martes, 30 de septiembre de 2014

Súper poderes (por Chelo)


Siempre he querido tener súper poderes. De pequeña y de no tan pequeña.

Cuando me pongo a pensar en qué súper poder elegiría (si, en ocasiones ese es mi nivel de preocupación) casi siempre concluyo lo mismo: la invisibilidad. ¿Os imagináis poder haceros invisibles durante un tiempo? A vuestra elección, ahora me ven, ahora no me ven. No sé, quizás Christina Rosenvinge tuvo algo que ver (¡Qué coreografía! Ya no se hacen de esas, una pena)
Cuando de adolescente pensaba en esto (que sí, que este es un hilo de pensamiento recurrente en mi vida, no sé de qué os extrañáis) me imaginaba entrando en unos grandes almacenes, uno de esos con varias plantas de ropa. Entraba, me probaba lo que me daba la gana y me iba de allí sin que nadie me viera. El fin de la invisibilidad no estaba en robar mal pensados sino más bien en quedarme en pelotas allí en medio e ir probándome lo que me viniera en gana sin necesidad meterme a un mini probador a sudar como una bellaca  tratando de tener la perspectiva suficiente (y necesaria) de mi trasero. Lo más en probadores que conozco (modo ironía on) son los de esa conocida tienda de ropa deportiva low cost que suele estar en las afuers de las ciudades pero que ahora en Madrid han abierto tiendas urbanas. Pero bueno, ese es tema para otro post.
 
Volviendo a los súper poderes. Ahora que ya soy adulta (precisamente hoy cumplo 39 castañas, ahí queda eso) el poder de la invisibilidad lo usaría para otras cosas que no voy a contar aquí en público porque son de un gusto cuestionable ;-P
 
En fin, señores, señoras, ya sabéis lo que os voy a preguntar ¿verdad? Pues eso, si pudieras elegir, ¿qué súper poder elegirías?

PD: disculpar la brevedad del post (y al profundidad del mismo) no se que me pasa hoy pero ando despistada.

martes, 23 de septiembre de 2014

#SalPuntual (por Isa)

Quiénes me conocen saben que la puntualidad no está entre mis virtudes. La impuntualidad es algo patológico que no consigo erradicar a pesar de mis esfuerzos, y aunque últimamente he observado algunas mejoras, siempre acabo recayendo de alguna manera. No solo me cuesta llegar a la hora, si no también salir. Mi teoría es que padezco una distorsión de la concepción del tiempo, que en mi cabeza se estira mucho más que en la realidad. Por culpa de esa flaqueza mía (muy irritante, sin duda) vivo en un permanente estado de ansiedad y de culpa. Ya he hablado de ello alguna vez aquí...

En cualquier caso, y como siempre procuro buscar el lado bueno de las cosas, no todo es negativo y es que como tiendo a querer hacer muchas más cosas de las que realmente da tiempo llevar a cabo, y aunque no llego a todas, lo cierto es que al final consigo hacer más que otras persona con un concepto del tiempo más realista. ¿Disfunción temporal = Mayor productividad? No me atrevería a asegurarlo.

Yo tengo la suerte de trabajar en una empresa donde no se cuestiona mi productividad y la flexibilidad es un valor que se tiene en cuenta. Entienden que mientras asumas tus responsabilidades y ejecutes diligentemente tus tareas no es necesario mantener una disciplina de horario férrea. Para mí es el sistema ideal. No siempre consigo llegar a mi hora, y lo cierto es que habitualmente tampoco salgo cuando me correspondería sobre el papel, sino más tarde. Y no me importa. Me organizo bien así.
La cosa es que voy a hacer una excepción. Es el día de cumplir el horario laboral. Y no es coña: el 24 de septiembre se celebra en el Reino Unido (la puntualidad británica, ya se sabe) el Go Home on Time Day (#GHOTD); o sea, salir a tiempo del trabajo y disfrutar de la vida privada. Los ingleses, que para muchas cosas nos llevan años de ventaja promueven la conciliación desde el 2000 a través de la organización Working Families.

En España, se está difundiendo la idea desde #mamiconcilia y la plataforma Mujeres Directivas, informando a trabajadores, empresas y organizaciones concienciadas con la conciliación de la vida laboral y personal para que la secunden, y van a usar los hashtags internacionales (#GHOTD y #GoHomeOnTimeDay) y la adaptación a nuestro idioma #salpuntual (por si tuiteais y tal)

Es una oportunidad para reflexionar sobre la división de los tiempos vitales, y el respeto entre nuestras diferentes porciones de vida: el trabajo, la familia, el estudio, el ocio, el enriquecimiento personal, etc. Ser consciente de que cada actividad tiene que tener su tiempo y que uno es más feliz si es capaz de compaginar las distintas esferas de su día a día.

No sé si conseguiré el reto de #salpuntual, pero lo que sí sé es que el esfuerzo merecerá la pena. Aunque solo sea para pensar en ello un poco. ¿Y tú? ¿qué vas a hacer? ¿qué te parece esta iniciativa?

jueves, 18 de septiembre de 2014

¿Cuándo puede un niño ir solo al cole? (por Arantxa)

Algunos recordareis a la bautizada como “Peor madre de América”, Lenore Skenazy. Los medios de comunicación norteamericanos la llamaron así por permitir que su hijo de nueve años viajara solo por el metro de Nueva York para ir al colegio. El niño llevaba dinero por si había alguna incidencia, un plano del suburbano y conocía el camino de vuelta a casa.

¿Se trata de una decisión valiente o imprudente? No creo que Lenore sea la “peor madre de América”, ni que estemos ante un caso de “abuso de menores”, como recalcaban algunas asociaciones y medios de comunicación estadounidenses, pero me parece una decisión imprudente y osada. Nueva York no es una ciudad sin ley pero tampoco un pequeño pueblo donde todo el mundo se conoce. Y nueve años me parecen pocos para tal empresa.

Lenore es una madre que aboga por una crianza en la que los hijos sean menos dependientes.  Yo soy una madre protectora y estoy contenta de serlo. Mis hijas no van solas a ningún sitio y me parece muy pronto para darles esa autonomía. Aún quedan unos cuantos años para que puedan ir sin un adulto a clase. Y no creo estar criando a niñas inseguras ni miedosas.

Lo cierto es que no entiendo que hoy en día haya quien deje a un niño pequeño  ir solo al colegio y se quede en casa tan tranquilo, aún pudiendo acompañarle. No se me ocurre nada mejor que ir con tus hijos a la escuela o, si te es imposible, delegar en el otro progenitor o en alguien de confianza. Habrá gente que no les acompañe porque no pueda y habrá quien no quiera. Son pocos los casos, pero se dan. Hay personas que son de naturaleza tranquila y confiada, porque lo malo siempre les pasa a otros. Otros padres son de naturaleza cómoda. Y  criar a los hijos es muchas cosas antes que algo cómodo y descansado.

No es que en cada esquina haya un hombre del saco o que continuamente los coches se suban en marcha a las aceras o atropellen a peatones en los pasos de cebra. Pero es cierto que hay riesgos que un niño de cierta edad no es capaz de calibrar. A los  niños hay que quererles, mimarles y protegerles. Del dolor, del sufrimiento, del frío, del peligro. Y en la calle hay ciertos riesgos de los que todos somos conscientes pero que quizás un niño no pueda reconocer.

Mis hijas no son niñas burbuja. Cuando la mayor tenía cinco años dejé que fuera a una granja escuela con el cole. Dormía fuera pero la intranquilidad que yo tenía era cero. Ahora, lo de ir sola al colegio, aún queda lejos (tiene siete).

Mientras sean pequeñas, mis infantas van siempre acompañadas. No creo que haya nada perjudicial para ellas en que sea una madre que está muy pendiente de preservar su bienestar, que se preocupa y que es desconfiada también. Porque es ley de vida, se enfrentarán a situaciones en las que yo no pueda estar ahí para cuidarlas, pero tendrán edad, madurez y autonomía para ello. A a los niños también hay que educarles para que poquito a poquito vayan siendo capaces de hacer cosas por sí mismos. Todo a su tiempo. 

lunes, 15 de septiembre de 2014

No te vayas (por Ana)

Foto extraída de http://clacoloma.metroblog.com/archive/2012/12
Ella, finalmente, se había dejado vencer. Su piel, exhalando ese sudor dulce que solo produce el placer, se estremecía ante las caricias suaves y delicadas de él. Su cuerpo actuaba por propia voluntad mientras su cabeza trataba de mantenerse en su lugar, repitiendo como un mantra: “se acabó… se acabó… se acabó”. Él busca sus labios. Ella gira la cabeza permitiendo que él oculte la cara entre sus cabellos rizados, respirando el aroma a lavanda que siempre le ha asegurado que desprendían sus cabellos. Ella aprovecha ese instante, en el que cree morir de amor, para acercar su boca a la oreja de él, para susurrarle entre gemidos:
  • Se acabó, se terminó… Tiene que ser así…
Él vuelve de su cálida estancia y enfrenta su cara a la de ella. Sus manos, sus fuertes manos, aquellas que culminan los brazos que son su refugio, enmarcan su cara y la obligan a mirarle a los ojos.
  • No
Ha sido un no rotundo, claro, seguro. Tras dejar clara su posición, baja hasta los pechos de ellas, los toca, los estruja, los acaricia… Juega con sus pezones, entreteniéndose a medirlos, a sopesarlos, como si nunca antes los hubiera visto, como si fueran un milagro que la naturaleza le otorga. Ella se deja hacer, incapaz de realizar el movimiento que debería, salir de esa cama, ocultar su desnudez y marcharse cuanto antes. Aunque duela tanto, tanto, que es como una brasa que le incendiara por dentro. Pequeños suspiros escapan de su interior sin pedir permiso. Pero este momento no nubla el que vendrá, está siempre ahí, agazapado, presente…
  • Esta es la última vez… No hay más remedio… Lo sabes…
Él retira la mirada de sus pechos y sus ojos se alzan desde ese privilegiado enclave para enlazarse con los de ella.
  • No
Para demostrarle que no es posible, continúa su descenso hasta su pubis, hasta alcanzar ese rincón íntimo, el más íntimo de todos, que ella le regaló hace ya tanto tiempo que él puede considerarlo su casa, su hogar. Comienza a lamerlo, a succionarlo, como si quisiera robárselo a su propietaria y hacerlo parte de él. Su lengua alcanza cada milímetro de piel. Se ayuda de su mano para provocar en su pareja una montaña rusa de sensaciones. Le petite mort, que dicen los franceses, nada más gráfico, orgasmos que son pequeñas muertes. Ella arquea la cabeza, la espalda, la cintura… toda ella se contorsiona, se eleva… Llega el momento de la unión, él dentro de ella, la acometida fuerte, el movimiento compasado, las uñas de ella arañando la espalda de él… Ella insistiendo, entre lágrimas y jadeos, en el oído de su amante:
  • Te quiero tanto… tanto… pero no puede ser… No puede ser… no puede ser…
Mientras él, tirándole del pelo, obligándola a escuchar, repite su propia creencia:
  • No
Ella se viste, intentando hacerlo rápido, pero deseando que este momento no acabe nunca. No le mira, no es capaz, sabe que si lo hace se quedará para siempre en esa cama, con él, exiliados en esa isla desierta que conforman unas sábanas y un somier. Entre sus brazos, alimentada por sus sonrisas, por su amor… Finalmente, acaba de colocarse la última prenda y ya no le queda más remedio que mirarle… Y pronunciar las temidas palabras.
  • Me voy… quiero quedarme… pero no puedo, no debo…. esto es lo que nos ha tocado.
Él se pone nervioso por primera vez, comienza a asimilar la verdad, la realidad o mala suerte que le está tocando vivir. La agarra fuerte del brazo y la atrae hacia él.
  • No… podríamos…
Ella no le deja acabar. Le agarra la cara con las dos manos, como anteriormente hizo él, le mira fijamente a los ojos y, sin saber de dónde, saca fuerzas para interrumpirle y poner los pies en la tierra, los de los dos:
  • Se acabó. A partir de mañana todo cambia. Yo me vestiré de novia para casarme con Andrés. Y tú estarás donde tienes que estar, junto a tu hermano en el altar. Cuando la ceremonia acabe y todo el mundo nos bese para felicitarnos, tú serás el primero en darme un beso en la mejilla… y te convertirás en mi cuñado… No podemos hacer otra cosa… Ya no…
Él baja la cabeza y pronuncia tristemente otro no, un no ya vencido, sin autoridad. Ella lucha porque las lágrimas no se le escapen. Le besa en la frente y sale de la habitación.

martes, 9 de septiembre de 2014

Profesora (por Isa)

Hoy he visto a mi antigua profesora de Historia del Arte. La he visto en su hija. Una mujer en la treintena. Tenía que ser ella. Era igual. El pelo rizado casi ensortijado, rubio, a la altura de los hombros. Los ojos lánguidos, la mirada sagaz. ¡Y esa barbilla! Una barbilla única, escondida, tímida. Es un encuentro con el que fantaseo desde que trabajo en el barrio donde sé que vivía ella hace más de veinte años. He querido decirle algo. Pero al final no me he atrevido. Espero que haya más ocasiones...

Leonor era una gran profesora. No sé si lo seguirá siendo. Hace mucho que no sé de ella. Era de esas docentes a las que se les nota que les gusta de qué hablan. Tenía un temple insólito. Recuerdo como si fuera ayer aquella vez que le llenaron el pelo de pelotitas de papel húmedas de saliva mientras hacía un esquema comparando Gótico y Románico en el encerado.

“¿Creéis que no me he dado cuenta de lo que estáis haciendo?”- preguntó a la clase sin una pizca de irritación en el tono y sin volverse para mirarnos. Después se sacudió la melena para deshacerse de las intrusas que cayeron al suelo, como bolas de un árbol de Navidad. Y cuando por fin se volvió lo único que transmitía su mirada era fastidio mezclado con la suficiencia de quién observa un rebaño de ovejas aturdidas.

Era capaz de dejar en evidencia al gamberro más irreverente sin perder los nervios y con una sonrisa de Gioconda en la cara, algo que sé de buena tinta exasperaba a algunos de mis compañeros. “La clave está en no ponerte a su altura” me dijo una vez en una conversación que tuve con ella al final de mi etapa escolar, cuando empezaba a pensar que los profesores también eran personas.

Sin duda, Leonor tuvo mucho que ver en mi cambio de percepción de los maestros, que hasta entonces habían estado desprovistos de humanidad. En el imaginario de los alumnos, los profes eran seres casi mitológicos, con sus rasgos físicos llevados a la caricatura, los motes que les poníamos exagerando sus defectos. Ella fue “la cariátide”, por su hieratismo sobrenatural, hasta el día que empezó a ser Leonor.

Ese día, Leonor me había pedido que la acompañase a cerrar el acuerdo con la agencia que nos iba a llevar de excursión a San Lorenzo de El Escorial, en visita guiada por el monasterio. Como delegada, no me quedó más remedio que ir. “Será un rato de nada” me animó cuando vio mi cara de desgana. Tuvimos que coger el 9 en la parada frente al colegio. “Aquí es” -me indicó desde el autobús- “vamos a pasar por mi casa para recoger unos papeles. Está en esa misma esquina.”

Su casa era mucho más pequeña que la mía, o al menos me lo pareció, sobrecargada como estaba de esculturas, lienzos y muebles antiguos. Leonor se disculpó para ir al baño y yo me quedé en el salón, observando los cuadros que no dejaban libre ni un centímetro de pared. “Son suyos” – me señaló una chica más o menos de mi edad desde la puerta – “y en el pueblo tiene aún más.”

Miré a la adolescente un poco incrédula. Ella se recogió en una coleta su larga cabellera dorada, y me explicó que su madre siempre había querido pintar, que en realidad su primera opción universitaria había ido Bellas Artes pero que le parecía más práctica la enseñanza. "Hasta a los artistas les viene bien alguien que les enseñe” – se justificó Leonor, que en ese momento salía del baño. “No todos son autodidactas como Van Gogh. Además, murió pobre, y yo no me lo puedo permitir”.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Por romanticismo (por Chelo)


Hoy empieza Septiembre, que además de ser el mes de mi cumpleaños, es tiempo de vuelta. Vuelta al trabajo, al cole, al gimnasio, a las rutinas pre invernales... aunque digan algunos que "necesitamos" volver a la normalidad, yo creo que es una excusa autocomplaciente, la que escribe ha estado de maravilla estas semanas "fuera de la normalidad" y podría prolongar ese estado infinitamente, pero como la hipoteca manda aquí estamos y ya que estamos, pues a intentar llevarlo de la mejor manera posible. Otra de las cosas que hace ya años forman parte de mi rutina de Septiembre es retomar la escritura en Im-perfectas, así que allá voy, hoy, por romanticismo...

Por romanticismo conservamos objetos feos, inservibles, que nos evocan el pasado, una persona, un viaje, unas vacaciones, un trabajo, una casa en la que vivimos... El mundo digital nos lleva a conservar también recuerdos de unos y ceros, música, fotos, películas, series, documentación que no volveremos a leer nunca, la basura digital inunda los discos duros del planeta y es que en el fondo somos unos románticos. Bueno, también hay mucho Diógenes por la vida, pero ese es otro tipo de conservación de cosas.

Por romanticismo no tiramos ese par de calcetines que nunca usamos pero que nos recuerdan aquel viaje. En tercero de carrera me fui a Londres con un grupo de amigos y me compré unos calcetines súper molones con el dibujo de un gallo y la frase "Look at my cock”. Pasó un tiempo hasta que entendí el doble sentido de la frase y dejé de usarlos, pero siguen en mi cajón de los calcetines. Cuando los miro la sonrisa me sale sola, qué pardilla.

Por romanticismo no borramos del iPod esa lista de música caduca que ya nunca escuchamos pero que cada vez que la vemos nos evoca a una época bonita A mí me pasa con una lista con canciones de Rosana que ha pasado de dispositivo en dispositivo a lo largo de los años, a día de hoy no me atrae nada volver a escucharla, pero solo verla me recuerda cuando compartía piso de estudiantes y me la ponía una y mil veces y hacía como que cantaba delante del espejo barroco que había en mi habitación mientras esperaba que mi novio pasara a recogerme.

Podría seguir, en el fondo soy una romántica :-) ¿Y tú? ¿Qué conservas por romanticismo?
Feliz Septiembre a todos




 

lunes, 25 de agosto de 2014

Limpieza de verano (por Arantxa)

El verano es una época ideal para hacer limpieza de la casa en general y de armarios en particular. Con eso de que me toca otra vez hacer la maleta -algo que me da una pereza tremenda-, cuando compruebo que tengo ropa a la que no hago ni caso se me activa el modo "limpieza de armarios", lo que afecta a toda la casa, sin excepción.

El pasado mes de julio empecé haciéndole un buen repaso a los cajones de los muebles de la cocina y del salón en busca de objetos de esos que guardas por si acaso, reliquias inservibles casi siempre. Revisé a fondo la botica doméstica y me deshice de todos los medicamentos caducados.  Después me metí con mis cremas, geles y afeites varios. Había algunos botes abiertos desde hace un par de años y como ahora los potingues también caducan me tocó decirles adiós. Todo esto lo hice con relativa rapidez y decisión.

Lo de la ropa y los zapatos me ha supuesto un mayor quebradero de cabeza. No sé muy bien cuando jubilar algunas prendas y a otras les guardo cierto cariño, aunque hace bastante tiempo que no me las ponga, por lo que resisten año tras año. En el caso de la ropa de mis niñas me resulta mucho más difícil decidirme. Pero hay vestidos, trajecitos y pares de zapatos -los de sus primeros pasos- que sobrevivirán a todas las limpiezas de armario estivales. Prendas de alto valor sentimental, que para mi no tienen precio ni fecha de caducidad.

Limpieza de armarios