viernes 27 de noviembre de 2009

Oficinistas (por Chelo)


¿Por qué a la gente no le gusta llamar a las cosas por su nombre? En este nuestro entorno laboral, como yo digo, el de los oficinistas, hay mucha tontería. Porque si, os guste o no, aunque seas el manda más, aunque trabajes con los social media, los 2.0 o con una máquina de escribir, si trabajas en una oficina, eres un oficinista. Un oficinista viene siendo todo aquel menda lerenda que trabaja en una oficina. Así, sin más.

Y digo yo, ¿es más importante el título que el trabajo que desempeñas? Pues señores y señoras, si, para muchos lo más importante es lo que figura en su tarjeta...

Fulan@ Pérez
El/La mandamás
elmandamas@clubdelospringaos.com


...si luego se pasan el día poniendo grapas, da igual.

martes 24 de noviembre de 2009

¿Caballerosidad o un puntito de machismo? (por Arantxa)

Aunque me ocurrió hace años lo recuerdo como si fuera ayer. Era una tarde de octubre y yo estaba apostada en la calle José Abascal. Destino: el tanatorio de la M-30. El padre de una amiga había fallecido. A mi lado un hombre que no superaría los 35, trajeado y atractivo.

Naturalmente él también esperaba un taxi desde hacia poco. Y tras diez minutos el vehículo apareció. Era suyo, y sin embargo, antes de montarse me preguntó: "¿Cuál es su destino?". Y le dije que iba al tanatorio. "Coincidencia, vivo cerca. Si vos querés tomamos los dos el mismo". No era argentino, sino uruguayo, me aclaró, pero ese acento meloso y esa voz me dejaron algo atontada. Total, ¿por qué no montar con él?. Además me abrió la puerta y una no estaba (ni está) acostumbrada a esas cosas.

La conversación fue amena y el trayecto se me hizo muy corto. Me iba envolviendo el tono de su voz (que nadie piense en nada lascivo, pues mi corazón no era libre), pero la hecatombe se produjo al llegar al punto de destino. No recuerdo el importe exacto, pero sí que yo quería pagar a medias, pues era lo razonable, y él no accedía (¿dejaríais que un desconocido os invitase a un taxi sólo por ser una mujer?). Incluso cuando le expliqué con mi desparpajo ibérico que en todo caso debía pagar yo, puesto que el esperaba el taxi antes que la que escribe y su amabilidad al compartirlo ya era todo un gesto, pareció molesto. Y le salío esa hombría, ese puntito de machismo, esa deferencia condescendiente hacia nuestro sexo que me pone de los nervios. Finalmente, no aceptó mi billete y pagó.

Antes de despedirse me dijo que me había pagado el taxi porque le gustaron mis ojos azules (oh, bonito, vale, pero un tanto manido), y añadió que no comprendía como a las españolas nos molestaban esos gestos, que en su país una mujer no se hubiera ofendido.

No supe qué decirle. En realidad, ¿cómo puede ser que me gustara que me abriera la puerta y me molestara tanto el hecho de que no me permitiera pagar a medias? ¿Lo suyo era un alarde de caballerosidad o denotaba una actitud machista? Aún no tengo la respuesta, pero sospecho que si hubiera sido un españolito el protagonista de esta escena habría aceptado mis euros sin mucha resistencia.

viernes 20 de noviembre de 2009

'¡Mírame! ¿No me ves nada raro?' (por Isa)


- "Nada. Que no. No lo ve."-pienso para mis adentros mientras le observo escrutándome con cara de confusión.

- "¿Es el pelo? ¿Te lo has teñido? ¿Te has cortado el flequillo? -me pregunta cada vez más aturdido ante los movimentos negativos de mi cabeza .

- "¡Ah! Ya sé... El vestido... que es nuevo... ¿¿No??... mmmmm ¿los zapatos? ¿los pendientes?... ¿qué? ¿qué es?

Nada. La adivinanza no da fruto. Y la historia se repite una y otra vez y de forma generalizada (siempre están, claro, las maravillosas excepciones).

Es un hecho. Ni malo ni bueno. Es así. Son así. Son inmunes a los cambios superficiales, a la entusiasta metamorfosis femenina asumida con esmero, premeditación y alevosía.

No son capaces de distinguir tu ondulación del pelo, ni el cambio en la sombra de ojos, ni el tacón, ni las medias nuevas, ni los dos kilos que has perdido a golpe de abdominal y de los que estás tan orgullosa o los dos kilos que has ganado a base de gastronomía insana y que tanto te atormentan... No lo ven.

Ven tu cara más luminosa, tus ojos más brillantes, tus curvas más marcadas, tus labios más jugosos, tu culo más turgente o tus tetas más accesibles... Lo importante, dirán ellos. Lo evidente, pensaremos nosotras. En cualquier caso, el resultado del trabajo.

Son hombres. Y a mi me gustan. Como son y vean lo que vean.

martes 17 de noviembre de 2009

Mentiras ¿piadosas? (por Chelo)



No me gusta mentir incluso cuando tengo que hacerlo. Porque reconozcámoslo, a veces, hay que mentir. Mentir por amor, por amistad, por deseo, por supervivencia, por ser seres sociales, por vicio... Mentir a fin de cuentas.
Hay veces que las mentiras ¿piadosas? te merecen la pena, sales del paso de una situación determinada, la cosa no tiene mayor transcendencia y ya está. Pero otras veces, las mentiras te dejan un come-come por dentro en el que al final gastas más energías que si hubieras dicho la verdad o simplemente no hubieras dicho nada. Porque a veces estas mentiras necesitan un seguimiento, si bajas la guardia se te ve el plumero y reconozcámoslo ¿a quién le gusta que se le vea el plumero? A mí no.
La mayoría de mentiras piadosas que he dicho en mi vida han sido por un tema "social", soy así de hipócrita, que le vamos a hacer...

¿Y tú? ¿Crees que sería posible un mundo sin ningún tipo de mentira? Yo lo veo complicado...´

¿Mentimos por igual ambos sexos? Sin duda, las mujeres mentimos mejor ¿pero más?

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ANEXO: El sabio Sabina

El montaje fotografico no me gusta, pero no he encontrado nada mejor... si tenéis un video mejor de esta canción, pasarmelo y lo cambio



Depende del caso, creo que mentir por amor está bastante justificado...




miércoles 11 de noviembre de 2009

Ay, estos mayores... (Por Ana)



Hoy voy a rendir un homenaje los mayores... y es que, aparte de que creo que cualquier momento es bueno para hacerlo, hoy me he encontrado en el metro con un par de señoras que han hecho que saliera de la estación con un buen rollo impresionante. Paso a relatar la secuencia de lo ocurrido: Voy en mi asiento, leyendo (como casi siempre), distraida y metida en mi mundo (como siempre). El metro va a realizar su parada reglamentaria, a mi alrededor comienzan a levantarse viajeros y a situarse en la puerta para salir. Yo sigo leyendo, aún queda mucho para llegar a mi destino. Las puertas se abren y presiento a una de estas señoras de 70 yyyy... corriendo hacia el asiento contiguo al mío. Pienso: “ya estamos con las viejas que dan codazos para conseguir asiento”. Sí, lo siento, pero es que igual que os digo que este post es un homenaje a la gente mayor, os digo que hay otro tipo de personas, también mayores, y que son viejos maleducados, que me sacan de quicio... A lo que íbamos, percibo un movimiento extraño, y me giro hacia la señora que comienza a gritar el nombre de otra señora que veo que la acompaña y que con pequeños pasitos, casi arrastrandolos pies, se va acercando a la primera. Las dos van vestidas de fiesta, con lentejuelas, abrigos con pelitos y muchas joyas. Su pelo cardado y su maquillaje denotan que vienen de pasarlo muy bien. La señora 1 clava una de las rodillas en el asiento, haciendo gestos extraños y con la cara hacía el exterior. Yo me asusto, pienso que se ha tropezado, que ha perdido la razón... me giro, presta a socorrerla. La señora 2 ya se ha situado junto a la primera. Me fijo y me doy cuenta de la situación, que para nada es la que yo pensaba: ambas dos están lanzandoles besos con la mano y poniendo morritos a dos señores de su edad que se quedaban en la estación. De verdad, me encantó la escena, me recordaba a las películas en las que la amada lanza besos a su amado mientras el tren arranca, haciendo gestos exagerados para que él la vea... o cuando zarpa el barco y vamos viendo hacerse pequeñito al amante en el puerto mientras el proa (o popa, no sé) la amada agita el pañuelo...

Cuando el metro se puso en marcha, las dos señoras se sentaron y se miraron, riéndose como dos adolescentes, chismorreando y agarrándose las manos. Yo, como buena estudiante del género humano que soy (a la par que cotilla), puse la antena, y escuché lo siguente:

Señora 1: Anda, María, que está tonto contigo...

Señora 2: (sonrojándose y poniéndose la mano en la boca) Calla, calla, no veas... unas cosas... pero él ya sabe lo que hay..

Señora 1: Yo a Juan se lo dejé muy claro desde el principio... a mí me gusta para el baile y esas cosas, pero yo no vuelvo a lavar calzoncillos de ningún tío... él en su casa y yo en la mía...

Señora 2: Clarooo... yo igual, para todo, todo, menos para meterse en mi casa...

Las dos se ríen cómplices cuando la señora 2 dice “todo, todo”...

Y a mí me encanta lo que acabo de contemplar... me produce ternura y me da cierta sensación de envidia. Me maravilla que personas que sobrepasan los 70, posiblemente con mucho, que, por lo que entiendo han estado casadas, han tenido una vida anterior más tradicional, hayan logrado deshinibirse hasta tal punto que vuelven a comportarse como adolescentes. Firmaría ahora mismo para llegar a la edad de estas señoras con esa vitalidad y esa alegría de vivir... y por tener relaciones de este tipo, para bailar y para “todo, todo”... y si no apetece lavar más calzoncillos, pues claro, lo entiendo, que los señores mayores tienen otra educación y piensa que la mujer debe hacer esas cosas, y oye, pues no, que lo haga él en su casita...

Claro, que no todas las señoras mayores tienen tan claro lo del “todo, todo”. Paso a trascribir lo que me decía otra madurita de casi ochenta que se había echado un novio a los dos años de morir su marido:

“Mira, yo a Miguel le dejo que me toque y que me de besos, pero solo piquitos, con lengua no, con lengua solo le he dejado a mi Manolo... así que eso es lo que hay, lo toma o lo deja” Y Miguel lo tomó, vaya si lo tomó... (Lo de piquitos lo dijo así... y yo que creía que era una cosa de ahora...)

Y pensé en las familias de estas tres mujeres, en cómo se tomarían que sus madres o abuelas disfrutarán de esa manera de la compañía de señores... Y pensé que si alguna de mis abuelas viviera y se comportara así, yo sería muy feliz, de verdad... Claro, que ninguna de mis abuelas tendría el dinero de la Duquesa de Alba, así que los problemas con el reparto de la herencia estarían descartados, no sé lo que ocurriría si hubiera una millonada en juego, sinceramente...

Y esto son las señoras, pero os puedo contar un caso muy cercano masculino que me tiene obnubilada, mi señor abuelo, que sobrepasa no ya los 70, ni los 80, también los 90, y es todo un personaje. Conozco un guionista muy cercano a mí que quiere meter frases del abuelo en cada serie que hace, incluso nos hemos planteados hacer una película en la que él sea el protagonista. Y es que mi abuelo no solo vive “independizado” tras la muerte de mi abuela hace cuatro años, es que vive la vida a tope. Se sigue acordando de su mujer, pero él sale a la calle a relacionarse con las “viejas”, como él mismo las llama. Lo malo, según dice él, es que “son todas unas estrechas” y no permiten el más mínimo roce, “y mucho menos arrimar cebolleta”... Eso porque no se ha encontrado con las del metro... Mi abuelete tiene una vitalidad sexual que ya la quisiera para mí incluso a mi edad... Un día, mi padre, apareció en su casa abriendo con sus propias llaves, y le encontró viendo fotos picantonas... Oye, la culpa es de mi padre por entrar sin llamar, que el hombre estaba en su casa y podía hacer lo que quisiera...

Pero no es solo el tema sexual, es que es muy vitalista, le encanta el fútbol, se sigue enfadando con el Madrid cuando pierde, se va todos los veranos al pueblo él sólo y departe alegremente con cada vecino que se acerca a su casa a visitarle (y son muchos los que se acercan a tomarse la cerveza, el vino, patatas y aceitunas para el aperitivo que él no ha perdonado un sólo día en su vida) porque además es un tío super divertido, muy ocurrente y muy inteligente.

Me gustan las personas mayores que después de lo que han vivido, de todo y a todos los que han perdido en la vida (mi abuelo era profesor en la República y terminó trabajando en el campo, viniéndose a Madrid y sobreviviendo y criando a sus hijos como pudo) siguen disfrutando de la vida, de su sexualidad, de sus amorios y de todos aquellos sentimientos que se les presupone solo a los adolescentes y jóvenes. Ójala a todos les acompañase la salud, la pensión, el ánimo y la familia para conseguir vivir una segunda juventud. Y ójala nosotros, los que ahora somos jóvenes, lleguemos a esa edad de esa manera. ¡Vejez, divino tesoro!

sábado 7 de noviembre de 2009

De mis amigas (por Arantxa)

A lo largo de la vida conoces gente y más gente. A muchos, en algún momento, les llamas amigos. Así, con cierta ligereza. Desde el parvulario. Luego en el colegio. En la universidad, en cada trabajo por el que pasas. Ahora, a mis 34 años, me doy cuenta de que muchas de esas personas han transitado por mi vida como las aves migratorias; no sabía si volvería a verlas y no me importaba demasiado. De muchas no he vuelto a saber nada, de hecho. Pero con otras se ha creado un vínculo sólido, férreo, firme.

No hablo aquí de amor, sino de amistad, que al fin es otra forma de amor,
la más sublime quizás. De la amistad entre mujeres. Porque no dejaré de amar a mis amigas cuando sus carnes se pongan fofas o las arrugas les cuarteen la piel. Y mucho antes de que eso llegue, tampoco porque haya una temporada en la que hablemos menos o nos veamos poco; si están ocupadas con ese bombón masculino o volcadas en un nuevo proyecto laboral o personal que lo disfruten. Lo entiendo (y espero que ellas me entiendan a mi en mis momentos de dejadez, de encierro o de soledad buscada).

Suscribo esta frase de Alberto Moravia: “La amistad es más difícil y más rara que el amor. Por eso, hay que salvarla como sea”. A lo largo de una vida puedes vivir varias pasiones de pareja, y cuando el fogonazo inicial cede a veces se asienta, y otras se apaga. Pero con las amigas no hay tal fogonazo. O yo no lo he vivido así. Es más, incluso un encontronazo con ellas no se vive como algo funesto, sino que puede resultar enriquecedor para la amistad. Una discusión puede hacerte ver cosas que te negabas a vislumbrar. Y no sales herida, sino fortalecida. Una verdad a tiempo dicha cuando toda estás cegada se agradece, aunque escueza.

Por ello este post va dedicado a tres personas, amigas y mujeres.

La primera brutalmente honesta, como el doctor House, sólo que con un corazón más grande. Ya son muchos años de travesía juntas y tiene licencia para decirme cosas que deberían molestarme. Incluso a veces me molestan, no lo niego, pero no puedo enfadarme con ella. En ocasiones las dos hemos navegado juntas, en la popa o en la proa, otras veces ella miraba a babor y yo a estribor, o viceversa. Tan maravillosamente distintas somos. Pero siempre hemos navegado juntas.

A otra de ellas, que ha tenido que soportar mis vaivenes emocionales y ha sabido ser ecuánime a pesar de que alguna situación podía hacerle nadar peligrosamente entre dos aguas. Pero se ha mojado por lo que creía justo, por mi charquito, en vez de replegar las alas, y si algún día lo necesita espero empaparme por ella. Es serena, al revés que yo, y eso me sosiega.

A la rubia, que es casi como una hermana, porque nos hartamos de aconsejarnos, nos reímos de las mismas cosas, desplumamos juntas a los indeseables, tenemos un punto adolescente, coqueto y superficial que nos da vidilla y nos hace cómplices. Y nos debemos un viaje a La City. Le perdono hasta esa frase que me reitera, que vivo la vida como una tragedia.

Tragedia o no, la vivo. Una buena prueba son ella tres. Y que tranquilidad saber que no son aves de paso.

miércoles 4 de noviembre de 2009

¡No llego! ¡No llego! ¡No llego! (por Isa)


El metro que se para, el autobús que no llega, el atasco 'inesperado' en la calle de siempre, esa lavadora de programa corto que no acaba nunca, una carrera en las medias que destruye por completo mi proyecto de indumentaria, un intespectivo apretón tras el desayuno, una llamada telefónica ineludible, un cambio meteorológico que me obliga a cambiar de ropa o a volver a por el paraguas, el despertador que no suena, el móvil olvidado, triste y desamparado, que me hace regresar a por él...

No son excusas, no. Son poderosísimas razones. Son pruebas claras de que el destino está en mi contra en la lucha contra mi enfermedad crónica. Porque la impuntualidad, queridos amig@s, es una patología como cualquier otra, a pesar de que todavía no se diagnostique médicamente.Ante problemas admitidos socialmente, como el alcoholismo, la cleptomanía o la corrupción política, se dice que lo primero es asumirlo. Pues bien, yo lo tengo más que asumido. Soy impuntual. ¿Y ahora qué? ¿Cómo me curo? ¿Alguien me recomienda alguna clínica de rehabilitación de la que salir a mi hora y en punto?

Creo que soy consciente de mi pequeño drama desde que empecé a ir sola al colegio... Debió ser por aquel entonces cuando empecé a adelantarme la hora del reloj. No mucho, cinco o diez minutos, para que me saltara la alarma mental antes de tiempo y acelerase el ritmo con antelación. Hay que decir que el remedio surtía efecto, pero durante muy poco tiempo, porque en seguida mi cerebro se acostumbraba al cambio horario y hacía el cálculo mental para ganar de nuevo esos minutos de confianza.

Lo único que he podido hacer en el transcurso de estos largos años es perfeccionar los métodos para paliar el rechazo social que la impuntualidad genera entre mis allegados 'acostumbrados', a la fuerza, a esperar. Y es que llegar tarde agobia mucho, pero peor aún es la sensación de hacer perder el tiempo a los demás, que la gente que impacientemente mira el reloj mientras me dedica sus mejores deseos piense que no les respeto, que valoro mucho más mi tiempo que el suyo... Nada más lejos de la realidad. Desde aquí os lo digo a todos.

Por eso, ahora casi siempre que llego (tarde) lo primero que hago es pedir perdón con sinceridad y arrobo, bajar la cabeza y aguantar el pertinente cabreo o el chorreo de improperios de mis seres queridos sin rechistar...

Pero no siempre es así, no. También intervienen factores como la dureza del esperante o el grado de amistad que nos una. De hecho, hace años, desde la impunidad que me daba el descaro de la adolescencia, una de mis técnicas predilectas era llegar cabreada yo como método para neutralizar al contrario, de forma que al final acababan consolandome a mi. Pura manipulación, lo sé... y he de decir que acabé siendo una experta en interpretación para este menester y todavía lo practico a veces.

Sobre el origen del trastorno, me inclino a pensar que es biológico y hereditario. Mi madre también lo padece. Mi padre, en cambio, sólo lo sufre así que en justa venganza lo que me ha cedido son sus hemorroides... Seguro que a más de uno le consuela saberlo.
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ANEXO (Especialmente decicado a los que me esperan...):