miércoles, 29 de julio de 2015

Mi dermatitis de verano (por Arantxa)

Hace justo un año publicaba un post sobre un fuerte brote de dermatitis atópica que aquejaba a mi hija pequeña. Es verano y el sudor, unido a los chapuzones diarios en la piscina mantiene su piel con alguna roncha y picores –la playita le va a dar un respiro- pero soy yo la que ando fastidiada, aquejaba de un tipo de dermatitis más extraña, con un picor espantoso en las manos, una afección me que provoca una quemazón bestial. Tengo la sensación de que mis dedos arden, literalmente. Esto se llama dishidrosis, una afección cutánea no contagiosa, pero muy latosa. Nunca la había padecido y espero no volver a sufrirla.

Me dio ayer la doctora, entre otras recomendaciones, la de que evite el agua o que me proteja del contacto con la misma salvo lo imprescindible. Es una tarea hercúlea estando en verano. Aparte de la piscina, me ducho unas dos veces diarias, así que, empezando por ahí, mal vamos. El agua del mar tampoco es lo ideal, al revés que para otras dermatitis.

Como soy algo obsesiva  y ahora de vacaciones me acuesto muy tarde, he estado buscando bastante información en internet y se me caía el alma a los pies viendo fotos de manos descamadas, en carne viva por la dishidrosis. Supongo que en estadíos muy avanzados. No voy a llegar a esos extremos, soy ultra meticulosa con las prescripciones médicas y el tratamiento voy a hacerlo a rajatabla.

La mayoría de la gente con una piel sin estos padecimientos piensa que las dermatitis, atopías y los eccemas cutáneos son males menores. Algunos lo califican de chorradas, tal cual. No son graves, pero pueden resultar muy molestos e impedir cosas tan cotidianas como caminar, cuando la zona afectada es la piel de la planta de los pies –conozco gente a la que le ha sucedido-. Todo ello unido a que el aspecto es antiestético y la gente enseguida cree que es algo contagioso.

Tengo la piel regular desde pequeña y nis hijas también. Entonces éramos poquitos los niños que andábamos con estos rollos -ni siquiera se nos llamaba atópicos-, pero ahora hay un montón de críos con atopías y cada vez más adultos. Será la contaminación o la exposición a químicos y, como dicen algunos, el clima excesivamente seco de Madrid. Si pudiera, por este y otros motivos, yo emigraba al norte peninsular, pero como no es posible, cortisona y mucha paciencia.

miércoles, 22 de julio de 2015

Reflejo (por Isa)

El agua me llegaba por la cintura. No estaba muy fría, pero aún así notaba como los dedos de los pies habían perdido su autonomía, agarrotados en bloque dentro de las zapatillas que pesaban como dos piedras cada vez que tenían que emerger del lodo. En cambio, la hebilla del cinturón, gruesa y metálica, se había vuelto ingrávida pero me quemaba el vientre como un hielo, y los pantalones se habían pegado al cuerpo como una segunda piel rugosa y anfibia.

Seguí avanzando despacio hacia la orilla, que parecía alejarse de mí. Volví la cabeza, la otra orilla quedaba más lejos aún pero todavía se escuchaban nítidos y potentes los ladridos de los perros salvajes. La corriente había arrastrado al más intrépido y, afortunadamente, los demás habían decidido no seguirle. 

Me dolían los brazos de llevarlos en alto, sujetando mi mochila sobre la cabeza, cuando divisé una figura humana a lo lejos. "¡Socorro!" grité con energía. Pero las sílabas se quedaron dentro arañándome la garganta y de mi boca no brotó ningún sonido. "¡Eh! ¡¡Ayuda!!" -volví a intentar en vano, mientras me bamboleaba intentando llamar la atención de aquella sombra.

Aún no sé cómo, conseguí alcanzar la tierra. Tiritaba. Febril y exhausta, arrojé la mochila sobre la hierba y me dejé caer encima. Intenté captar los tenues rayos de sol que aún quedaban para recobrar la temperatura corporal. Debí quedarme dormida y al despertar, la cabeza me martilleaba como en una resaca antológica y el cuerpo me ardía. Me levanté y comencé a caminar con las zapatillas rígidas por el fango reseco.

Noté movimiento entre los árboles. Me pareció ver otra vez la silueta que había visto desde el río. Aceleré el paso y grité "¡Eh, hola, espera!". Ahora sí se escuchó. Parecía una chica, el pelo liso castaño sobre los hombros, vaqueros, camiseta... Huía. "Espera, por favor, no sé dónde estoy". Se detuvo, de espaldas a mí y dejó que me acercara. Tenía mi estatura. Le toqué el hombro y se volvió mostrándome su rostro, el mío, aterrorizado al reconocerse en mí. Gritamos. Pero esta vez nadie, salvo nosotras mismas, nos pudo escuchar.

martes, 14 de julio de 2015

¡Bienvenidas, pequeñas! (por Ana)

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En estas dos últimas semanas han dado a luz dos amigas de las que he seguido el embarazo muy de cerca. Sus retoños son dos hermosas bebés de nombre Lola y Noemí. Son un encanto, una maravilla, de esos recién nacidos bonitos que parece que hayan salido ya completamente formados, no de estos arrugaditos, con pelos por todas partes y con un color indefinido, no, rosaditas, preciosas, unas princesitas de cuento.

Sólo he tomado en brazos a Lola, a Noemí aún no la conozco, solo por foto, pero a Lola la apretujé bien, la sobé, la besé, la fotografié (pienso hacer lo mismo con la otra en cuanto la madre se descuide un poco, aviso) y me sentí… no sé cómo me sentí. La pequeña es la hija de una de mis mejores amigas, una de las que han estado junto a mí, agarrando mi mano en momentos difíciles, literalmente sosteniéndome en el último adiós, siempre conmigo y en este último año tan dramático, más todavía. Por ello he vivido su embarazo con muchísima ilusión. Para mí, Lola (luego Noemí) ha sido ese aliento de vida que me hacía falta. Confirmar que el mundo seguía rodando, que mi desgracia no iba a hacer que el sol se ocultase para siempre o los autobuses dejaran de circular o los relojes de dar la hora. Cuando muere alguien muy querido, o al menos a mí me ha pasado y he constatado que a algunas personas más, lo único que deseas es que todo se detenga. Te parece absurdo que la gente se levante por la mañana si él no está, que la misma panadera siga vendiendo el mismo pan, que el metro en el que él iba siga haciendo el mismo recorrido. Y lo que peor llevas en ese momento de dolor es que ello te obliga a ti a seguir adelante.

Por ello, cuando una nueva vida está en camino, la sensación es extraña. Piensas en lo mucho que a él le hubiera gustado conocer a su “sobrina postiza”,  en que te hubiera encantado tener hijos con él, en lo rara que es la vida que te da y te quita, pero también, de alguna manera, es un rayo de esperanza, una ilusión y una felicidad, unas ganas de que ese embarazo vaya bien y por fin le veas la carita.

Todo eso sentí durante el embarazo de mi amiga. El día que su pareja nos comunicó que ya había nacido la pequeña, os juro, y me da un poco de vergüenza confesarlo, que se me saltaron las lágrimas. Era alegría, emoción, todo mezclado como en un buen cóctel. Lloriqueé un rato sola en casa y me tome una cerveza  y alcé mi botellín hacía el bar particular en el que él me espera y, de repente, me sentí muy bien.

Al día siguiente fui a conocer a la enanita y la tomé en brazos. Le hablé (intenté hacerlo bajito para no asustarla, ya que yo, como buena sorda, tiendo a hablar bastante alto) y la bese, la acaricié, la estrujé un poquito. Ni siquiera su madre lo sabe y se estará enterando ahora, pero muy muy bajito, le desee una vida plena, que no tenga que pasar nunca por algo parecido a lo que su tío y su tía postizos han pasado, que se convierta en la demostración de que en este mundo una persona puede ser feliz plenamente. Podría decir que recé por ella, pero yo no creo en nada superior, simplemente la apreté fuerte y le quise transmitir todo mi amor y mis mejores deseos.  Es lo mismo que hice con mi sobrina de sangre el día que la sostuve como madrina para bautizarla. No me importaba el agua bendita, solo darle mi personal bendición. Puede parecer una tontería, pero para mí, en las dos ocasiones, ha sido algo trascendental y casi tribal, de transmisión…
Y cuando vea a Noemí, pienso hacer lo mismo. Quiero que mis niños y niñas (tengo unos cuantos alrededor a los que quiero con el alma) sigan siendo ese rayo de esperanza que han sido para mí el día de su nacimiento.

Y a la madre y al padre de Lola decirle que gracias por permitirme ese momento con su hija recién nacida, gracias por haberme hecho sentir tan bien en estos tiempos tan amargos, gracias por traer esa preciosa niña a la vida. Sé que va a ser muy feliz, no solo porque yo se lo haya deseado, es que con esos padres y ese hermano es imposible no serlo. Os quiero a todos

Rosalía, prepara el babero para mí y dame cita para ver a Noemí, que muero de ganaaaasssss…


lunes, 6 de julio de 2015

Madrid, el verano y los taxis (por Chelo)

 Fotografía de Stephan Labs

Muchos ya sabéis que no tengo coche, unos porque me conocéis personalmente y otros por este post: Vivo en Madrid sin coche. Por lo anterior, sobra decir que tiro mucho de transporte público, incluyendo en esta categoría a los taxis.

El mundo del taxi es apasionante. Como usuaria frecuente me ha pasado de todo, una vez casi me tiro de uno en marcha, no os digo más. He ido con todo tipo de taxistas: limpios, guarros, torpes, buenos y malos conductores, cultos, educados, incultos, tontos, simpáticos, cara duras… en fin, podría añadir a esta lista tantos adjetivos como conozco.

Hay muchos fenómenos a estudiar en el mundo del taxi, el tema de los olores, de la suciedad, de los que no paran de hablar, de los que te preguntan dónde está la dirección a la que vas… pero si hay un tema que me produce especial desaliento es la aversión que presenta un porcentaje altísimo de taxistas madrileños a poner el aire acondicionado cuando en la calle estamos a 40 grados.

No es normal que llegado el momento se esté más a gusto en el Metro o en un autobús de la EMT que en un taxi. Pues eso pasa constantemente en Madrid en los meses de calor.

Y bueno, pobre de ti como el taxista no lleve el aire y se lo pidas, yo siempre lo hago y aunque la mayoría de las veces lo ponen (es obligatorio) creo que el 99% de las veces me han contestado de malas formas (normalmente a modo de gruñido ininteligible). Les sienta mal que ejerzas tu derecho de viajera y se lo pidas. Claro que también tienen la obligación de “mantener el vehículo en buen estado, de tal forma que su utilización se produzca en condiciones dignas de seguridad e higiene” y hay taxis que dan verdadero asco. Taxis que llevan un manta repugnante cubriendo el asiento y en cuanto te subes piensas “si la manta está así, qué habrá debajo".

En cambio, el que haya pasado frio en invierno en un taxi madrileño que levante la mano, yo jamás. Entras al taxi con el plumas puesto y te pones a sudar cual morsa de Faunia. En calefacción no escatiman. En calefacción y ambientador pino intenso, ahí se dejan la partida presupuestaria "atenciones al viajero".

¿Tanto más consume el aire acondicionado que la calefacción? Señores taxistas, lean ustedes los estudios sobre el consumo del aire aocndicionado frente a ir con las ventanillas bajadas ¿les merece la pena?

¡Feliz im-perfecta semana!

PD: Como algunos me habéis preguntado por la obligatoriedad de que los taxistas (en Madrid) pongan el aire acondicionado, os remito a la información que podéis encontrar en las pegatinas que hay en las ventanillas de los taxis con la info de las tarifas, ahí lo debería poner. En la página del Ayuntamiento en el apartado "Derechos del viajero" igualmente describe como si al solicitar el aire acondionado este no funcionara, te puedes bajar del taxi sin tener que abonar nada:

"Abrir y cerrar las puertas traseras durante la prestación del servicio, siempre que el vehículo se encuentre detenido y las condiciones del tráfico lo permitan, y requerir la apertura o cierre de las ventanillas traseras y delanteras, así como, de los sistemas de climatización de los que esté provisto el vehículo, pudiendo incluso bajar del vehículo sin coste para el usuario, si al requerir la puesta en marcha del sistema de aire acondicionado o de climatización al inicio del servicio, éste no funcionara."
Os recomiendo exigir vuestros derechos que hay mucho listo por ahí.

martes, 30 de junio de 2015

La ¿tiranía? de la depilación íntima femenina (por Arantxa)

Que la presión estética sobre las mujeres es mayor que la que soportan los hombres parece innegable. Lo de la depilación íntima integral en las féminas es un ejemplo más. Impensable para nuestras madres, cada vez más mujeres la demandan en centros de estética y en clínicas de depilación láser, para acabar con el vello del pubis y genitales sin vuelta atrás

Lo cierto es que modelo de belleza que se vende es de mujeres sin un solo pelo de más. El vello se asocia a suciedad y resulta terriblemente antiestético en piernas y axilas femeninas. Poco a poco se va imponiendo una corriente que dicta que lo mismo sucede del monte de Venus para abajo.

La publicidad, los medios y el cine -el porno- proyectan un ¿ideal? de mujeres depiladas de forma integral. A veces lo insinúan de forma provocadora sin ambages. Estoy recordando esa publicidad del diseñador Tom Ford para Gucci, con aquella modelo en cuyo pubis el vello dibujaba una letra G. Tom Ford era experto en el arte de la provocación, pero ese es otro tema.

El vello genital femenino, ese antiestético problema, me comentaba una amiga ¿El vello ahí es antiestético? Yo no diría que es bonito. ¿Es más higiénico estar depilada? Quizás parezca lo más limpio, pero la depilación en la zona no es necesariamente lo más saludable. Cada vez más médicos arremeten contra esta práctica por cuestión de salud. El vello tendría su función protectora frente a enfermedades de trasmisión sexual, ya que amortiguaría el roce entre la piel y lesiones o heridas, logrando una mayor protección contra la penetración de cualquier tipo de infección o bacteria. El vello estaría por algo, no como un adorno antiestético o un residuo molesto de tiempos en los que el cuerpo de nuestros ancestros estaba cubierto de pelo. Se trataría de un escudo protector frente a los contagios sexuales.

Ha habido famosas como Cameron Díaz que han clamado contra la tiranía de la depilación genital femenina. Se alzan voces que reivindican la belleza del pelo púbico y del área genital. Algunas famosas como Miley Cirus lo insinúan orgullosas. Muy probablemente es sólo marketing, pero no es la única. El Proyecto Arbusto se puso en marcha para reivindicar que cada mujer debe decidir sobre la depilación o no de su vello íntimo y que el matojo en la zona es bonito. De decidir se trata al fin y al cabo. Las hay que pueden convivir con su bosquecillo sin más problemas, incluso orgullosas. Para otras será fuente de molestias e inseguridades varias y un enemigo a batir. Cuestión de gustos y pareceres. 

miércoles, 24 de junio de 2015

Disfruta tu embarazo (por Isa)

Ilustración de la portada de Mamma Mía, de la genial Agustina Guerrero 
Los que me conocéis sabéis que estoy en la fase final de mi segundo embarazo. Y los que más me tratáis sois conscientes de que no soy una buena embarazada... Me explico: hay mujeres que parecen pasar por los periodos de gestación como quien se da un paseo por el campo, en ocasiones pilla una cuesta arriba, otras una agradable pendiente y por lo general disfruta del sendero por el valle, a la sombra de los árboles y aspirando el aroma de las flores. No es mi caso, desde luego.

También hay quién sufre embarazos de riesgo, en los que la futura madre padece complicaciones que comprometen su salud y la del futuro bebé. Tampoco ese es mi caso, afortunadamente. El mío está siendo un embarazo normal, del montón... así que supongo que tampoco tengo grandes motivos para quejarme, pero me quejo. Me quejo mucho y con vehemencia, porque para mí estar encinta es un absoluto coñazo.

Ya me pasó con el otro, hace cinco años, que a pesar de no tener molestias físicas reseñables, el feto se adueñó hasta tal punto de mi cuerpo, que le cogí asco a lo que siempre me había entusiasmado como el café o el marisco, y sin embargo, una fuerza sobrehumana me llevó a devorar con ansia malsana toda clase de bollos y dulces, y a atiborrarme cada noche de leche con galletas... yo, que siempre he sido de salado. Si eres fan de Alien, el octavo pasajero, habrías disfrutado mucho las 37 semanas que pasé viviendo sin vivir en mí.

En el segundo embarazo, no me ha sucedido nada de eso... me sigue gustando lo de siempre: la cerveza, el jamón, el vino, el sushi, las hamburguesas con patatas, la pasta, la pizza, los gin-tonics, la paella, los guisos contundentes... un sinfín de cosas que me han aconsejado no tomar. Ay... porca miseria. Primero, fueron los vómitos, después los ardores, los gases, el estreñimiento, las hemorroides, el aumento de peso y la constante amenaza de la toxoplasmosis... llevo sin poder comer a gusto y sin pensar en las consecuencias desde octubre. Hay que joderse. 

Lo que sí me ha pasado en esta ocasión es que me he puesto como un globo. Tengo un barrigón que parece de coña: redondo, descomunal y pesado, como una pelota de las de Nivea, pero rellena de arena en lugar de aire. Me cuesta levantarme, sentarme, andar, subir escaleras, bajar cuestas, agacharme, tumbarme, dormir... y lo peor es que no es de ahora, ¡que llevo gorda desde el tercer mes! Tanto se me ha tensado la piel, que no es que se me haya salido el ombligo, es que se me ha deshecho ese nudo primigenio que me hizo una matrona hace ya 39 años, y lo tengo en carne viva, amoratado y dolorido. Jo.

La ciática me mata y me da unos latigazos dolorosos hasta el grito. Cuando estoy mucho rato (más de 20 minutos) sentada se me duermen las piernas y los pies. Tengo los tobillos tan hinchados que dan ganas de echarlos a un cocido. Los dedos de las manos también valdrían como plato, 10 morcillas para freír. Se me han puesto brazacos de luchadora de sumo. Las plantas de mis pies no soportan mi nuevo volumen, lo que me impide caminar con sandalias, y tengo que ir con zapatillas de deporte con el caloraco que hace y lo que me mola a mí dejar al aire los pinreles en cuanto llega el buen tiempo. 

Un tema bastante desasosegante es el de los desmayos... siempre había tenido la tensión baja, pero nunca hasta el punto de marearme hasta caerme o perder el conocimiento, algo que me ha pasado unas cuantas veces en los últimos meses, y por lo que he llegado a coger aversión al metro y a sus aglomeraciones. Otra cosa que me angustia es la lentitud de movimiento,  no poder andar deprisa y tener que ir al más puro estilo Fraga o caminar al mismo ritmo que Danny DeVito en su papel de pingüino en Batman Returns... 

Ya sé lo que muchas estaréis pensando: "Pues vaya cosa, hija... lo normal". Y tenéis razón. No me ha pasado nada del otro mundo, son todo molestias y males menores, pero me apetecía desahogarme y gritar a los cuatro vientos que el embarazo es un mal trago de casi 10 meses (porque hay que ser muy optimista con el cálculo para que 40 semanas se traduzcan en 9 meses).  Así que no os lo toméis a mal si os pongo cara de seta cuando me soltéis eso de "¡Disfruta tu embarazo!", porque no hay nada que conjugue peor con embarazo que el verbo disfrutar. He dicho.

martes, 16 de junio de 2015

Recomendación literaria: Charlotte (por Ana)



Creo que todos tenemos claro cuál ha sido el tema estrella de la semana, la historia que nos ha tenido a todos entretenidos, alejando de nuestra cabeza y nuestras preocupaciones los verdaderos problemas de los ciudadanos de este país y, especialmente, los de la ciudad de Madrid.

Ni de lejos voy a hablar sobre ello, me cansa, me asquea, me repugna, tanto lo que leo escrito hace 4 años como que eso se utilice hoy en día como cortina de humo mientras otros se llevan el dinero impunemente. No sólo no terminan en prisión, es que tampoco dimiten ni les echan de sus altos puestos. Así que para mí, todo esto es una pantomima más del deficitario sistema democrático que tiene este país. Y una muestra más de que se nos llena la boca de hablar de la libertad de expresión pero nadie, y digo nadie, sabe marcar límites o, simplemente, defender con argumentos si deben existir dichas restricciones o no.

He sacado el tema a colación porque mientras todos hablaban de judíos, exterminio, Holocausto, etc, yo leía sobre ello. Ha sido pura casualidad, ni siquiera sabía de qué iba el libro que tenía entre mis manos, pero su portada me llamó tanto la atención que no pude evitar comprarlo y leerlo casi de un tirón. Y me ha impresionado tanto que no puedo por menos que compartirlo con vosotros.

La novela se llama Charlotte y su autor es David Foenkinos, escritor que entró hace unos años en mi top de narradores y no se ha apeado de ahí. Uno de sus libros, La Delicadeza, es uno de mis favoritos.

Pues bien, el libro es una personal biografía de la pintora Charlotte Salomón, una artista que sólo tuvo tiempo de publicar una colección, pero que logró fascinar a miles de personas muchos años después de su muerte. La portada, como no podía ser de otro modo, es uno de sus autorretratos. Era una judía en la época nazi, así que creo que no os destripo mucho si digo que murió (más bien fue asesinada) a la tierna edad de 26 años. Reconozco que no tenía ni idea de su existencia, ni de ella ni de su obra, pero el libro es una declaración de amor tan apasionada, una narración tan desgarradora que no he podido por menos que investigar. ¡Me alegro tanto de haberlo hecho!.



Cada una de las imágenes que aparecen en la pantalla de mi ordenador cobran vida a una velocidad asombrosa. Tras conocer su historia vital, ver sus cuadros se convierte en algo así como en ser un visitante de excepción a esa terrible época en la que las creencias religiosas hicieron que una gran parte de la humanidad gasease, torturase, aniquilase, a otra parte enorme. La descripción que hace Foenkinos de los campos de concentración, de los de internamiento en Francia... sin dramatismos, sin detalles morbosos, sin extenderse, consigue que la piel se erice, el corazón se pare por unos segundos y sobre los hombros del lector caiga todo el peso de la maldad que algún día habitó este mundo y se desarrolló y arraigó en unas ciudades muy parecidas a las nuestras, que por aquel entonces también vivían su propio duelo y dolor. Pero incluso en una forma de vida muy similar a la que ahora mismo mantenemos, personas que se levantan para trabajar, se enamoran, cuidan a sus hijos, van a ver a sus padres...

Todo el libro está escrito con puntos y apartes. Ninguna frase tiene más de 20 palabras. Parece un verso interminable, pero no lo es. O sí, un verso que no rima pero estremece. Una narración de un mundo nauseabundo y cruel realizado con una delicadeza exquisita. Lo que daría por escribir algún día algo así.

Ese era el mundo que ahora sirve como excusa para hablar de concejales, Twitter, dimisiones y cuestiones políticas. Gracias al cielo, esa época pasó y ahí está para recordarla y tratar de no volver a ella jamás. Pero a veces me pregunto si los humanos hemos evolucionado tanto, si realmente en lo esencial hemos dejado de ser seres hambrientos de poder y dispuestos a lapidar a cualquiera que no piense como nosotros. La vida de Charlotte fue la peor vida que nos podemos imaginar, sin duda... la pena es que los que nos gobiernan no cierren a veces la boca y se dediquen a ilustrarse, a leer, a ponerse en la piel de los que les antecedieron, a entender las barbaridades que se cometieron, en la Segunda Guerra Mundial, en la Guerra Civil, en las que está ocurriendo ahora mismo en Siria, países árabes... en lugar de recurrir a la demagogia barata para arañar un voto más y mantener sus uñas ancladas en el sofá del poder y el dinero.