martes, 14 de junio de 2016

Lo peor de mí (por Isa)


Cuando tienes hijos, una de las cosas que más entretienen a la gente a tu alrededor es buscar los parecidos biológicos de los enanos con sus padres y familiares directos. Es difícil no sucumbir a una práctica que es absolutamente generalizada y a veces es hasta divertido. "Tiene tus ojos", "la nariz es del abuelo", "mira le salen hoyitos al sonreír como a tu hermana", "los labios son claramente del padre"... este despiece físico, como si de una carnicería se tratase, es principalmente intenso cuando son bebés, que es más difícil y además cambian mucho y constantemente, lo que da más juego, pero se prolonga durante los años siguientes.

A medida que la criatura va creciendo y empiezan a emerger los rasgos de su personalidad, la búsqueda de parecidos deja de ceñirse a lo evidente y se vuelve más introspectiva: "es tranquilo como su papá", "cabezona como su madre", "perfeccionista como su tío"... y así hasta el infinito y más allá. La gente suele creer que te halagan cuando la balanza de parecidos se inclina hacia tu lado y supongo que en bastantes casos será así, pero ¿qué pasa cuando no te gusta mucho como eres? ¿qué ocurre cuando a ti lo que te hubiera gustado es que se pareciera al otro?

Cuando eres muy consciente de tus defectos, cuando llevas media vida luchando (a veces en vano) contra ellos, cuando sabes lo cuesta arriba que te lo ha puesto determinado rasgo de tu carácter, lo último que quieres es que tus hijos lo hereden, que tengan la mala suerte de sacar lo peor de ti.

martes, 7 de junio de 2016

El canon del genital femenino ideal (por Arantxa)


El otro día fui a hacerme la sesión de depilación láser pre estío y en la sala de espera del centro proyectaban un vídeo con información relativa a diversos procedimientos de cirugía estética. En concreto de cirugía genital femenina y la verdad es que de entre todos los que realizan el que más me sorprendió fue el de la reparación y embellecimiento de la cicatriz de la episiotomía, esa que llevamos muchas tras el parto. Yo la tengo y nunca he pensado que sea fea. Tampoco bonita, pero está ahí porque soy madre y es tan parte de mí como mi color de ojos.

Si se ofertan estas operaciones es porque hay demanda y la verdad es que no creo que esa demanda obedezca al dolor durante las relaciones sexuales que en alguna publicidad se esgrime como razón de la intervención y sí a la tiranía de la estética. Por supuesto, quien lo desee, en vez de practicar los ejercicios de Kegel, puede estrechar su sufrido canal vaginal post parto o partos vía cirugía. Y  aquellas que consideren que sus labios mayores y/o menores son feos tienen en este terreno la solución.

No sabía que hay un estándar de genital femenino hermoso y otro prototipo de su contrario, y lo digo con tanta sinceridad como sorna. Con respecto a narices, culos, tetas, vientres, labios, pómulos… sí lo tenía bastante claro, pero tras buscar información, me ha sorprendido comprobar que para muchas mujeres su vagina y sus genitales son poco agraciados, causa de complejos e inseguridades variadas. Hay un canon, pues, de genitales femeninos bellos  y como la mujer que se precie ha de ser deseable, también y especialmente debe serlo su entrepierna. No dejamos de ser un objeto de consumo y por ende también lo es lo más íntimo de nuestra anatomía.

Dentro de lo que serían genitales femeninos antiestéticos, las que hemos parido nos llevamos la palma. A saber, porque el canal vaginal ha perdido estrechez sí o sí y porque a buena parte nos queda una herida de guerra, la episiotomía de la que hablaba en el primer párrafo (si este procedimiento es necesario siempre que se realiza u obedece a una medicalización excesiva del parto sería objeto de otro post).

Chelo escribía hace unas semanas sobre el contouring de traseros, valiente memez, chorrada mayúscula, pero no deja una de sorprenderse con algún otro dictado estético de esta la sociedad tan superficial que a machamartillo nos han construido. En junio de 2015 dediqué un post a la moda de la depilación íntima femenina, pero los imperativos de la belleza van mucho más allá y han llegado a nuestros genitales, para quedarse, intuyo.

En plena operación verano en la que, por cierto, no estoy inmersa, me he puesto a pensar que no deja de llamarme la atención este culto irracional y desatado a la estética, a lo joven, y la sufrida dictadura que el mismo implica para muchas féminas. Llevo años ‘trabajando’en mi firmeza mental e interior y me preocupa mucho más que la de mi vagina y también que la de mis muslos. Cosas de tener 40 años, afortunadamente.

miércoles, 1 de junio de 2016

Zona de confort ¿dígame? (por Chelo)


Todos tenemos zonas de confort en nuestras vidas, es normal, nos dan estabilidad y la mayor parte del tiempo nos hacen sentir bien. Pueden ir desde las relaciones de pareja hasta las de trabajo, pasando incluso por los amigos y la familia. Muchas veces estas zonas de confort tienen recovecos menos cómodos, en un mundo im-perfecto no podría ser de otra forma. Mientras pesa lo bueno, pues estupendo, buscar la perfección es una tarea muy cansada y casi siempre improductiva. No digo que no haya que intentar superarse cada día, pero la seguridad de contar con elementos que funcionan, al menos para mí, es algo necesario y positivo. El problema es cuando una situación, trabajo, amigos, mujer/marido, etc… deja de tener sentido y  por miedo, pereza, falta de autoestima y un montón de auto barreras más, se perpetúan escenarios que más que confort nos dan pesadillas.

Siempre me ha parecido muy valiente la gente que en una faceta u otra de su vida ha dado el salto y ha salido de esa supuesta zona de confort para intentar abordar la felicidad desde otro punto de vista. Cuando decides cambiar algo es porque ya no es tan bueno como fue, o porque aspiras a algo mejor, pero a veces, el simple hecho del cambio nos echa para atrás. A mi alrededor tengo de todo, gente que perpetua situaciones con las que no está feliz por miedo al cambio y gente que ha dado cambios radicales en sus vidas buscando mejorar, ser más feliz, volver a ilusionarse con lo que hace o con quien lo hace. No seré yo quien juzgue ni a unos ni a otros porque las circunstancias que rodean todas esas decisiones son tan personales que sería un atrevimiento poco inteligente por mi parte. Además, creo que es muy complicado desde fuera valorar las palancas que motivan el cambio o el no cambio de las cosas ajenas.

Y diréis… ¿pero qué bicho le ha picado a esta mujer hoy? Pues no sé si son los cuarenta y su manida crisis o qué, pero ahí ando dándole vueltas al tema de las zonas de confort y como identificar cuando algo deja de ser confortable para ser un grano en el culo. Creo que cuando te quejas más de lo que disfrutas algo te indica que puedes hacer cosas para cambiar los motivos que provocan esas quejas.

En fin, la vida sigue y a veces es muy complicado pararse y decir, ¡hasta aquí! Pero pensar en ello es ya un paso adelante ¿a que sí?
Que tengáis una bonita tarde :-)

miércoles, 25 de mayo de 2016

De rampas, redes y bondad innata en las personas (por Ana)



El otro día colgué en mi muro de Facebook esta columna de Javier Gómez Santander:

http://www.elmundo.es/papel/firmas/2016/05/08/572c62d4ca4741e0778b458a.html

No es que pareciera que estaba escrita magistralmente ni que lo que contaba fuera la bomba, pero me emocionó mucho porque defiende una idea que llevo por bandera desde hace tiempo: la gente es esencialmente buena, empática y solidaria. En el artículo se habla sobre como todo un pueblo, sin pedírselo, ayudó a una familia en un momento muy delicado, en el peor momento que puede vivir un ser humano. Como todos arrimaron el hombro sin mediar palabra e hicieron lo que se suponía que había que hacer, que no fue lo material, el hecho de construir la rampa, fue trabajar codo con codo con aquellos que en ese momento necesitaban apoyarse en algo, en alguien, sentir cercanía, una mano que les sostuviera y una mirada que les alentara.


En la publicación de mi red social, una amiga y cuasi familiar, me hizo un comentario que me dejó pensativa. Ella defendía que sí, que las personas somos esencialmente buenas, pero que no creía en el altruismo en el sentido más puro. Ella pensaba que si ayudas a alguien tu satisfacción es mayor a la que proporcionas a aquel al que echas una mano. No sé si estoy muy de acuerdo con esto, pero es cierto que hay un cierto grado de bienestar y tranquilidad en actuar correctamente, pero creo que no es sólo eso lo que nos mueve. Bueno, no lo sé, pero quiero pensar que no.


Me niego a volver a hablar en este momento sobre la peor etapa de mi vida, creo que todos la conocéis, y si no es así, os invito a leer anteriores post. Pero lo que si voy a repetir siempre, hasta el fin de mis días, es que sin una red tan sólida como la que yo tenía no hubiera podido superarlo, literalmente. Quizá se me hubieran pasado locuras por la mente, quizá las hubiera llevado a cabo, o menos radical pero igualmente horrible, hubiera caído en una depresión o viviría aún hoy alimentada de pastillas que me hicieran reaccionar ante la vida. Yo sentí a “mi pueblo” hacer mi rampa, empujar conmigo, llorar cuando a mí se me saltaban las lágrimas, abrazarme aún a cientos y, en algunos casos, miles de kilómetros. Es curioso, pero yo sabía quién estaba pensando en mí, siempre lo supe, aunque no me escribiera ni me llamara… y siguen ahí, aún hoy, de otra manera más tranquila, menos sensible y delicada porque ya no lo necesito tanto, pero no dejan de remendar los agujeros que puedan surgir en la red.


Pero es que no es necesario pasar por un momento tan dramático, el día a día ofrece mil oportunidades para comprobar cómo siempre hay alguien ahí cuando se necesita. Evidentemente, esto no es un regalo, ni es algo que surja de manera espontanea de la nada. Claro que hay personas que ayudan a desconocidos, pero lo lógico es que tu rampa, tu red, se componga que aquellos con los que has creado un lazo fuerte y consistente. Y por eso hay que currárselo, estar, querer sin medida y sin cortapisas, abrirte hasta el fondo y dejar entrar a los demás.


Hoy quería escribir sobre esto, aún sabiendo que ya lo he hecho alguna vez en este blog, porque estoy viviendo dos situaciones laborales en las que interfiere mucho el factor humano y me ha hecho pensar en lo afortunada que soy. En la empresa con la que actualmente colaboro no están pasando por un buen momento. No me explayaré por esto de ser discreta y demás, pero lo cierto es que me he visto en medio de una situación difícil. Y como yo lo veo desde fuera creo que lo percibo todo con mayor claridad y objetividad. Lo que he constatado una vez más es que la grandeza de la amistad, la solidaridad, la ayuda, el respeto y la admiración, está presente entre aquellas personas que son de verdad, auténticas. He comprobado que lo que sostiene a todos los que están pasando por este mal momento es el aliento de sus compañeros más cercanos. Lo mejor de todo, es que, estando yo de paso, esas mismas personas me han aceptado con los brazos abiertos, me han integrado en su micro mundo de horas de oficina y sé que, a pesar de todo, me llevo de aquí a unos pocos amigos o proyectos de ello… Y eso es muy grande…


Por otra parte, tras todo lo que me pasó, ni siquiera tuve que ponerme a buscar trabajo. Enseguida conseguir uno y ahora ya estoy en proyecto de otro sin haber acabado en el que esto ahora. Dos amigos han tirado de mí hasta en este aspecto y no puedo dejar de agradecérselo… Estoy empalmando un trabajo tras otro gracias a ellos dos y a veces pienso que tampoco tenían necesidad de jugársela por mí, que hubiese sido más fácil callarse y no pringarse para que yo entrara en sus empresas, sus vidas al fin y al cabo… Pero no, ellos han estado ahí siempre, siempre, siempre… pero es que estos dos son de los buenos, de los que han tejido mi red con las manos desnudas, a golpe de cariño, paciencia y cercanía…


Así que sí, yo tampoco creo en el altruismo puramente genuino, pero sí creo que las personas tenemos un instinto de ayuda, de tribu, de solidaridad, de amor, que sobrepasa todas las barreras posibles… Y que así siga siendo para que el mundo sea un lugar habitable.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Sobre las tribus, la copa menstrual, la crianza naturalista y estas cosas tan modernas (por Isa)

Los Boras, tribú de la selva amazónica peruana
La pediatra de mi hija Lola, que es muy maja, me dijo hace unos meses que la niña se despertaba mucho por un instinto ancestral que tenían los bebés y que les hacía permanecer alerta ante los peligros que pudiesen acecharnos a todos, que ellos no sabían si vivían en un piso en Chamberí o en mitad de la selva amazónica. "Pues la moza nos ha salido jefa de tribu", fue la respuesta de su padre. No sabía él que esto de las tribus se iba a poner tan de moda.

La que ha sacado lo de la tribu a la palestra ha sido una diputada de la CUP, Anna Gabriel, que es de estas personas que cada vez que abre la boca sube el pan. También llevaba tiempo queriendo escribir sobre la copa menstrual, de sus ventajas y de lo poco mainstream que es, pero en la CUP han conseguido con su defensa a ultranza hacerle la campaña de primavera  a Tampax. Así, de gratis. La copa es cojonuda. Es práctica, barata e infinitamente más ecológica que tirar de celulosa para paliar la hemorragia mensual que sufrimos las mujeres. Pero no, no es perfecta. Es im-perfecta, como todo en esta vida. Y tiene sus inconvenientes: hay que meterse los dedos para ponértela y quitártela, y te los manchas claro, y hay que lavar el artefacto con agua y no siempre tienes un lavabo cerca. A mí, me compensa pero habrá quien prefiera seguir usando tampones o compresas y me parece perfecto. Solo faltaba.

Anna Gabriel también se ha declarado defensora de la crianza colectiva, en tribu, y por supuesto han salido desde la caverna a meterse con ella y con su flequillo de 'aberchandal' visualizándola en taparrabos en mitad de la jungla. Ese es el nivel. Pero también han salido los partidarios de la tribu. Y oye, a mí me parece muy bien que la gente críe a sus hijos en comunidad o como les parezca oportuno, pero sin faltar. Con todo este rollo de la maternidad naturalista y el apego hay mucha intransigencia y mucho fundamentalismo. Ya lo expresé con el tema de la lactancia materna y sigo pensando lo mismo. Me parecen válidas todas las opciones siempre que se hagan desde el respeto a las otras alternativas. Y eso es lo que echo de menos en estas corrientes, que en cuanto no estás de acuerdo con sus tesis te tachan de cochina capitalista o de madre desnaturalizada cuando menos.

Yo soy anticapitalista. No me gusta el sistema y creo que hay que buscar fórmulas para que no nos engulla como lo está haciendo. Pero también soy progresista. Y feminista. Creo en la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Creo en una sociedad en la que de la crianza se pueda ocupar tanto el padre como la madre, y en la que tener dos mamas no sea condición sine qua non para ocuparse de un crío. En la que las madres puedan dedicarse a sus carreras profesionales sin cargo de conciencia por no estar cuidando a sus hijos.

Pese a lo que algunos pretendan hacernos creer, darle leche de fórmula a un bebé no es envenenarle, parir en un hospital no tiene porque ser una experiencia traumática, no dormir con tus hijos en la misma cama y enseñarles a dormir en su habitación no es de nazis, darles un bollo industrial de vez en cuando no aboca a tus vástagos a la obesidad sin remisión, contratar a una persona para que se quede con tu bebé o llevarle a la guardería unas horas no es desatenderle emocionalmente...

Me dice una amiga que lo de la tribu no es otra cosa que lo de siempre: familia y a amigos. Contar con la familia y los amigos está muy bien, pero también está muy bien no hacerlo. Y si tienes a la familia a 400 kilómetros, si tus padres se han muerto o son mayores, ¿qué pasa? Y sí, a pesar de tenerlos cerca y sanos decides que no quieres enmarronarles a diario y por la patilla con tus criaturas. Y qué hay de malo si decides darle una oportunidad laboral a una persona para que se ocupe de tus hijos de vez en cuando y de paso que les ayude con los deberes o les enseñe inglés.

Yo he tenido hijos para criarlos. Lo que quiero es disponer del tiempo necesario (y justo) para poder hacerlo. Y que su padre también lo tenga. Me gusta que nosotros seamos los responsables de su educación y de su crianza, es mi opción. Nuestra opción. Como la de otros será hacerlo en comunidad. En un post que he leído recientemente (Yo sí quiero que me devuelvan a la tribu) defienden que la crianza comunitaria no es algo moderno, si no que es como se hacía hace un siglo escaso. Sí, así es. Y así sigue siendo en la mayor parte de los países en vías de desarrollo en los que he estado, en los que comunidades de mujeres se ocupan de la crianza de los hijos y de la economía familiar, mientras los hombres gozan de la libertad profesional e intelectual (o del ocio etílico, muy a menudo). Eso es lo que había antes, y para mí no es mejor que lo que hay ahora. Puede que lo de ahora no sea bueno, pero la solución no está en volver a lo de antaño. Lo disfrazan de modernidad y en muchos casos es involución.

domingo, 8 de mayo de 2016

Ser madre agota (por Arantxa)


El otro día publicaba una im-perfecta en su muro acerca de las reacciones de la gente sin hijos cuando las personas que sí los tienen les escuchaban hablar de su agotamiento. Por supuesto, como concluimos en el hilo, cualquiera puede sentirse cansado con o sin descendencia, faltaría más, pero cuando la situación es esta última el agotamiento puede llegar a ser extenuante.

Cuando son bebés el cansancio es extremadamente físico. En mi caso no se llevan ni dos años, son inquietas, especialmente la pequeña, y se dieron otras circunstancias que algunos día me hacían sentir muy al límite de mis propias fuerzas. Yo he llorado de puro agotamiento, más de una vez y más de dos... Así que en algún momento puede que no disfrutara plenamente de la etapa y en ese sentido prefiero con mucho la actual. Eso sí, si miro atrás siento que tuve valentía y tiré bien del carro.

Pero resulta que cuando crecen  tienen otro tipo de necesidades y a tu cansancio físico añades el mental. Pasas de estar con tus cachorritos-bebés, a los que alimentas, bañas, paseas, cambias el pañal y llevas puntualmente al pediatra a criar y educar a, en mi caso, dos personas que a veces agotan emocionalmente. Te preocupas por los exámenes, por si tienen un disgusto con una amiga, por si sufren por esto o aquello. Extraescolares, médicos, todo el día corriendo con la lengua fuera. Y por supuesto quieres ser una buena madre, que se sientan queridas, protegidas y que sean felices. En ese sentido esta etapa conlleva retos y dificultades mayores y grandes alegrías. A mí se me caía la baba con mis bebés, pero ahora es mucho más gratificante ver sus logros y desde luego con la dedicatoria personal que me escribió mi hija mayor por el día de la madre me sentí extasiada. A mis hijas les encanta cogerme flores y, como le decía a otra mami hace poco, eso mola más que los ramos que te mandan por Interflora. 

Soy una madre habitualmente cansada. No me quejo de estarlo, simplemente lo constato y lo asumo. Y si me canso con dos puedo imaginarme el mérito las que tienen tres y cuatro criaturas –no conozco hoy en día gente que se embarque en la crianza de cinco hijos o no en mi entorno–. También lo imagino porque soy la mayor de una familia numerosa. Mi madre tuvo cinco, aunque no trabajaba fuera, pero lo de dentro es una tarea a veces ingrata y no remunerada. Cinco vástagos. Una locura y una proeza.


En mi caso ahora tengo, además, déficit de una vitamina y eso suma para cansarme más, pero me digo a mi misma que con 40 años y este ritmo de trabajo fuera y dentro de casa, nenas, estudiar, lo raro sería no estar cansada. Entonces sería una especia de super woman o una rara avis. Y nada de eso. Soy como casi todas las madres que conozco. Agotadas, estresadas y superadas por momentos, pero felices de vivir esta experiencia sinigual que te cambia la vida de forma radical.

lunes, 25 de abril de 2016

A vueltas con el armario (o la falta de profesionalidad) (por Ana)


Mucho me temo que así va a ser mi armario a este paso, de dibujo animado
Para que os lo voy a negar, llevo unos meses realmente estresantes... Bueno, en realidad llevo unos años realmente estresantes... o quizá me sería más fácil explicar que momento de mi vida no lo ha sido... Pero bueno, centrémonos, para hablar del asunto del armario solo necesito retrotraerme a unos meses atrás, tampoco vamos a hablar de mis problemas para dormir de bebé y lo nerviosa que era en el colé...

Como sabéis, soy un culo bastante inquieto, más por necesidad que por gusto, aunque mi madre está convencida de que es mi espíritu y mi esencia, no estar nunca conforme con las casas en las que vivo. Por una cosa o por otra, lo cierto es que en estos últimos 4 años me he cambiado de casa 5 veces. Pero, sin duda, esta última ha sido la peor de todas con diferencia, y lo sigue siendo.

Motivos por los que este cambio ha sido más duro que los otros:

1.- La nueva casa a la que me mudo no es para nada nueva, es MI CASA, la que me compré cuando tenía 23 años y la que llevo odiando desde los 24. Los vecinos, una serie de reformas en el edifico, goteras recurrentes, el poco tiempo que viví realmente en ella, hicieron que terminara cogiéndole mucha manía. Cuando finalmente decidí hace unos meses volver tras tenerla años y años alquilada, pensé que lo único que podía hacer que cogiera cariño al piso era hacerle una reforma integral...

2.- Las cosas se complicaron por la falta de profesionalidad del mundo de la reforma. Tuve que pedir presupuesto a varios contratistas que me habían recomendado amigos. La mayoría fueron muy majetes y serviciales, pero muchos de ellos tardaron como un mes en pasarme el presupuesto. El que antes me lo dio lo hizo en casi tres semanas, con los que los tiempos a mí se me iban acortando. Tenía que dejar el piso en el que vivía de alquiler al mes siguiente y ni siquiera tenía los presupuestos sobre la mesa. Juro que alguno alguno, tres meses después, ni me lo ha pasado, palabrita de girl scout... Como dicen en mi casa, ni está ni se le espera... No lo entiendo, de verdad... Todo el mundo me dice que esto es lo habitual, pero por más que intento pensar las razones (proveedores y demás) no me entra en la cabeza. Una semana... una y un poco... pero, ¿tres? ¿por qué? Si se trata de que empiecen cuanto antes para ellos mismos, para cobrar deprisa...

3.- Como yo pensaba irme en un mes, empecé a hacer cajas para que luego no se me acumulara todo. Al retrasarse el proceso, he vivido entre cajas en el antiguo piso como un mes y pico, un verdadero horror.

4. Mis últimas casas han sido enormes, con un montón de metros y ahora me marcho a una de 40. Todos mis muebles están pensados para espacios amplios, he acumulado posesiones a raudales y he tenido que deshacerme de muchísimas cosas. Lo intenté en Wallapop, pero a mí me ha dado un resultado horrendo. Lo del regateo nunca se me dio bien. Considero que si quiero regalar algo lo regalo, pero si le pongo un precio justo, pues ya está, lo quieres o no, pero no me tomes el pelo, ni me mareo, miles de mensajes para luego no volver a contestar aunque hayas conseguido la rebaja que pedías. Por ejemplo, un verdulero de aluminio, precioso, con tres bandejas, ruedas, etc, que a mí me costó 60 euros en una conocida cadena de cosas de bricolaje, lo subo pidiendo 5 euros... os juro que está nuevo y en las fotos se ve perfectamente... pues me escribían para decirme que si lo podía bajar... al portal lo  voy a bajar, no te jod***!!!! Así que decido que, puestos a regalar, lo dono a quien a mí me de la gana. Esta gestión la hice la semana antes de Semana Santa, llamé a varias ONGs y asociaciones... Pues todas me pusieron pegas para ir a ver lo que iba a donar, en algunas me pidieron que lo llevara yo y en otras me dijeron que con las vacaciones al lado no podían ir hasta el mes siguiente. La Semana Santa, como explicaré más abajo, es un punto de inflexión para este país. Debe ser el recogimiento y los momentos de oración, que nos abstraen. Al final he repartido entre familia, amigos, y el resto he llamado al Ayuntamiento para que se lo lleven...

5.- El día de la mudanza lo voy a pasar por alto porque para mí supuso todo un trauma. Y eso que la empresa me venía super recomendada. Solo os diré que terminé llorando y tomándome un lexatín, cosa que no hacía desde años atrás. ¿Sabéis esa sensación de ir haciéndoos chiquititos, chiquititos porque alguien te regaña continuamente? Pues eso.

6.- La obra no ha estado mal, en plazos y con gente maja... pero aún así, remates que quedan por hacer, chapuzas de las que no te das cuenta hasta que pasan unos días... El otro día fui a limpiar detrás de una puerta y me di cuenta de que no habían puesto el rodapié... Como había limpiado a toda prisa antes de la mudanza y luego no había cerrado la puerta, no lo había visto... cosas así varias... Por otro lado, todo lo que no dependía de los obreros propiamente dicho, es decir, cocina y puertas, se ha retrasado lo indecible. Y la excusa que me dan es que ha pillado la Semana Santa por medio. Como si la Semana Santa hubiera aparecido por generación espontánea, nadie supiera que estaba en el calendario y de repente... buummm... ¡aquí está para descabalar todos los planes de todos los humanos sobre la tierra!... o al menos sobre Madrid. Las fábricas de madera, para que lo tengáis en cuenta en vuestra vida, amiguitos, cierran TODA la semana, y todos los proyectos con fecha de entrega se retrasan. Pero vivimos en la crisis económica, no lo olvidemos.

7.- LO PEOR DE TODO: Al mismo tiempo que la obra, vamos, dos días después exactamente, encargué un armario semi empotrado, que va de pared a pared y de suelo a techo. Como podéis imaginar, un espacio tan pequeño como mi casa necesita un lugar de almacenaje potente porque va a ser casi exclusivamente el que va a haber en toda la casa. La obra acabó, la cocina con retraso fue instalada, las puertas que no llegaban porque estaban todos en la playa, llegaron... y el armario... el armario no... primero fue porque (¿adivináis?) les ha pillado el toro con la Semana Santa. Cuando me dan una fecha de entrega, la semana pasada, me vuelven a decir que han tenido un problema con el pedido... ¡¡¡mes y medio después!!! y que se va a retrasar aún más, hasta este jueves no lo tengo.  ¡Que la obra la acabaron en 20 días hace de esto 26 días!... por lo que se ve, hacer cuatro puñeteros tableros (que me perdone si hay algún armaritero en la sala, pero yo lo veo así) es más laborioso que tirar muros, cambiar toda la electricidad, quitar el gotelé y todo lo demás... vamos, ¡¡no me fastidies! Y yo llevo viviendo desde el día 1de abril rodeada de cajas, más el mes que estuve en la otra casa de la misma manera, y ya me he vuelto adicta a los lexatines, y la ropa la saco de maletas como puedo, y no puedo colocar las estanterías porque no sé dónde voy a colocar los muebles dependiendo de si me caben con el armario o no, y... y... y...y...y... arggggg!!!

De verdad, no entiendo lo de este país, que este tipo de servicios se preste de una manera tan desastrosa y que todo nos parezca normal. El otro día a una amiga la dejó plantada un fontanero. Sí, ella se fue del trabajo antes porque había quedado para que le arreglase la cisterna, y él no sólo no apareció, es que ni llamó, ni se ha vuelto a saber de él. El otro día encargué la comida de mi perro por internet, y, tras intentar de manera obsesiva que me dijeran cuándo me la iban a mandar sin obtener respuesta, se presentaron en mi portal un martes a las 12 y cuarto y me llamaron exigiéndome que les dijera a qué telefonillo podían llamar para dejárselo a un vecino. Cuando les digo que no, que me digan en qué horario me lo pueden traer, me dicen que de 9:30 a 18:00... vale, bien, una jornada laboral normal, super lógico todo. Les pido que me lo traigan al trabajo y me dicen que no, que yo he dado otra dirección y es lo que hay. Y todo así... Decidme, ¿es o no es para estar de los nervios?

Respecto al armario, ya os iré informando, porque no me creo nada de nada. Hoy, lunes, aún no me han llamado para decirme que se retrasan más, pero no dudéis que tienen tiempo de hacerlo de aquí al jueves.