir a mis padres un curso de corte y confección, al cual ellos también se negaron porque pensaban lo mismo que yo, que su hija iba a ser una mujer moderna y trabajadora, no una mujer que perdía el tiempo entre costuras… Ahora mi madre es mi más ardiente fan, su ánimo y sus consejos son una de las bases de mi decisión.

Ahora está claro que cuando algo va dentro de ti, tiene que salir, y a mí me ha salido a los casi cuarenta… Pues bienvenido sea, ahora a recuperar el tiempo que no he dedicado a mi verdadera pasión, ahora a formarme rápidamente y a intentar vivir de mi pasión. Por mi tía, por mi madre y sobre todo, por mí.

lunes, 9 de junio de 2014

¡Verano! (por Chelo)

Parece que, por fin, el verano ha llegado para quedarse. Poco a poco las alergias primaverales se van diluyendo, los aires acondicionados empiezan a encenderse, muchos empiezan a concretar lo que serán sus vacaciones “de verano”, normalmente las más largas de todo el año. A mi antes me gustaba mucho la primavera, desde que padezco alergia me gusta menos y ansío casi con zozobra la llegada del verano. Sé que en breve me estaré quejando del calor asfixiante que suele asolar Madrid en el mes de Julio, de esa sequedad de su asfalto en los meses de estío, pero ahora estoy feliz de que su llegada no oficial.

Salir de casa en manga corta por la mañana es un lujo para los que nos gusta esta época del año. Llevo mucho mejor el calor que el frío, es lo que hay. Además en breve acaba el cole y con su fin, los deberes, los exámenes y los trabajos escolares. Deseandito estoy. A mucha gente le supone un trastorno logístico muy grande y lo entiendo, pero yo suspiro por que llegue el 20 de Junio. En mi casa estamos todos más relajados cuando no hay colegio, las obligaciones decaen sustancialmente.

Aunque mi situación descrita aquí no ha cambiado, ya tendré tiempo de quejarme, hoy estoy feliz de ver el buen día que hace y de haber dejado aparcados los estornudos alérgicos que me han tenido presa tantas semanas.