lunes, 18 de agosto de 2014

Cómo la echo de menos... (por Isa)

Mi primera mochila, ¡chispas!
Hace cinco años por estas fechas me despedí de mi primera mochila con gran dolor de mi corazón. Luego ha habido otras, más cómodas, versátiles y sofisticadas... pero amigos, la primera siempre ocupará un lugar privilegiado en mi memoria.

Ya sabéis, porque os lo he contado otras veces, que viajar es de una de las actividades que más feliz me hacen, que me desestresa como pocas, me abre la mente, me libera de prejuicios y ataduras a convencionalismos sociales zafios, me reconcilia con la vida, la naturaleza y el mundo, me hace recuperar el orden correcto de las prioridades vitales... en una frase: me hace feliz.

Lo de la mochila no es solo una forma de viajar, es una forma de relación con el planeta -aunque sea solo durante el tiempo que dura el viaje- te hace sentirte como una tortuga que va con su casa a cuestas, con lo básico, con lo indispensable, como decía ese gran filósofo que es el oso Baloo

"...and don't spend your time lookin' around,
for something you want that can't be found
When you find out you can live without it
and go along not thinkin' about it
I'll tell you something true:
the bare necessities of life will come to you"

Os dejo mi homenaje de entonces ahora que estoy de vacaciones, de las de maleta de ruedas, echando muchísimo de menos mi vida mochilera...

lunes, 11 de agosto de 2014

Pánico en el ascensor con la familia Soprano (por Ana)



Hoy, en reposiciones de verano toca volver a publicar este post que escribí un estío de hace ya años y años… Quizás no tantos, pero lo cierto es que mi vida, desde aquel momento, ha dado giros tremendos, vueltas inauditas y, la verdad, se ha vuelto bastante menos divertida que en aquel tiempo en el que cualquier anécdota, como este parón de ascensor, daba para unas risas durante un día entero…
He elegido esta narración porque sigo igual de maniática y fóbica (no sé si esta palabra existe). La claustrofobia ha ido a peor y sigo teniendo miedo a los espacios cerrados. Y por supuesto, a las familias mafiosas que me puedan asesinar con una mirada.
Me parece un relato fresco, divertido y muy veraniego, así que espero que lo disfruten ustedes de nuevo. Ah, y “Los Soprano” resisten muy bien el paso del tiempo, si aún no han visto la serie (¡¡¡no me lo puedo creer!!!) o buscan un entretenimiento tras las horas de playa, no dejen de revisarla. Es una auténtica maravilla.

lunes, 4 de agosto de 2014

Vida inteligente, si la hubiera (por Chelo)


Este año me toca a mí empezar con la reposición agosteña de posts y saliéndome un poco de los típicos temas veraniegos me he decantado por recuperar un asunto sesudo donde los haya: los extraterrestres. La vida inteligente más allá de la tierra es absolutamente viable. Este axioma cada día lo tengo más claro y más presente. Las fuerzas del universo deben compensase para mantener el orden y el equilibrio y si aquí en la tierra cada día hay menos actividad neuronal, ésta debe necesariamente haberse transfugado a otro planeta. Esta fuga de talento habrá dotando de perspicacia a seres verdes y con antenas que un día vendrán a colonizarnos. Esto es así.

Puedes leer el post completo sobre estas profundas reflexiones aquí, pero sobre todo no te pierdas uno de los último comentarios, la escalofriante declaración de un habitante de zeta retículi que nos dejó una perla allá por enero del 2010.

Leer fenómenos I
Leer directamente la perla

PD: Disfruten del mes de agosto

martes, 29 de julio de 2014

Niños atópicos (por Arantxa)

Una de las cosas que más pavor me da, sobre todo en verano, son los insectos  y, en concreto, los mosquitos. Este año ya no me quieren, como lo demuestra el hecho de que ninguno me haya picado. Otros años he ido a urgencias a ponerme la inyección de Urbason, por dos o tres picaduras de mosquito patrio, que tampoco es de un tamaño exagerado ni transmite enfermedades, pero que te puede dar más de un susto si sufres reacción a su picadura.

El caso es que estaba bastante tranquila porque a las niñas tampoco se acercaban, pero de unos días aquí mi hija pequeña está quejada de un brote intenso de dermatitis atópica, agravado por el sudor. La niña padece esta enfermedad desde que era un bebé, pero nunca  le había dado así, con tal intensidad.

A ratos se rasca como un mandril, como si estuviera siendo comida por las chinches. Se hace todo tipo  de heridas y sangra. La situación es bastante desesperante. Mejorará, y mucho, ahora en agosto, en la playa, pero luego volverá a empeorar, hasta que llegue el otoño. Con el frío intenso las pieles atópicas también padecen mucho, pero dudo que tanto como ahora, con el calorcito.

Estoy empezando a preocuparme, porque aunque no es una enfermedad contagiosa ni infecciosa  -lo recalco porque el desconocimiento y la ignorancia en este punto puede hacer bastante daño- sí perjudica bastante sus horas de sueño y la calidad de su piel. Y, por ende, su bienestar, porque la criatura no está a gusto con semejantes picores y la desazón que la invade. Desde que empezó este brote no podemos dormir del tirón, porque llora rabiada de picor. Por supuesto se han probado ya unos cuantos productos de farmacia y parafarmacia desde que es bebé, amén de remedios caseros. El mejor son los baños en Maizena, algo que calma durante un rato. No hago publicidad, simplemente constato un hecho que puede ayudar a muchas otras madres desesperadas. También la tengo a dieta de piscina, porque el cloro es fatal.

Muchos de los productos que se le echan, incluso sin perfume, sin colorantes, de casas buenísimas, le pican en la piel. No los soporta, literalmente. La cortisona vía tópica corta los brotes, pero es peligroso abusar. Alivia los síntomas, pero no frena la patología.

Yo creo que mi niña va a tener esto siempre, con sus recaídas y sus periodos de calma. Mis padres tienen la piel delicada y algunos de mis hermanos también.  Yo misma padezco dermatitis, pero mis brotes se limitan hoy por hoy a los nudillos de las manos. También cuando sufro un brote llego a rascarme frenéticamente, pero no me impide dormir ni me pone de mal humor.

Estoy bastante desesperada, temiendo que nos lleguen a mandar corticoides por vía oral -antes de llegar a ese extremo el agua del mar será la que salve la situación-. Además he empezado a leer en internet y sinceramente, lo de que la patología es de “curso crónico, continuo o recidivante”, no es nada tranquilizador.

Ahora comienza la búsqueda de un dermatólogo especializado, pasando antes por la pediatra de la seguridad social que nos ha tocado hace unos meses y que es una bendición: paciente, atenta, clara, dispuesta, implicada, amable, competente. Como deberían ser todos los médicos, vamos. También tocaré la medicina privada y lo digo con total tranquilidad –con esto de la crisis y los recortes he constatado que si tienes un  seguro a ojos de algunos eres una especie de traidor a la causa de una sanidad pública, de calidad y gratuita. No lo entiendo, ni aspiro a comprenderlo.


La verdad es que escribo sobre las dolencias de mi benjamina -ya he referido en otros posts algunos de sus ingresos hospitalarios, sin concretar demasiado, pero ahí ha quedado-, una niña que me ha salido un pelín delicada y pienso que de mayor igual no va a gustarle, si es que llegara a leerlo. Pero escribir alivia, a veces, los picores y la desazón del alma. 

martes, 22 de julio de 2014

Fans y groupies (por Isa)

No me considero una persona especialmente mitómana. Por supuesto, hay personajes públicos a quienes profeso una profunda admiración, por lo que piensan o por lo que hacen: escritores, cineastas, actores, músicos, intelectuales...  Pero nunca me ha dado por hacer un seguimiento de su vida privada, y me produce cierto pudor intentar un acercamiento.

Idealizar a la gente a la que admiras no solo es humano si no también bastante inevitable. A mí, que soy muy normal para todo, también me pasa. Es legítimo obsequiar con un aura de perfección a ese tipo que hace películas acojonantes o aquella señora que escribe tan bien. Pero ya lo venimos diciendo las im-perfectas desde hace años: la perfección es un invento. 

Así me pasa, que cada vez que he rascado en la faceta personal de alguno de mis ídolos me he acabado llevando un chasco: Woody Allen con esas acusaciones turbias que tiene de su hijastra, Vargas Llosa con sus indigestas filias políticas, U2 y su filantropía oportunista... Y así un largo etcétera.

Peor aún es el asedio fan a la persona admirada... Me da una vergüenza atroz acercarme a alguien a quien idolatro para pedirle que me firme un libro o que se saque una foto conmigo. Las pocas veces que lo he intentado me he sentido ridícula, diminuta, ñoña y mucho más tonta de lo que soy habitualmente. Pero no es eso lo que más me inmoviliza, sino el miedo a la decepción. A sentirme defraudada con quien me hace creer que se puede ser mejor. 

Últimamente, estoy pasando bastante tiempo rodeada de fans (no míos, claro). Siguiendo a Ray Davies, el mítico líder de The Kinks, en su gira española junto a los miembros de su legión de admiradores acérrimos me he dado cuenta de lo emocionante que es dejarse embriagar por el influjo de un ídolo. 

Es especial, mucho, saber hasta lo imposible de la vida de alguien, de sus hitos, de sus anécdotas, de todo lo que hay detrás de su obra y tener a un grupo de gente con quien compartir ese amor icondicional, con quien competir en encuentros y en material firmado o rarezas inéditas.... Y además es muy divertido y excitante: seguir al personaje, forzar un encontronazo, charlar con él o sobre él con gente cercana a la figura...

Nunca habría pensado que iba a disfrutar tanto de esta experiencia groupie. Muy recomendable. Algo que hay que hacer alguna vez en la vida.

lunes, 14 de julio de 2014

Odio el verano, ea, ya lo he dicho (por Ana)




Iba a escribir sobre un tema súper interesante, de verdad, que me ha propuesto mi señor esposo, que es un tío culto, inteligente y además, escritor… Pero no me veo capaz… Ni de afrontar ese tema (que me reservo para otro momento más inspirado) ni de nada profundo…

Y es que no puedo con el calor, de verdad, es superior a mis fuerzas. Con lo feliz que estaba yo con este tiempo incierto, lluvioso de vez en cuando, en el que una chaquetita, rebeca, chal o fular siempre era de agradecer. Hoy ese bienestar propio se acabó, comenzó el estío de verdad, el sol se ha despertado y empieza a calentar de lo lindo. La gente de bien busca la sombra y las fuentes y yo no doy pie con bola. Empieza la canícula y yo sólo quiero estar tumbada, mirando al techo, con un refresco de cola al lado (mientras no me paguen publicidad no escribo la famosa marca) Con lo que a mí me gusta leer, es que hasta pasar las páginas me cuesta. Fuera libro, fuera revistas, adiós tejer o coser… sólo permanecer tumbada mirando al infinito.

Pero este aplatanamiento supremo no es lo peor, lo que peor llevo, pero sobre todo, peor llevan los de mi alrededor, es el mal humor que se me pone, que no hay quien me soporte. Vamos, que no me aguanto ni yo, es como que estoy incómoda en mi propia piel, no me encuentro, no me encuentro.

Este año, además, no tengo vacaciones de ningún tipo, es más, he dado vacaciones a la gente que me echa una mano con la enfermedad de mi marido, así que encima me toca pringar más que el resto del año… El verano es maravilloso, claro que sí, si te pilla en una playa, tumbada en una hamaca debajo de una sombrilla, pero el verano en tu propia ciudad (en otras también mola, el turismo urbano es lo que más me puede gustar del mundo) para mí es el infierno en la tierra.

Ya sé que este post va a generar pocos adeptos porque me lleva ocurriendo toda la vida, discusiones absurdas que no llevan a ningún sitio, porque intentar explicar a otro una preferencia y convencerle de que él cambie la suya es tan ridículo como intentar que alguien cambie de ideología o tendencia sexual. Lo que me hace mucha gracia es la cara que pone la gente cuando les digo que yo odio el verano, así, que lo odio. Es como si estuvieran observando a ET mover su dedo señalando al infinito y diciendo: “mi casa”. Es que no pueden dar crédito. Pero es, posiblemente, como yo les observo cuando exclaman: “qué bien, por fin sol” “Qué alegría, ya hace calor” y cuando veo, año tras años, en el informativo, piezas dedicadas a los helados, al calor infernal en Córdoba y Sevilla, imágenes de personas asándose, abanicándose, bebiendo agua de cualquier fuente… Y el resumen siempre es: “pero esto es alegría, que es verano”. A mí no me parece estar viendo marcianos, pienso que todos se han escapado de “Alguien voló sobre el nido del cuco”. Pero si hasta la ropa me gusta más y me queda mejor la de invierno, y me encanta andar entre lanas haciendo ganchillo y punto… y tomar café calentito, y una buena sopita, un cocido… La comida también es mejor en invierno, seguro… Y la tele, y los estrenos de cine, y la música...

Pues eso, que os dejo para tirarme en el sofá… Y no hace falta que me lo digáis… Pues anda que no queda…

lunes, 7 de julio de 2014

La desconfianza (por Chelo)

La desconfianza es una mala compañera de viaje. En cualquiera de sus versiones: amigos, hijos, pareja, compañeros de trabajo, de equipo, proveedores, clientes, socios… hay tantas formas de desconfiar como tipos de relaciones posibles. Hay quien desconfía de sus mascotas y quien no se fía ni de su portera ( “yo a mi portera no le digo cuando me voy de vacaciones, por si acaso” [sic])
A veces la desconfianza está justificada pero otras tantas no; hay gente que es desconfiada por naturaleza y otras personas con fe ciega en todo y en todos.

No me considero especialmente desconfiada, aunque reconozco que a veces soy un poco paranoica y me pueden mis propias obsesiones. Lo bueno es que con la edad, con el paso del tiempo, con las experiencias vivida, pero sobre todo, con la inexorable selección natural (y no tan natural) de la gente que me rodea, cada día vivo más tranquila y confiada.

En el terreno profesional, para trabajar bien en equipo hay que saber confiar. Es algo que se aprende. También te lo tienes que ganar, a la confianza hay que mirarla en las dos direcciones. Muchos no lo han aprendido.

En el terreno personal, la confianza es la base de las relaciones, al menos de las buenas relaciones. La desconfianza lo envenena todo, todo lo rompe, quizás todo menos las relaciones con los hijos, porque a los hijos se les perdona todo sin rencor, sin resentimiento. Confiar en los hijos es algo que también tiene que aprenderse. Muchos tampoco lo han aprendido.

"La confianza es una hipótesis sobre la conducta futura del otro. Es una actitud que concierne el futuro, en la medida en que este futuro depende de la acción de un otro. Es una especie de apuesta que consiste en no inquietarse del no-control del otro y del tiempo."
Laurence Cornu

¿Has pensado si la gente que te rodea confía en ti? ¿Has pensado qué cosas de las que haces te hacen ser una persona de confianza? Yo lo pienso a veces, todo es mejorable, siempre.