jueves, 23 de octubre de 2014

La maldad que arrastró a Nora (por Isa)

Hell Girl - Jigoku Shoujo
Siempre me ha gustado el nombre de Nora. Es una de las opciones que más me seducen si alguna vez tengo una hija. Es corto, contundente y dulce a la vez, no muy manido... Nora es la protagonista de Casa de Muñecas, una obra de teatro noruega que me impactó en mis años mozos, porque habla de una mujer que busca su emancipación. También se llamaba Nora la niña de 16 años que murió de sobredosis en Mallorca hace cosa de un año, después de haberse visto envuelta en una red de drogas y prostitución infantil. Todo un infierno, del que en su día se habló bastante en los papeles pero del que ya no se acuerda nadie.

La historia es espeluznante. Ponerse en la piel de esa chiquilla e imaginar el calvario que debió sufrir mangoneada por depravados es demoledor. Vivió una pesadilla épica en su propio barrio, sin que sus padres fueran conscientes del laberinto en el que se había metido, sin que los vecinos que podían haber dado la voz de alerta hicieran nada. Nada.

Yo soy de las que piensa que en el mundo hay más gente buena que mala, pero cuando se te presentan este tipo de casos no queda más remedio que dudar... porque ¿hasta qué punto es bueno quien permanece impasible ante algo malo, quien no reacciona a las injusticias? Hay una frase de Edmund Burke que define perfectamente esto: "Para que la maldad florezca, sólo hace falta que la gente buena no haga nada.

La gente justifica la inacción con lo que sea y al final, de la cobardía y la mediocridad afloran razonamientos que dejan al aire la mezquindad del ser humano. En el caso de Nora, solo hay que ver los comentarios de algunos lectores a un artículo que habla sobre el tema: gente que dice que la niña no era tan niña y que se lo ha buscado, que esto pasa por legalizar el consumo de drogas, o aquello tan viejo y sin embargo tan vigente de que "la culpa es de los padres que las visten como putas". 

Las mujeres (en especial las jóvenes) seguimos siendo presas fáciles de depredadores despiadados: violadores, pederastas, proxenetas... un enjambre de insectos viles dispuestos a perpetrar la dominación machista. Y da miedo. Mucho. Pero el miedo no es la respuesta. Saber decir que no, saber pedir ayuda, conocer nuestros derechos y hacerlos valer, encontrar apoyo legal, social y familiar. Esa es la clave.

Un estado de bienestar sólido apoya a los padres con medidas de conciliación para que puedan educar y controlar a sus hijos y una educación social en valores estigmatiza y arrincona a los empresarios e usuarios de la prostitución infantil. Una chavala formada, segura de sí misma, con una autoestima cuidada, con una relación sana con sus progenitores que no se atribula por ir a ellos si se ve perdida, tiene menos posibilidades de caer en un pozo tan inmundo. Una sociedad que señala a los malechores en lugar de culpabilizar a las victimas dificulta que se salgan con la suya. 

 Yo soy una bocas, y una pendenciera. De las que increpan al personal cuando detecta una injusticia, aunque sea liviana. Mi actitud de 'abogada de causas perdidas' me ha supuesto ya algún leñazo, alguna bronca, alguna reprimenda de vergüenza ajena... pero también algún apoyo inesperado. Puede que no consiga nada o puede que aporte mi pequeño granito de arena para que la maldad no florezca.

martes, 14 de octubre de 2014

Cambios, cambios, cambios (por Ana)




Me siento delante del ordenador a escribir sin saber de qué ni cómo. Tengo la cabeza totalmente abotargada, llena de cuestiones personales, tanto que no soy capaz de transmitirlas en este blog, de desnudarme hasta ese punto.

Estoy inmersa en un momento de cambios, de tambaleos bajo mis pies, nuevamente, otra vez, como casi siempre... Y pienso si esto es la vida o si, al menos, esto es lo que realmente da sentido a la vida, a mi vida. Desde siempre tuve claro que yo no podría tener un trabajo fijo, de los que duran toda la existencia hasta la jubilación, un trabajo cómodo de oficina... Tampoco mis relaciones han sido anodinas, no he tenido el típico novio de toda la vida, al que podría haber conocido en el instituto y con el me podría haber casado y tenido una parejita de niño-niña... Que conste que me parece una opción de vida tan maravillosa como cualquier otra, que admiro a la gente que puede vivir en la comodidad, la estabilidad y la tranquilidad, los admiro y los envidio, porque yo soy incapaz.

Estudié periodismo porque quería ir de aquí para allá buscando noticias, quería ser una super reportera de guerra, viviendo mil y una aventura. Por supuesto, el tiempo y las circunstancias te ponen en tu sitio y rápidamente quedó claro que ese no era mi camino, aunque sí ejercí como redactora muchísimos años, hasta hoy, el único oficio que conozco. Pero me he cansado, ya he viajado todo lo que tenía que viajar, he conocido a todos los famosos y celebridades que tenía que conocer (algunos a los que admiraba muchísimo y otros que me han dejado totalmente fría a pesar que cuando la gente se entera de que les he entrevistado lanza gritos de envidia) y he exprimido al máximo lo que podía sacar de ese trabajo. Ahora estoy en otro momento, mi culo inquieto me pide cambiar de acomodo, lanzarme a nuevas aventuras... y en ello estoy... (A David Bowie es de los pocos que me he quedado con las ganas de conocer... A él también le gustan los cambios, como os cuenta en este vídeo)



He hecho tres mudanzas en poco tiempo, obligada por las circunstancias, cierto, pero también feliz de poder hacerlo, de cambiar de zona, de vida, de comercios... Una vez más, mi poco apego por lo material y la estabilidad me llevan a que las temidas cajas que hay que hacer y deshacer me hagan una ilusión loca. Se avecina un nuevo cambio de casa y yo ando como niña con zapatos nuevo, entusiasmada, y eso que no es el mejor momento ni la mejor situación para movernos, pero ya que nos vemos obligados, pues oye, a disfrutarlo...

De amor, ni hablo... Mis novios nunca han sido convencionales en ningún aspectos. Todos tirando a intelectuales (alguno más bien listillo, pero majete), bohemios, libres, distintos... Y yo encantada con ellos... Me han tratado siempre como una reina, me han dado el espacio que también yo necesitaba. No he entendido nunca a las parejas que todo lo tienen que hacer juntos y, gracias al destino, el azar ha puesto en mi camino a hombres muy parecidos a mí en ese sentido. Quiero ser una mujer libre de entrar y salir, de disfrutar con amigos, de hacer viajes sola, de ir al cine a ver la película que me guste en soledad... y a la vez compartir con mi pareja todo el tiempo que nos apetezca compartir y todas las cosas en las que coincidamos. No cambiar mis gustos por él ni que él se amolde a regañdientes a los míos... Y me casé con el mejor en ese sentido... Ni siquiera nuestra boda fue convencional, por mil motivos, pero sobre todo porque a nosotros no nos pegaba que lo fuera...

Todo esto no es bueno ni es malo, no significa una crítica para los que no son como yo, como decía antes, incluso en ocasiones envidio otras formas de vida, pero es lo que soy y lo que me define... Y por ello, hoy por hoy vuelvo a estar sumergida en un caos general, con los deditos de los pies en el filo de la realidad presente y futura... Hoy no sé si alegrarme por ello o echarme a llorar... pero es lo que hay...

martes, 7 de octubre de 2014

La España cainita y el ébola (por Arantxa)

Al hilo de la crisis del ébola en nuestro país, se ha dicho mucho desde ayer. En España y en el resto del mundo, que hoy somos portada de diarios extranjeros y los  informativos en otros países se están haciendo eco de lo ocurrido.

Yo era de las que no quería
repatriar enfermos, ya sean éstos misioneros, cooperantes de ONG o turistas. En su momento tuve que deshacerme en explicaciones por el hecho de que, siendo creyente, no estuviera conforme con el hecho de que trajeran a España al padre Pajares, el primer sacerdote enfermo y fallecido. Por puro pragmatismo: la lógica sanitaria indica, en el caso de enfermedades infecciosas tratar in situ la patología, no desplazar el foco con los riesgos que implica. Para salvar una vida no hay que poner en riesgo muchas, y menos en el caso de una enfermedad altamente letal y muy contagiosa, sin tratamiento ni vacuna. Tampoco se podía dejar a los religiosos a su suerte, en ningún caso, por humanidad. Pero lo más sensato hubiera sido tratar a los afectados en los lugares donde se encontraban, aunque, como bien sabemos, Sanidad optó por repatriarlos.


Ahora nos encontramos con que hay una auxiliar de enfermería enferma y nadie puede afirmar que no se declare algún nuevo caso. El peligro de contagio no es una fabulación o una profecía de los agoreros, es real. Los peores pronósticos se han confirmado y no me sorprende.


Lo que sí me ha sorprendido hoy es comprobar en una red social que hay quien se alegra de lo ocurrido. De que el protocolo haya fallado, de que la gestión de la ministra de Sanidad sea pésima. Hay quien se alegra porque esto le reafirma en su tesis de que no tenemos el gobierno que nos merecemos.Cuando leo estos comentarios me quedo entre estupefacta y sorprendida.

España es un país verdaderamente
cainita, eso es una lección de nuestra historia reciente y lejana. Un país donde algunos creen que no hay mal que por bien no venga en diversas circunstancias... para que el partido en el poder se dé el batacazo definitivo con la crisis del ébola, por ejemplo. Recuerdo cuando gobernaba Zapatero y se atisbaban los albores de una crisis económica que el gobierno socialista negaba reiteradamente. En la otra trinchera, algunos estaban deseando acertar en su vaticinio de que el apocalipsis económico era inminente para que el PSOE se hundiera en las urnas. Aunque esa recesión supusiera millones de parados y todo lo que ha conllevado.


Las personas de bien sólo deseamos que Teresa, que así se llama la enferma, se restablezca, que no haya ni un solo contagio más y que los responsables de este desastre asuman sus responsabilidades. Así de humano, así de justo. Así de simple.


martes, 30 de septiembre de 2014

Súper poderes (por Chelo)


Siempre he querido tener súper poderes. De pequeña y de no tan pequeña.

Cuando me pongo a pensar en qué súper poder elegiría (si, en ocasiones ese es mi nivel de preocupación) casi siempre concluyo lo mismo: la invisibilidad. ¿Os imagináis poder haceros invisibles durante un tiempo? A vuestra elección, ahora me ven, ahora no me ven. No sé, quizás Christina Rosenvinge tuvo algo que ver (¡Qué coreografía! Ya no se hacen de esas, una pena)
Cuando de adolescente pensaba en esto (que sí, que este es un hilo de pensamiento recurrente en mi vida, no sé de qué os extrañáis) me imaginaba entrando en unos grandes almacenes, uno de esos con varias plantas de ropa. Entraba, me probaba lo que me daba la gana y me iba de allí sin que nadie me viera. El fin de la invisibilidad no estaba en robar mal pensados sino más bien en quedarme en pelotas allí en medio e ir probándome lo que me viniera en gana sin necesidad meterme a un mini probador a sudar como una bellaca  tratando de tener la perspectiva suficiente (y necesaria) de mi trasero. Lo más en probadores que conozco (modo ironía on) son los de esa conocida tienda de ropa deportiva low cost que suele estar en las afuers de las ciudades pero que ahora en Madrid han abierto tiendas urbanas. Pero bueno, ese es tema para otro post.
 
Volviendo a los súper poderes. Ahora que ya soy adulta (precisamente hoy cumplo 39 castañas, ahí queda eso) el poder de la invisibilidad lo usaría para otras cosas que no voy a contar aquí en público porque son de un gusto cuestionable ;-P
 
En fin, señores, señoras, ya sabéis lo que os voy a preguntar ¿verdad? Pues eso, si pudieras elegir, ¿qué súper poder elegirías?

PD: disculpar la brevedad del post (y al profundidad del mismo) no se que me pasa hoy pero ando despistada.

martes, 23 de septiembre de 2014

#SalPuntual (por Isa)

Quiénes me conocen saben que la puntualidad no está entre mis virtudes. La impuntualidad es algo patológico que no consigo erradicar a pesar de mis esfuerzos, y aunque últimamente he observado algunas mejoras, siempre acabo recayendo de alguna manera. No solo me cuesta llegar a la hora, si no también salir. Mi teoría es que padezco una distorsión de la concepción del tiempo, que en mi cabeza se estira mucho más que en la realidad. Por culpa de esa flaqueza mía (muy irritante, sin duda) vivo en un permanente estado de ansiedad y de culpa. Ya he hablado de ello alguna vez aquí...

En cualquier caso, y como siempre procuro buscar el lado bueno de las cosas, no todo es negativo y es que como tiendo a querer hacer muchas más cosas de las que realmente da tiempo llevar a cabo, y aunque no llego a todas, lo cierto es que al final consigo hacer más que otras persona con un concepto del tiempo más realista. ¿Disfunción temporal = Mayor productividad? No me atrevería a asegurarlo.

Yo tengo la suerte de trabajar en una empresa donde no se cuestiona mi productividad y la flexibilidad es un valor que se tiene en cuenta. Entienden que mientras asumas tus responsabilidades y ejecutes diligentemente tus tareas no es necesario mantener una disciplina de horario férrea. Para mí es el sistema ideal. No siempre consigo llegar a mi hora, y lo cierto es que habitualmente tampoco salgo cuando me correspondería sobre el papel, sino más tarde. Y no me importa. Me organizo bien así.
La cosa es que voy a hacer una excepción. Es el día de cumplir el horario laboral. Y no es coña: el 24 de septiembre se celebra en el Reino Unido (la puntualidad británica, ya se sabe) el Go Home on Time Day (#GHOTD); o sea, salir a tiempo del trabajo y disfrutar de la vida privada. Los ingleses, que para muchas cosas nos llevan años de ventaja promueven la conciliación desde el 2000 a través de la organización Working Families.

En España, se está difundiendo la idea desde #mamiconcilia y la plataforma Mujeres Directivas, informando a trabajadores, empresas y organizaciones concienciadas con la conciliación de la vida laboral y personal para que la secunden, y van a usar los hashtags internacionales (#GHOTD y #GoHomeOnTimeDay) y la adaptación a nuestro idioma #salpuntual (por si tuiteais y tal)

Es una oportunidad para reflexionar sobre la división de los tiempos vitales, y el respeto entre nuestras diferentes porciones de vida: el trabajo, la familia, el estudio, el ocio, el enriquecimiento personal, etc. Ser consciente de que cada actividad tiene que tener su tiempo y que uno es más feliz si es capaz de compaginar las distintas esferas de su día a día.

No sé si conseguiré el reto de #salpuntual, pero lo que sí sé es que el esfuerzo merecerá la pena. Aunque solo sea para pensar en ello un poco. ¿Y tú? ¿qué vas a hacer? ¿qué te parece esta iniciativa?

jueves, 18 de septiembre de 2014

¿Cuándo puede un niño ir solo al cole? (por Arantxa)

Algunos recordareis a la bautizada como “Peor madre de América”, Lenore Skenazy. Los medios de comunicación norteamericanos la llamaron así por permitir que su hijo de nueve años viajara solo por el metro de Nueva York para ir al colegio. El niño llevaba dinero por si había alguna incidencia, un plano del suburbano y conocía el camino de vuelta a casa.

¿Se trata de una decisión valiente o imprudente? No creo que Lenore sea la “peor madre de América”, ni que estemos ante un caso de “abuso de menores”, como recalcaban algunas asociaciones y medios de comunicación estadounidenses, pero me parece una decisión imprudente y osada. Nueva York no es una ciudad sin ley pero tampoco un pequeño pueblo donde todo el mundo se conoce. Y nueve años me parecen pocos para tal empresa.

Lenore es una madre que aboga por una crianza en la que los hijos sean menos dependientes.  Yo soy una madre protectora y estoy contenta de serlo. Mis hijas no van solas a ningún sitio y me parece muy pronto para darles esa autonomía. Aún quedan unos cuantos años para que puedan ir sin un adulto a clase. Y no creo estar criando a niñas inseguras ni miedosas.

Lo cierto es que no entiendo que hoy en día haya quien deje a un niño pequeño  ir solo al colegio y se quede en casa tan tranquilo, aún pudiendo acompañarle. No se me ocurre nada mejor que ir con tus hijos a la escuela o, si te es imposible, delegar en el otro progenitor o en alguien de confianza. Habrá gente que no les acompañe porque no pueda y habrá quien no quiera. Son pocos los casos, pero se dan. Hay personas que son de naturaleza tranquila y confiada, porque lo malo siempre les pasa a otros. Otros padres son de naturaleza cómoda. Y  criar a los hijos es muchas cosas antes que algo cómodo y descansado.

No es que en cada esquina haya un hombre del saco o que continuamente los coches se suban en marcha a las aceras o atropellen a peatones en los pasos de cebra. Pero es cierto que hay riesgos que un niño de cierta edad no es capaz de calibrar. A los  niños hay que quererles, mimarles y protegerles. Del dolor, del sufrimiento, del frío, del peligro. Y en la calle hay ciertos riesgos de los que todos somos conscientes pero que quizás un niño no pueda reconocer.

Mis hijas no son niñas burbuja. Cuando la mayor tenía cinco años dejé que fuera a una granja escuela con el cole. Dormía fuera pero la intranquilidad que yo tenía era cero. Ahora, lo de ir sola al colegio, aún queda lejos (tiene siete).

Mientras sean pequeñas, mis infantas van siempre acompañadas. No creo que haya nada perjudicial para ellas en que sea una madre que está muy pendiente de preservar su bienestar, que se preocupa y que es desconfiada también. Porque es ley de vida, se enfrentarán a situaciones en las que yo no pueda estar ahí para cuidarlas, pero tendrán edad, madurez y autonomía para ello. A a los niños también hay que educarles para que poquito a poquito vayan siendo capaces de hacer cosas por sí mismos. Todo a su tiempo. 

lunes, 15 de septiembre de 2014

No te vayas (por Ana)

Foto extraída de http://clacoloma.metroblog.com/archive/2012/12
Ella, finalmente, se había dejado vencer. Su piel, exhalando ese sudor dulce que solo produce el placer, se estremecía ante las caricias suaves y delicadas de él. Su cuerpo actuaba por propia voluntad mientras su cabeza trataba de mantenerse en su lugar, repitiendo como un mantra: “se acabó… se acabó… se acabó”. Él busca sus labios. Ella gira la cabeza permitiendo que él oculte la cara entre sus cabellos rizados, respirando el aroma a lavanda que siempre le ha asegurado que desprendían sus cabellos. Ella aprovecha ese instante, en el que cree morir de amor, para acercar su boca a la oreja de él, para susurrarle entre gemidos:
  • Se acabó, se terminó… Tiene que ser así…
Él vuelve de su cálida estancia y enfrenta su cara a la de ella. Sus manos, sus fuertes manos, aquellas que culminan los brazos que son su refugio, enmarcan su cara y la obligan a mirarle a los ojos.
  • No
Ha sido un no rotundo, claro, seguro. Tras dejar clara su posición, baja hasta los pechos de ellas, los toca, los estruja, los acaricia… Juega con sus pezones, entreteniéndose a medirlos, a sopesarlos, como si nunca antes los hubiera visto, como si fueran un milagro que la naturaleza le otorga. Ella se deja hacer, incapaz de realizar el movimiento que debería, salir de esa cama, ocultar su desnudez y marcharse cuanto antes. Aunque duela tanto, tanto, que es como una brasa que le incendiara por dentro. Pequeños suspiros escapan de su interior sin pedir permiso. Pero este momento no nubla el que vendrá, está siempre ahí, agazapado, presente…
  • Esta es la última vez… No hay más remedio… Lo sabes…
Él retira la mirada de sus pechos y sus ojos se alzan desde ese privilegiado enclave para enlazarse con los de ella.
  • No
Para demostrarle que no es posible, continúa su descenso hasta su pubis, hasta alcanzar ese rincón íntimo, el más íntimo de todos, que ella le regaló hace ya tanto tiempo que él puede considerarlo su casa, su hogar. Comienza a lamerlo, a succionarlo, como si quisiera robárselo a su propietaria y hacerlo parte de él. Su lengua alcanza cada milímetro de piel. Se ayuda de su mano para provocar en su pareja una montaña rusa de sensaciones. Le petite mort, que dicen los franceses, nada más gráfico, orgasmos que son pequeñas muertes. Ella arquea la cabeza, la espalda, la cintura… toda ella se contorsiona, se eleva… Llega el momento de la unión, él dentro de ella, la acometida fuerte, el movimiento compasado, las uñas de ella arañando la espalda de él… Ella insistiendo, entre lágrimas y jadeos, en el oído de su amante:
  • Te quiero tanto… tanto… pero no puede ser… No puede ser… no puede ser…
Mientras él, tirándole del pelo, obligándola a escuchar, repite su propia creencia:
  • No
Ella se viste, intentando hacerlo rápido, pero deseando que este momento no acabe nunca. No le mira, no es capaz, sabe que si lo hace se quedará para siempre en esa cama, con él, exiliados en esa isla desierta que conforman unas sábanas y un somier. Entre sus brazos, alimentada por sus sonrisas, por su amor… Finalmente, acaba de colocarse la última prenda y ya no le queda más remedio que mirarle… Y pronunciar las temidas palabras.
  • Me voy… quiero quedarme… pero no puedo, no debo…. esto es lo que nos ha tocado.
Él se pone nervioso por primera vez, comienza a asimilar la verdad, la realidad o mala suerte que le está tocando vivir. La agarra fuerte del brazo y la atrae hacia él.
  • No… podríamos…
Ella no le deja acabar. Le agarra la cara con las dos manos, como anteriormente hizo él, le mira fijamente a los ojos y, sin saber de dónde, saca fuerzas para interrumpirle y poner los pies en la tierra, los de los dos:
  • Se acabó. A partir de mañana todo cambia. Yo me vestiré de novia para casarme con Andrés. Y tú estarás donde tienes que estar, junto a tu hermano en el altar. Cuando la ceremonia acabe y todo el mundo nos bese para felicitarnos, tú serás el primero en darme un beso en la mejilla… y te convertirás en mi cuñado… No podemos hacer otra cosa… Ya no…
Él baja la cabeza y pronuncia tristemente otro no, un no ya vencido, sin autoridad. Ella lucha porque las lágrimas no se le escapen. Le besa en la frente y sale de la habitación.